PASTORAL Y LITURGIA

ÍNDICE O SUMARIO DE CUANTO SE MUESTRA A CONTINUACIÓN
* Hay un documento o trabajo de Liturgia. Pinchar para acceder.
* Tañer.
* Obligar: En la vida y en la liturgia.
* Idolatrar.

 

 
 
 
 
 
 
La Constitución Sacrosanctum Concilium (SC), del Concilio Vaticano II habla en abundancia de participación en la Liturgia. De esto trata precisamente el siguiente trabajo, desde las parroquias de Puebla del Prior e Hinojosa del Valle, en la Archidiócesis de Mérida-Badajoz.
 
Pinchar a continuación:

Liturgia

 
 

TAÑER

   De manera resumida, tañer significa y supone tocar un instrumento musical, en especial algunos existentes desde antiguo (como las campanas, la flauta, el laúd, el arpa o la lira). «Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu nombre» (Salmo 137).
   Deteniéndonos aquí en el significado de tañer campanas, resaltemos que antiguamente era, por los diversos sonidos, el gran medio de informarse que tenía la gente, también el reloj único o que más a mano tenían por doquier.
   Las campanas conformaban el sistema de alarma y daban la alerta cuando había un peligro. Eran también despertador y toque para poner fin a la jornada. Reunían a los vecinos a las asambleas y anunciaban las fiestas, los eventos, los sucesos…, todo. Eran una tecnología, un sistema de comunicación a distancia sin cables.
   Como tal sistema de comunicación, éste tenía también su código: tantos toques es esto, a tal velocidad es aquello, con lentitud o pausadamente supone o significa tal cosa… Y todo esto era aprendido desde la niñez más absoluta.
   Explicar los toques o tañidos de las campanas es difícil y complicado en teoría o sólo por escrito. Por eso, lo mejor es que veáis este asunto in situ, por documentales, en vídeos, material filmado, etc., que el mismo Internet ofrece. Obsérvese, por ejemplo, que unos eran los toques para asuntos religiosos (los más) y otros eran los toques para asuntos sociales o de índole civil. Antiguamente era todo a mano, artesanal y artísticamente, un arte musical. No había campanas electrificadas.
   En efecto, había toques para la oración y para las celebraciones litúrgicas, tanto en los monasterios y conventos como en las parroquias y en las ermitas, capillas, etc., e igualmente se tenían en cuenta el comienzo, el medio y el final del día. Había mucho del “ora et labora” al respecto, también marcando los descansos.
   Había también toques civiles, pues eran responsabilidad de los concejos avisar si se detectaban fuegos o incendios, casos de perdidos, agrupación de mesta o de ganados comunales, convocatoria del mismo concejo, invasión, peligro, llegadas del señor o señores y autoridades, etc. Era normal que en el Concejo o Ayuntamiento hubiera también sus toques específicos.
   Unos eran (y son) los toque a Misa de diario y otros los de días festivos.
   Peculiares eran (y son) los toques de difuntos, la “señal” de óbito acaecido, con distinción de si se trata de hombre o de mujer, o de niño o de joven; y en algunos lugares se daban también señales sobre rango o clase social, como tratándose de toda una tecnología o revista del corazón.
   Se avisaba de tormentas o de protección contra las mismas. Eran el equivalente a nuestros alertas del tiempo por colores.
   Algunos toques en el tañer de las campanas eran extraordinarios, por ejemplo: cuando un obispo realizaba visita pastoral o cuando una destacada autoridad se dignaba acercarse a un lugar. Ante un destacado evento o reunión, se añadían con anterioridad toques de vísperas. Había muchos toques o tañidos específicos, diversificados y bien catalogados para todo.
   Y también había (y hay) días en los que las campanas callan, no se tocan. Es el caso desde la celebración del Jueves Santo hasta el Sábado Santo en la Vigilia Pascual. Tampoco se tocaban las campanas en los entierros de excomulgados o sometidos a censuras y castigos eclesiásticos, en los interdictos o entredichos, etc. En tiempos de entredicho callaban todas las campanas. Pero a veces tañía una campana con un toque especial, breve, recordando a la población la desgracia del entredicho o del castigo colectivo en el que hubiera caído.
   Cada uno de lo tañidos de campana recibía (o recibe todavía) un nombre específico, existiendo un amplio vocabulario para diferenciar los sones:
A rebato: Un toque general y desorganizado o revuelto que avisa de algún peligro grave.
Ángelus: Consiste sobre todo o por lo general en tres golpes de campanas más un grupo final de 9, 12 ó 33 golpes. Se tocaba a la 6 de la mañana, a las 12 del mediodía y a las 6 de la tarde. Su origen (devocional) se remonta al siglo XIII, pretendidamente para recordar la Encarnación, el momento de la Anunciación del Ángel Gabriel a María.
Ánimas: Se ejecutaba a la puesta del sol, siendo un momento de oración especialmente por las almas del Purgatorio. Un modo de no olvidar a los difuntos que pudieran necesitar de la ayuda de los vivos para llegar al cielo.
Clamor: Un toque pausado y prolongado realizado en la conmemoración de los fieles difuntos.
Difuntos: Toques que se ejecutaban en muchos casos incluso durante el camino hacia el cementerio.
Fuego: Un toque específico que movilizaba a todo el mundo.
Queda: Toque realizado por una sola campana, marcando el final del día y el cierre de las puertas de la ciudad, cuando había murallas.
Repique: Toque muy alegre de ritmo vivo, propio de las festividades, de comienzo o final de procesión, etc.
Echar las campanas al vuelo: Celebrando algo muy jubiloso y digno de difundirse con premura.
Etc.
   Todo esto nos demuestra que la gente vivía en medio de peligros, así como a veces contenta y a veces apenada.
   Las campanas sueles ser muy queridas por sus poblaciones. Tienen nombres inscritos en ellas mismas.

