PASTORAL Y ESPIRITUALIDAD

ÍNDICE O SUMARIO DE CUANTO SE MUESTRA A CONTINUACIÓN
  • Los Equipos de Nuestra Señora: Llamados a contagiar la alegría del amor.
    • [Y luego puede pincharse aquí a Santoral].
  • Perdona nuestras ofensas.
  • Cabalgar victorioso por la verdad y la justicia.
  • Idealizar.
  • Lo mejor de madrugar es ponerse a rezar.
  • Nacer.
  • Pacer (Del Cantar de los Cantares a San Juan de la Cruz).
  • Ufanar – Ufanarse.
  • Vaciar – Vaciarse.
  • Zanganear.
  • Bajar (a la humildad).
  • Quebrar/se.
  • ¿Vacilar? ¿Tambalearse? ¿Dudar? ¿Fluctuar?
  • Zanjar.
  • Lamerse las heridas.
  • ¿Malgastar la vida?
  • Quedar: significado, plegaria, poesía.

 

 

LOS EQUIPOS DE NUESTRA SEÑORA: LLAMADOS A CONTAGIAR LA ALEGRÍA DEL AMOR

 ENS Extremadura | ENS Superregión de España

   Los conocidos como… 

Equipos de Nuestra Señora (ENS),

del francés Equipes Notre-Dame, constituyen un movimiento eclesial católico originado en París cuando transcurría el mes de febrero de 1939, habiéndolo fundado el presbítero Henri Caffarel (1903-1996). Su fin es desde entonces ayudar y orientar a parejas en la formación y vida matrimonial.​ El Consejo Pontificio para los Laicos reconoció esta iniciativa en 1992 como​ como asociación internacional de fieles de derecho pontificio.

   Además de su difusión por todo el mundo, los Equipos de Nuestra Señora se encuentran también en Extremadura y Andalucía, por mencionar lo más cercano a nosotros desde cuanto ofrecemos en nuestro blog.

   En 2018 se emprende una iniciativa de los ENS en las parroquias del arciprestazgo San Juan Macías de Villafranca de los Barros.

   Jesús nos dice: “Id por todo el mundo anunciando la buena nueva”. Durante estos últimos años el Papa Francisco, a través de la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (2013, al cerrarse el Año de la Fe) nos dice “que la alegría del Evangelio es algo que nadie nos podrá quitar”. El Papa Francisco nos dice: “Todos los cristianos tenemos el deber de anunciar el Evangelio con verdadera alegría. No nos dejemos robar la alegría evangelizadora”.

   Estamos llamados a ser cántaros que den de beber a los demás. El Señor se nos entregó como fuente de agua viva en la cruz, por eso no nos podemos dejar robar la esperanza, tenemos que ser verdaderos testigos del Evangelio. No nos podemos quedar todo lo que vivimos para nosotros, pues estamos invitados a la misión y a vivirla con alegría.

   En estos momentos, con la “Amoris Laetitia” (exhortación apostólica post-sinodal de 2016), Francisco se dirige a todos y nos sigue llamando continuamente a salir, a contagiar y a dar a entender que la Iglesia debe estar volcada en anunciar el Evangelio y acompañar a los más desfavorecidos, a los más necesitados, tanto en la pobreza material como espiritual. Nos recuerda el Papa que en la sociedad de hoy están necesitados de acompañamiento: las familias, los jóvenes, los novios, los casados, los divorciados…

   Nuestra tarea surge de nuestras actitudes. En los últimos años, el Papa Francisco nos está pidiendo presencia en todos los ambientes. Nos pone las cosas claras a laicos, sacerdotes y obispos: se necesita una verdadera comunión entre todos, sin tanto clericalismo y donde el laico sepa, acepte, su misión y su lugar en la Parroquia y en la Iglesia. Nos pide humildad y una conversión personal y pastoral que  se concreta en una serie de actitudes:

  • Testimonio de vida cristiana.
  • Dara a conocer el verdadero rostro de Dios amor.
  • Acompañar en la búsqueda de Dios.
  • Ayudar a leer la historia como lugar en el que Dios nos habla.

   En esta nueva evangelización, los laicos tenemos un lugar muy importante y si no trabajamos en ella posiblemente no se hará. Debemos aprovechar todos los medios a nuestro alcance: estudio de la realidad, integrarnos en los Consejos Pastorales y, sobre todo, llenarnos de Dios, buscando acciones de comunicación.