 

 

OBLIGAR: EN LA VIDA Y EN LA LITURGIA

   OBLIGAR: Consiste en que alguien o algo, con reconocida autoridad, haga o posibilite que una persona cumpla debidamente con un determinado cometido. Ejemplos: “El deber me obliga a salir ahora”; “un semáforo en rojo nos obliga a detenernos”; “el contrato le obliga a vender su casa”; “el frío nos obligó a resguardarnos en el refugio”.
   Con obligar también podemos referirnos a ganar la voluntad de una persona mediante obsequios o favores, por ejemplo cuando nos sentimos obligados por agradecimiento o cuando decimos que alguien “nos obligó con sus atenciones”.
   Consideremos algunos apartados, empezando por el problema de si hay que obligar a los niños a comer cuando se muestran inapetentes.

 

 
   Lo aconsejable será andarse con mucha calma y no general angustiosa alarma. Hemos de pensar en cómo el ponerse a la mesa ha de generar relax o ser algo más divertido que penoso. Si nos ponemos a comer, hemos de renunciar a los gritos y a los chantajes: dibujitos, juguetitos, etc. Todo el mundo se alimenta cuando siente hambre. Tengamos calma. No nos enfademos. Nada se adelanta con  forzar. Ni en esto ni en ningunos otros casos de la vida. Rehusemos expresiones como:
   “Si no te comes todo lo del plato, no te levantas de la mesa”.
   “Al menos has de comerte la mitad”.
   “Lo que dejes, tú verás, te queda para la cena o para mañana”.
   “Si no comes, ¿cómo vas a crecer?”.
   Está claro: ¿A ti te gusta que te obliguen y te fuercen del modo que tú sueles hacer? ¿Te gusta a ti eso de “lentejas, las comes o…”? ¿Por qué no te esfuerzas en entender mejor a los niños, sus modos de proceder, su propia psicología?
   A los niños no les pongas demasiada comida; más vale una justa cantidad y que ellos pidan si les apetece repetir.
   No uses estrategias del tipo entretenerlos. Ten en cuenta que el niño se alimenta y engulle sin reparar en significados de estar haciéndolo en familia. Los “simbolismos” del niño no son los de los adultos.
   Mejor que reñir, da ejemplo, pues los niños son buenos imitadores. Si quieres que coman pescado o fruta, empezar tú a comerlos es el mejor camino. No caigas tampoco en la comodidad de premiar o castigar para que se tomen lo del plato, que puede ser de verduras.
   Si a los niños les damos menos calorías de las que necesitan, se despertarán sus ganas de comer. El apetito –no lo olvidemos– ha hecho sobrevivir a la especie humana durante millones de años.
   ¿Qué pasa cuando un niño no quiere comerse un plato de verdura? La mayor parte de las verduras no son comestibles. Lógicamente, las verduras que tienen un sabor amargo no les gustan. Tienen pocas calorías, la pasta tiene más (los niños quieren crecer y necesitan de esa energía). Lo que tenemos que hacer con aquellos que no quieren comer verduras es, si no le gustan, no ponérselas. Si hacemos lo contrario, le generaremos una aversión. Es probable que de mayor ese pequeño no quiera comer verduras, aborreciéndolas porque le hemos obligado antes.
   Dejemos ya lo de las comidas y los niños. Pasemos a otra consideración: la de obligar a alguien o a los demás a que cambien, como amoldándose a nuestros deseos, esquemas, expectativas… Lo expresa muy bien, en el sentido de que no se puede, la siguiente imagen:

 
   Vale también esta otra imagen o recuadro:

 

 
   Otra consideración es que antes de obligar hemos de motivar, hacer que algo guste es mejor que hacer algo obligado. Pasa por ejemplo con aficionarse a leer, como valdrá para otras actividades (deportivas, artísticas, musicales, de turismo, etc.). Obligar (e incluso obligarse obsesivamente) puede ser para nosotros una manía, algo hasta malsano, anormal, etc.

 

 
   Obligar tiene también mucho de connotaciones religiosas (y morales). Por ejemplo, ¿quién no ha oído hablar de la obligación católica de ir a Misa los domingos y fiestas de guardar? Aclaremos algo al respecto (más o menos sacado de “Aleteia”, páginas de Internet).
   A lo largo de la historia de la humanidad ha primado un criterio de vida que ha consistido, y se ha limitado, sólo a satisfacer los instintos más elementales: beber, comer,  pasarlo bien, tener salud. Y para esto es “obligatorio” buscar dinero y para tenerlo es “obligatoria” la ley del trabajo, hacerse con el mismo, ser de probada y permanente laboriosidad, hacerse emprendedores.
  Pero más allá, o además, hay otra realidad tanto o más importante: la realidad espiritual. Atender lo más básico, materialmente hablando, no es suficiente en la vida: el ser humano también es un ser espiritual. Jesús bien lo resaltó: “No sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4). Tenemos por tanto también la “obligación” de preocuparnos por nuestra vida espiritual recibiendo todo lo que Dios nos concede, acogiendo la vida que nos proporciona y la vida eterna.
   Entendamos la palabra “obligación”. ¿Por qué es obligatorio ir a la escuela? ¿Por qué es obligatorio cumplir con un esquema o programa de vacunación? ¿Por qué es obligatorio tributar o pagar impuestos? ¿Por qué es obligatorio descansar? En vez de obligación podemos hablar de satisfacer una necesidad; todo por un bien superior.
   Un adulto responsable, maduro, sensato y razonable comprende el cumplimiento de normas como necesario, no tanto como obligatorio sin más; en el caso de los niños, ellos no ven tanto la necesidad y entonces es cuando toca hablarles, prudentemente, de obligación; ya irán descubriendo la lógica de la necesidad.
   Todas las personas tenemos derechos y deberes u obligaciones, esto es claro y se da por descontado. Y en el plano de la fe igualmente, la vida eclesial no es la excepción; en la Iglesia tenemos deberes y derechos.
   Cuando hay una ley o norma, si queremos actuar como adultos, no nos debemos limitar sólo a cumplirla, sino que hemos de tratar acerca de ver las razones y la necesidad de su cumplimiento.
   Desde hace siglos (más o menos desde siempre), la Iglesia ha prescrito “unas obligaciones” para sus fieles, encaminado todo para el bien, siendo una de estas obligaciones la de participar enteramente en la santa Misa todos los domingos y “fiestas de guardar”.
   ¿Y eso por qué?
   En primer lugar por amor a Dios, que es lo principal, la razón última de nuestra vida. Y porque la participación en la Misa es necesaria para una correcta vida cristiana vivida en comunidad, pues de ese modo se construye eficazmente la Iglesia, evangelizada y evangelizadora.
   Las motivaciones por las que cada cual va o deja de ir a Misa son muy diversas, para bien o para mal, incluida la moralidad, etc., sin que entremos ahora o aquí en los detalles sobre ello. Pero existe incluso una justificación jurídica propiamente de derecho natural: es natural, justo y necesario, dedicar un día al descanso y al culto divino.
   Este precepto, con el paso del tiempo, cambió de día. Como sabemos, era (y sigue siendo) el sábado según el Antiguo Testamento o Tanaj de los judíos. Y según el Nuevo Testamento, para los cristianos, es el domingo, conmemorándose en este día la Resurrección del Señor, Jesucristo. Es el día dedicado al Señor, el dies Domini, de aquí que el día recibiera el nombre de domingo.