   Partiendo de esta llamada que como Iglesia se nos hace, los “Equipos de Nuestra Señora” nos hacemos eco y queremos asumir y contribuir a estas llamadas, con unos objetivos muy claros:

  • Testimoniar la fe.
  • Vivir la unidad de la Iglesia.
  • Anunciar el mensaje de la Alegría del Evangelio para parejas y matrimonios.
  • Afrontar, desde nuestra realidad, los desafíos que la sociedad nos plantea.
  • Ofrecer, desde la humildad, nuestro movimiento de familia, nuestro carisma (espiritualidad conyugal) y lo que representan los “Equipos de Nuestra Señora”, a la Iglesia, a las parroquias.

   Los “Equipos de Nuestra Señora” queremos pasar a contagiar nuestra forma de vivir dentro de la Iglesia, lo que supone nuestro movimiento en la vida de fe y lo que supone en nuestro matrimonio.

AQUÍ SE PINCHA A SANTORAL

PERDONA NUESTRAS OFENSAS

Del P. Lorenzo Orellana –diócesis de Málaga– es la siguiente reflexión sobre la quinta de las siete peticiones del Padrenuestro:

Es la petición más larga –dice– porque añade una comparación. Mientras implora el perdón misericordioso de Dios, añade una genialidad, condicio-na el perdón suplicado al perdón que conceda el suplicante.

Pero vayamos por partes. Comenzamos diciendo “perdona”. Perdona, es decir, estamos reconociéndonos pecadores, pues de lo contrario no tendríamos necesidad de pedir perdón.

Y aclaramos: “perdona nuestras ofensas”. “Ofensas” decimos. Mas no olvidemos que Mateo utiliza el término “ofeilemata” que significa deuda. Y la deuda no es sólo ofensa, sino mucho más. La deuda es una respuesta insuficiente a lo que hemos recibido de Dios, por eso, aunque no hubiera ofensa siempre hay deuda, ya que no hemos correspondido a cuanto Dios nos ha otorgado.

Decimos perdona “nuestras” ofensas. “Nuestras”, de todos, porque así como el Padre y el pan son nuestros, las ofensas de la comunidad y de la humanidad también son nuestras. Nuestras, pues todos somos deudores ante el Padre.

En La comedia humana de Willian Saroyan, Homero, un muchacho adolescente repartidor de telegramas, tiene que entregar a una madre el telegrama que le anuncia la muerte de su hijo en el frente. La madre coge el telegrama y no se atreve a abrirlo. Homero, adivinando el dolor de aquella madre se siente tan mal que, cuando sale a la calle, deambula por la ciudad llorando. Y cuando vuelve a su casa su madre lo consuela con estas palabras: “Hijo, cada hombre es el mundo entero… Ninguno de nosotros es independiente el uno del otro. La oración del aldeano es mi oración, y el crimen del asesino es mi crimen. Tu lloraste porque empezaste a descubrir estas cosas”.

¡Con razón el Señor nos invita a pedir perdón por nuestros pecados y por los pecados de los demás, pues de lo que se trata es de cumplir la voluntad del Padre “que hace salir su sol sobre buenos y malos”; de lo que se trata es de ser misericordiosos “como vuestro Padre celestial es misericordio-so”.

Mas para ser misericordiosos hay que experimentar la misericordia. Y para que experimentemos la misericordia Jesús nos ha dejado el Padre-nuestro que es un canto al amor de Dios, en el Hijo, que nos empuja a llamarle Padre y a descansar en sus brazos, como el pequeño que mira a su padre balbuciendo abba, papá.

Y es que Jesús sabe que sólo quien se siente amado puede perdonar, por eso quiere que supliquemos: “así como nosotros perdonamos”. Y esa cláusula es una exigencia y una revelación, ya que exige el perdón que debemos dar, y revela que podemos darlo, porque al decir de corazón: “como nosotros perdonamos”, el Padre nos está perdonando a nosotros. Y el Padrenuestro se convierte en un mar de perdón. Zambullirse en él, es saberse perdonado y amado.

 
CABALGAR VICTORIOSO POR LA VERDAD Y LA JUSTICIA
(Salmo 44, 2-6, del Directorio franciscano: La Oración de cada día)