   Pero ¡ojo! La obligación del precepto para los domingos y fiestas de guardar es triple: participar de misa entera, abstenerse de lo que impida dar culto a Dios y disfrutar del debido descanso. “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la misa; y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor, o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo” (Canon 1247). “Es un deber de conciencia la organización del descanso dominical de modo que les sea posible participar en la Eucaristía, absteniéndose de trabajos y asuntos incompatibles con la santificación del día del Señor, con su típica alegría y con el necesario descanso del espíritu y del cuerpo” (Carta Apostólica Dies domini, 67, del Papa Juan Pablo II en 1998).
   Obviamente, además de las conocidas como fiestas de guardar, que la Iglesia puede regular o trasladar de fechas, también el Domingo de Pascua es obligatorio de cumplir, pues el tercer precepto de la Iglesia es comulgar por Pascua de Resurrección: “Todo fiel, después de la primera comunión, está obligado a comulgar por lo menos una vez al año. Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en otro tiempo dentro del año” (Canon 920).
   ¿Quiénes están obligados al precepto dominical y festivo? Ciertamente, la obligación de oír-participar en Misa afecta única y exclusivamente a los católicos que tengan uso de razón, que no estén legítimamente impedidos o imposibilitados ni tengan dispensa alguna (cf. Canon 11).
   No se da un límite de edad superior para el cumplimiento del precepto, como sí pasa con la obligación de guardar el ayuno: el ayuno va desde la mayoría de edad (18 años) hasta los 59 años cumplidos. La abstinencia va de los 14 años hasta la muerte.
    “Los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio. Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave” (Catecismo, 2181). Para dispensa es mejor pedirla, al menos al párroco, y no darla por supuesta o según una libre interpretación por la que uno se autojustifica. Una vida de normales obligaciones es mejor que una vida permisiva. Y lo mejor es celebrar la Misa en gracia de Dios, con la práctica de la oración y la confesión frecuente.
   Respecto a la “obligación” de descansar, también con la debida dispensa, pueden trabajar legítimamente los domingos y fiestas de precepto quienes, a conciencia, tienen que realizar servicios esenciales para la comunidad (policías, bomberos, médicos, enfermeros, personal de vigilancia, servicios públicos de transporte, etc.), y aquellos cuyos trabajos están en función del descanso de los demás (centros de ocio, comerciales, recreativos, deportivos, culturales (museos, salas de conciertos), restaurantes, etc. Así también quienes, en las zonas rurales, tienen que hacer trabajos agrícolas durante unas pocas semanas, por ejemplo, la siembra o la cosecha, etc. en épocas en que no se puede prescindir del trabajo ni siquiera un día.
   Son varios y diversos los impedimentos que pueden darse, tal vez imposibilitando, ante la obligación de ir a Misa o respecto al descanso festivo. Cada caso puede ser tratado del modo pastoral más conveniente, y de hecho así lo hace la Iglesia.
   Nos queda, o podemos afrontar, otra pregunta: ¿Hay que obligar a los hijos a ir a Misa? Valga ante todo o antes que nada el principio de cómo los padres han de educar a los hijos en la responsabilidad y en la libertad verdaderas, no en el “porque sí”. Los hijos han de ser capaces de vivir «desde su propio interior», con sentido. No se trata de que hagan en cada instante lo que se les ocurra, sino de hacer realidad en su vida lo que libremente eligen.
   Cuando un hijo les dice a sus padres que no quiere ir a Misa, hay que tener en cuenta varios factores: su edad, las razones que le llevan a expresarse así, si se trata de una situación circunstancial, pasajera, o si eso representa un problema serio, realmente importante.
   Si se trata de hijos pequeños, el padre y la madre deben introducir al niño en aquella vida que desean transmitirle con arreglo a su edad.
   En el caso de los católicos, eso incluye ir todos a Misa, padres e hijos, y tratar de mostrar la grandeza de ese misterio, de esa celebración litúrgica, que vive la familia en su conjunto, entendiendo también lo de la Misa como los de estar obligados al colegio, a unas tareas, a una vida saludable, a visitar a los abuelos, ha hacer algunas cosas que no siempre son apetecibles pero que las hacemos.
   El hecho de que el hijo o la hija muestren su oposición a ir a Misa puede servir o ser una ocasión para que los padres se planteen si están viviendo con plenitud su identidad cristiana y su unión con Cristo, si están iniciando o transmitiendo la fe a sus hijos de manera eficaz o no, lo cual, para no hacer nada en vano, es una obligación derivada de su matrimonio católico. Quizás suponga una oportunidad de reavivar su fe. Lo mismo la postura del joven sirva para que los padres se planteen replantearse muchas cosas y avivarlas no poco. Por otra parte, cuando el hijo va creciendo y avanzando en edad, es necesario que vaya haciendo suyo propio todo aquello que le han transmitido de pequeño, lo cual a veces conlleva pequeñas o grandes crisis. No hay que asustarse ni hay que enfadarse.
   En este camino educativo y de maduración, el respeto a la libertad debe ser proporcionado a los años y a la psicología del joven, todo ello acompañado de una preocupación personal por el hijo acorde con la responsabilidad como padres, pero que puede darse de muy diversas formas, no siempre manifiestas.
   Por ejemplo, unos padres a los que su hijo mayor de edad no quiera acompañar a Misa los domingos pueden intensificar su oración por él y su acompañamiento paciente y ofrecer también el sufrimiento que les ocasiona esa actitud de su hijo y esforzarse por vivir ellos mejor la Misa. Quizás eso sea más formativo y eficaz a largo plazo que una respuesta coercitiva, forzada o de absurda imposición. La bondad, el amor, el sacrificio y la paciencia lo consiguen todo. Las malas maneras lo estropean todo.
   Por desgracia, el verbo obligar o la palabra obligación no son términos gratos, no son palabras que caen bien. ¿Por qué? Es indudable que ello se debe a que conllevan unas connotaciones de esfuerzos, exigencia y sacrificio. Frívolamente al menos, todos deseamos una vida sin obligaciones.
   Pero una cosa es cierta: lo que cuesta es lo que realmente vale; lo que cuesta edifica, lo que cuesta y fatiga da buenos frutos.
   Negarse a uno mismo y cargar la cruz (Mt 16, 24) nos identifica como cristianos, nos permite seguir a Cristo allí donde está. ¿Dónde? A la derecha del Padre. Si queremos  seguir a Jesús, nos obligamos a negar nuestro punto de vista, nos obligamos a cargar la cruz. Pero esto lo hacemos por amor a Dios sobre todo, por amor mutuo y al prójimo.
   Sin cruz no hay amor. Si creemos, estamos obligados. ¿A qué? A ser consecuentes toda la vida; en caso contrario nunca creímos.
   Una persona con amor y por amor se obliga a hacer algunas o varias cosas que sin amor no haría; ejemplos sobran para entender que las cosas sin amor no tienen sentido.
   Obligamos a los niños para que se levanten y se arreglen; obligamos a los niños a ir al colegio; obligamos a los niños para hagan sus tareas escolares; obligamos a los niños para hagan tareas de casa; obligamos a los niños para que cambien malos hábitos; obligamos a los niños para que se tomen las medicinas, etc.
   ¿Por qué? Porque los amamos, porque creemos que es lo mejor para su vida, porque queremos que su tránsito por esta vida sea feliz.
   Y se supone que tras éstas obligaciones está el ejemplo de los padres. Y, ¿no obligamos a que el niño conozca a Dios, se relacione en la fe con Él? ¿No queremos su salvación?
   El amor obliga a ciertas cosas. Y una madre, más y mejor que nadie, lo sabe bien. Por amor a Dios y a nuestra salvación nos obligamos a ir a Misa. Nuestra fe nos obliga a transmitir nuestra fe.