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey…

   En sus labios resalta la gracia o la sonrisa atrayente. Para el salmista, la apostura y belleza singular de su héroe es una prueba manifiesta de que Dios lo bendijo para siempre. En su visión teológica de la historia, el poeta piensa en la bendición que Yahvé otorgó a la dinastía davídica, a la que pertenecía el esposo-rey.
   En su idealización poética, el salmista contempla ya a su héroe ceñido de la espada y con sus insignias reales cabalgando en defensa de la verdad y la justicia, como claro representante de Dios en la sociedad y ante los hombres. La vista del cortejo nupcial que se verá desarrollado en este Salmo evoca en el salmista al guerrero que en su momento saldrá apuesto y valeroso en su montura a caballo dispuesto a combatir y luchar por la justa causa de su pueblo. Como representante de una sociedad teocrática, el rey tiene que batirse por la verdad y la justicia, conforme a las exigencias morales del Dios de Israel. El lugarteniente de Dios debe salir por los fueros de la justicia en favor de los humildes y defenderlos según la verdad de sus derechos en la sociedad. Y cuando se trate de defender a la nación contra los enemigos exteriores, su diestra o fortaleza y coraje deben enseñarle a realizar portentosas hazañas. Por la mente del poeta pasan las distintas facetas de la misión del rey (gobernar con justicia y verdad, defender al pueblo contra los enemigos), y todo esto aflora a su ágil pluma de escribano en el momento solemne de iniciarse el cortejó nupcial que acompañaba al joven rey camino de la casa donde estaba la futura reina. En un derroche de entusiasmo le contempla desbaratando a los enemigos, que caen fulminados por sus agudas saetas; su sola presencia basta para que pierdan ánimo todos sus enemigos (v. 6).
   Pero no todo ha de resultar belleza y hermosura, pues no es finalidad una estética en sí misma, una estética sin ética. Se trata de una belleza que conlleva verdad y justicia. En efecto, el soberano “cabalga victorioso por la verdad y la justicia” (v. 5); “ama la justicia y odia la impiedad” (lo dirá el v. 8), y su cetro es “cetro de rectitud” (lo dirá el v. 7). La belleza no es tal o deja de ser estimable si no se conjuga con la bondad y la santidad de la vida, de modo que haga resplandecer en el mundo el rostro luminoso de Dios bueno, admirable y justo, auténtico y verdadero.
   El Rey-Mesías habrá de cabalgar o más bien montar en una borriquita, y no a caballo, cuando entre triunfal en Jerusalén para sufrir luego en una cruz, y triunfar sobre la misma, sobre la muerte…

 

 

IDEALIZAR

   Idealizar es sobrevalorar, elevar o considerar algo o a alguien sobre lo que realmente es, procediendo a ello mediante nuestro conocimiento y más aún mediante nuestra fantasía. La idealización es una ensoñación, pero no es lo mismo idealizar que soñar. Al idealizar nos convertimos en idealistas, o bien somos idealistas siempre que idealizamos. Nuestros idealismos pueden tener mucho de ingenuidad.
   Idealizar es un verbo que tiene que ver con muchas cosas o entra en la consideración de muchas dimensiones, por ejemplo con el idealismo como filosofía (en lo que ahora aquí no entramos), con el arte (idealismo artístico, idealismo mágico, etc.), con la creatividad (teniendo ideas se tienen y emprenden iniciativas), con la psicología, con la ciencia y la metodología (muy importante en Galileo Galilei, para formular las conocidas leyes de la caída libre), etc. Idealizar puede tener que ver con el famoso “cuento de la lechera” y llevarnos a desilusiones y desengaños.
   Digamos que conocer la realidad tal y como es en sí misma no es fácil. A veces vemos las cosas no como son sino como queremos que sean. No pocas veces distorsionamos le realidad, exagerando perfecciones que no existen sino en nuestra imaginación. Sobrevalorar y encumbrar, imaginar lo alto puede conllevar una caída de pedestal, un derribo o derrumbe a lo más bajo, desilusiones y depresiones… No nos engañemos. No nos dejemos llevar nunca de las primeras impresiones o de las meras apariencias, ni actuemos o decidamos de oídas, o por meras lecturas… Sé libre. No te sometas fácilmente a nadie ni a nada.
   Idealizar puede surgir de no ser objetivos, de inexpertos o no experimentados en la vida o en las cosas; puede surgir de no estar sino en proceso de maduración, de no despegar de la inmadurez. Idealizar suele ser cosa de adolescencia y primera juventud. La madurez y el saber estar que proporciona de la experiencia implican aprender a tener los pies en el suelo. En el plano de las relaciones personales, una persona idealiza a otra cuando exagera sus virtudes con una lupa de doble aumento. La actitud de idealizar a otra persona también suele ser más propia de aquellos que tienen una baja autoestima y se ponen en posición de inferioridad respecto a los demás. Ni las cosas ni las personas son como uno (o una) se las imagina.
   Idealizar a alguien (como los niños a sus padres, etc.) suele culminar en una decepción si no es encajan a su tiempo en el debido realismo, porque la perfección ideal no existe, porque sí existen los defectos. Sólo Dios es perfecto en su amor, en su infinita misericordia. Para todo lo demás es necesario abrir los ojos, que se nos caiga la venda de los ojos. No te asustes, pues los errores de hoy son las experiencias ciertas de mañana. No andemos por el amor ideal sino por el de la realidad, el único que nos podrá hacer felices y hará felices lo más posible a quienes nos rodean. Nos queremos más y mejor cuando dejamos de idealizarnos.