 

⊕  ⊕  ⊕

 

   IDOLATRAR: Dos acepciones se nos muestran con este verbo transitivo, significando respectivamente adorar o rendir culto a un ídolo y amar con excesiva admiración a alguien o sintiendo desordenada inclinación hacia algo.
   Recurriendo a un ejemplo típico sobre idolatrar, examinemos brevemente el pasaje bíblico del becerro de oro (Ex 32, 1-6), no siendo el único pasaje bíblico al respecto. Se nos ofrece aquí una narración sucinta y sobria, ágil y vigorosa, de un hecho esencial. El autor no se pierde en descripciones o advertencias.
   Remitimos al libro del biblista  Georges Auzou (1966): De la servidumbre al servicio. Estudio del libro del Éxodo, Madrid, FAX.
   En realidad, este relato comienza con 31, 28 (versículo que es, a su vez, algo así como la secuencia natural de 24, 12-18, habiendo anunciado Yahvé que daría las tablas de la ley a Moisés). Resultó que Moisés prolongó su estancia en la montaña durante un  largo período de tiempo, el simbolizado por el número de “cuarenta días”, transcurridos los cuales Moisés recibió las tablas, siendo Dios quien se las dio. Y durante esos cuarenta días en los que Moisés permaneció solo y apartado de su pueblo, éste se reúne para pedir a Aarón: “Anda, haznos un dios que nos guíe, pues no sabemos qué ha sido de ese Moisés que nos sacó del país de Egipto” (v. 1).
   Era normal en aquellos tiempos portar estatuillas representativas de diversas divinidades entre las expediciones militares egipcias o mesopotámicas. Los hebreos querían algo así al realizar aquel éxodo en que estaban, querían ver con sus propios ojos y palpar materialmente a quien divinamente los libraba y los conducía a la tierra de promisión. A regular esto vendría el segundo mandamiento del Decálogo, haciéndonos entender por qué Yahvé se opone radicalmente a cualquier figuración con la que se le identificara, pues Dios no está vinculado a fuerza alguna de la naturaleza, pues está sobre ella. Dios no puede ser reducido a ídolo. Dios no es manipulable, ni controlable.
   Aquellos hebreos exigían una presencia, pero también (y, por cierto, primordialmente) un guía. No tienen ganas de quedarse en aquel “grande y terrible desierto” (Dt 1,19). Saben también (entre otras cosas, porque se lo han oído a Moisés) que han salido de Egipto yendo hacia un “magnífico país”. Pero ¿quién los va a conducir? Pues no sabemos qué ha sido de ese Moisés que nos sacó del país de Egipto. Con Moisés, hasta ese momento, tenían claras las señales de Dios. Los encuentros que habían tenido en el ca-mino, el viento, la tormenta, la nube, eran indicaciones para caminar o detenerse, para saber lo que Dios quería. Pero ahora, estando ausente el hombre de Dios, ¿quién será capaz de oír, ver e interpretar las señales para seguir caminando? La fe empezada a suponer demasiado riesgo. Necesitan tener las cosas claras y seguras. Necesitan algo que les garantice eso. Ese algo, sustituto y también representación de Dios, es el ídolo. El pueblo de Yahvé se sentirá más guiado por su él en cuanto Dios si puede disponer de su efigie. ¿Acaso Israel, como todos los demás pueblos, no tenía necesidad de verse asegurado? Su fe era demasiado pequeña, frágil, débil. Sobre todo, en presencia de aquel Dios libre e imprevisible, tan radicalmente invisible y libremente amoroso.