 

 

 

LO MEJOR DE MADRUGAR ES PONERSE A REZAR

   MADRUGAR: Levantarse al amanecer, al alba o aún más temprano. Aparecer o salir muy pronto (por ejemplo, cuando en la lotería se dice que el premio gordo madrugó este año). También significa aprovechar el tiempo, hacer algo cuanto antes, realmente deseándolo, ganar tiempo en una solicitud, actividad o empresa; y anticiparse a la acción de un rival o de un competidor.
   Todos hemos podido escuchar o leer muchas frases o dichos sobre madrugar. He aquí algunos ejemplos:
   A quien madruga, Dios le ayuda.
   El que de mañana se levanta, en su trabajo adelanta.
   La primera ley del cristiano es levantarse temprano.
   Dice un madrugador: Me encanta el olor a oportunidad que tienen las mañanas.
   No por mucho madrugar amanece más temprano.
   A quien madruga, el día se le hace muy largo.
   Quien quiera prosperar, empiece por madrugar.
   Deja la cama al ser de día y vivirás con alegría.
   Lo dijo Cervantes: Quien no madruga con el sol, no disfruta de la jornada.
   La buena jornada empieza muy de mañana.
   Trasnochar y madrugar no caben en un costal.
   Trasnochar y madrugar no pueden ir (o ser) a la par.
   En Sevilla y en Cantillana, todo aquel que madruga se levanta de mañana.
   Es normal que madrugar cueste o suponga vivir “el minuto heroico”.