   Parece tarea vana, y que se sale de las intenciones del texto, el pretender dar un retrato psicológico del hermano de Moisés, que por lo demás es muy poco conocido. Aarón se pone, sin más, del lado del pueblo. Accede a la petición general, y toma determinaciones prácticas (v. 2). El relato nos muestra a Moisés solo, completamente solo, con Dios. Tal vez la tradición que nos ha proporcionado este relato ha querido mostrarnos en él la diferencia entre el profeta riguroso y de verdad, el hombre de Dios cuya fidelidad debe llegar a veces hasta la intransigencia (o parecerla), y el sacerdote “acomodaticio”, que trata de “complacer” y que tira por el camino de las concesiones, ya que está más preocupado por la organización cultual o litúrgica, por que las cosas funcionen, que por la pureza doctrinal y la verdadera búsqueda del Señor. El ídolo se construye con los generosos dones de “todo el pueblo”, (v. 3). Es, pues, absurdo considerar el “becerro de oro”, según se hace ordinariamente, como el símbolo del apego a la riqueza. No lo supone o significa en el texto, aunque se haya dicho que se empieza adorando el becerro de oro y se acaba adorando el oro del becerro. Cuando se trata de sacrificios que siguen la tendencia de los deseos naturales, los hombres no carecen de generosidad.
   El relato está simplificado al máximo. La tradición sobre los levitas, que encontraremos luego (vv. 25-29), permite pensar que no hubo unanimidad sobre la decisión que había que adoptar. Indudablemente, la palabra de Josué, en el v. 17, pretende decir que hubo tumulto, motín y alborotos que precedieron a los cánticos que se oían desde lejos.
   El “becerro” es un toro joven. El toro, animal notable por su vigor, ha sido en todo el Oriente antiguo uno de los símbolos clásicos de la divinidad bajo el aspecto del poder. Esta representación no implica aquí que se trate de una divinidad extraña, sea egipcia o mesopotámica. Lo mismo ocurre en 1 Re 12, 28. Mas, puesto que el texto yahvista y el texto elohísta fueron redactados después de la fundación del segundo reino israelita en Palestina, los “becerros” de Betel y de Dan, ¿no estarán ya en la mente de la tradición y constituirán el trasfondo del relato del Éxodo? Es difícil negarlo. Y podemos pensar incluso que la redacción de Ex 32 fue influenciada por la historia de las iniciativas religiosas de Jeroboam. El alcance “profético” de la actitud de Moisés queda realzado con ello.
   La descripción de la fabricación de la estatua es bastante enigmática y demasiado escueta para que sepamos exactamente si se trata de un objeto de metal fundido o de una imagen de madera recubierta de panes de oro (v. 4). Aarón tuvo ayudantes, claro está. Así lo indica, seguramente, el plural: “Entonces dijeron”.
   Lo que dicen es que la imagen representa a Yahvé, el que los salvó del poder de Egipto. No habría, por tanto, apostasía. La infidelidad consistiría simplemente en la desobediencia a la prohibición de que hicieran “imágenes talladas” de Dios. Pero ya hemos visto que esta desobediencia, grave por ser formal, es peligrosa para la verdadera fe. Aparte de esto, parecería –según la tradición– que el asunto había sido mucho más grave. En efecto, la traducción del versículo 4b es, si queremos ser estrictos: “Israel, éstos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto” (el verbo está en plural, siendo así que en otras partes “Elohim” –nombre plural con sentido singular– es sujeto de un verbo en singular, como ocurre en 1 Re 12, 28). Lo mismo que en el versículo 1, la afirmación no parece rigurosamente monoteísta. El llamamiento que hace Moisés, en el versículo 26, supone igualmente que no todos estaban “de parte de Yahvé”. Sin embargo, las imprecisiones del texto no nos permiten ser demasiado categóricos en un sentido o en otro.
   La ambigüedad se disipa en el versículo 5: Alrededor del altar levantado ante la imagen habrá culto en honor a Yahvé, fiesta con sacrificios y banquete de comunión y diversiones a la manera tradicional, con cantos y danzas (v. 6); véase el versículo 15 (y compárese con 2 Sam 6, 5.14-15). Es muy posible que no todos fueran del mismo parecer. Pero al predominar la influencia de los cabecillas y el sentimiento popular, las personas prudentes tuvieron que callarse (Am 5, 13).

 

 

⊕  ⊕  ⊕

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.