 Lo mejor de madrugar es ponerse a rezar

(Salmo 62, 2-9, para laudes del domingo de la primera semana)
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré 
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.
En el lecho me acuerdo de ti 
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.
   Tal vez desterrado de Jerusalén, el salmista que recita o compone este Salmo siente que le aflora al madrugar, como respirando el frescor de la mañana, una confesión liberadora: “Oh Dios, tú eres mi Dios”. Siente su corazón divinamente enamorado.
   Quien reza de verdad, con total confianza, le habla a Dios de tú, entrando en un decir amoroso, del todo amigable, directo, íntimo, cercano. Son 16 las veces que aparece el tuteo en este Salmo.
   El orante no habla con Dios en abstracto, de lejos o de oídas, sino poniendo toda su corporeidad en la relación. Para buscar a Dios madruga, tiene sed y desfallece si no encuentra el agua fresca; se sacia, está a la sombra de Dios; en el lecho se acuerda, contempla; sus labios alaban, levanta las manos; se sabe pegado a Dios, siente el contacto de la mano de Dios sosteniéndolo; ve, gusta, toca, canta con júbilo. Lejos de un espiritualismo desencarnado, es toda la persona la que está implicada en la relación amorosa con Dios.
   Destacan en el presente Salmo las sugerentes imágenes que utiliza para expresar la sed. Parece que se siente la sed. El orante está como la tierra, agrietada y agotada por la sed, como tierra reseca que pide a gritos el agua de la vida. No puede dormir con esa sed que le mata y se despierta con el alma reseca (nefesh, en hebreo, significa alma y garganta) buscando con pasión al Dios que antes lo ha buscado a él, al “manantial de aguas frescas” (Jr 2, 13), el único que puede saciar su sed. Otro místico, San Juan de la Cruz, expresará así esta extraña sed: “Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura, mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura”.
   La añoranza de la contemplación de la fuerza y de la gloria de Dios ha excavado en el orante una extraña sed. Su corazón es una pequeña teofanía donde reverberan la luz y el calor de Dios. Y así ve también toda la realidad, como una huella de hermosura que Dios ha dejado a su paso.
   Este Salmo es una radiografía en la que queda al descubierto lo que es el ser humano, esa criatura tan singular, quien lleva dibujada en lo más profundo de sus aguas la imagen de Dios, quien “está hecho para Dios y sólo descansa cuando lo encuentra” (San Agustín).
   En este Salmo se habla el lenguaje de la totalidad: “Toda mi vida te bendeciré”. Dios y el ser humano, su criatura y su hijo, no se contentan con poco, lo quieren todo el uno del otro. Es normal que al ser alcanzadas por Dios todas las horas (la noche, la madrugada, el día), al ser alcanzados todos los sentidos, al ser alcanzado el pasado, el presente y el futuro de la persona, ésta diga exultante: “Tu gracia vale más que la vida”. Ninguna dulzura y riqueza se puede comparar con el gozo de experimentar a Dios; ante su gracia todo lo demás queda relativizado. El Dios, ausente y presente, añorado y gozado, lo llena todo. El orante no concibe la vida sin convivir con Dios.
   El salmista reza con su tesoro poseído, con su liberta asegurada. Todo está, por la fe, en el corazón, y de éste sale, corporal y sentido, su arranque de júbilo y adoración: “Te alabarán mis labios; toda mi vida te bendeciré, y alzaré las manos invocándote”. Nada existe sobre la absoluta primacía de Dios.
   La sed y el hambre de Dios quedan saciadas. Solo Dios puede llenar de alegría el mundo interior, tan insaciable, de la persona. Es la plenitud de la Pascua, de los sacrificios de comunión que celebraba el pueblo elegido, de la Eucaristía que Jesús instituyó: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 55-56).
   El salmista y orante se ve lleno del piadoso afecto del Señor, rodeado de ternura, libre de miedos o temores: “En el lecho me acuerdo de Ti, y velando medito en Ti”. Una persona así jamás será acosada por el miedo o el desasosiego, siendo grato el madrugar. La noche será clara como el día. “¡Oh noche amable más que el alborada! ¡Oh noche que guiaste, oh noche que juntaste Amado con Amada, Amada en el Amado transformada!” (San Juan de la Cruz).
   “A la sombra de tus alas –dice el salmista y orante– canto con júbilo”. Estos símbolos no pueden ser más llamativamente elevados y gratificantes.
   Pero el Salmo tiene dos estrofas más (vv. 10-12), en las que ya no se tutea a Dios:
Pero los que buscan mi perdición
bajarán a lo profundo de la tierra;
serán entregados a la espada,
y echados como presa a las raposas.
Y el rey se alegrará con Dios,
se felicitarán los que juran por su nombre,
cuando tapen la boca a los traidores.
   En estas estrofas hay otro tono, de un horizonte más oscuro. ¿Forman parte estas estrofas del mismo Salmo? ¿Son una continuación del lenguaje luminoso y enamorado de antes? Tenemos la impresión de estar sobre otro terreno.
   Pero no; la mayoría de los Salmos de divina intimidad y cercanía tienen este tipo o género de estrofas contra los enemigos de Dios, contra los enemigos del ser humano, de las personas y de todo lo creado. Esto quiere decir que estamos comprometidos en la lucha contra el mal, que también para combatirlo hemos de madrugar, contando con la ayuda de Dios, estando vigilantes y despiertos. “Y líbranos del mal”, rezamos al terminar el Padrenuestro.
   Que desaparezca el mal, que se les tape la boca a quienes lo hacen, que se castigue a quienes abusan de todos los pobres y pequeños de la tierra.
   ¿Es de actualidad este Salmo? ¿Podemos nosotros hacer resonar en nuestros labios estas cosas tan sublimes? ¿Podemos decir que la amistad con Dios vale más que la vida y que da sentido a la misma vida? ¿Podemos alabarle con todo nuestro ser? ¿Somos capaces de saborear a Dios?
   Acudamos siempre, más y mejor, a Jesús y, más que rezarle, oremos con Él. Nadie como Él –lo vemos en los Evangelios– tuvo tan vivo el deseo y la unión con el Padre, madrugando para encontrar su rostro: “Al amanecer, aún en plena oscuridad, Jesús se levantó, salió y se dirigió a un lugar desierto para hacer oración” (Mc 1, 35).
   Jesús nos ha dicho: “Buscad y hallaréis” (Lc 11, 9); nos ha invitado a entrar en una relación personal con el Padre que nos acompaña y abraza también con la solicitud y ternura de una madre. Muchos hombres y mujeres son testigos a lo largo de la historia de que las palabras del Salmo 62 no sólo no son exageradas, sino que se quedan cortas.

   Recemos, pues: “Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, porque tus juicios son luz de la tierra, y aprenden justicia los habitantes del orbe. Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú” (Is 26, 9 y 12).

NACER

   Dicho de un ser vivo, nacer supone salir del vientre materno, del huevo o de su cascarón, de la semilla, saliendo o apareciendo del interior o de dentro al exterior a las afueras, surgiendo, produciéndose, fructificando (diciéndose, por ejemplo, que nace el vello, que nacen las plumas, que nacen las flores o los frutos). También se dice nacer el día cuando sale o aparece el sol por el horizonte (y lo mismo se puede aplicar más o menos en otros fenómenos astronómicos). Me gusta ver nacer el sol y pensar que tú en algún sitio estarás haciendo lo mismo. Si un día llegaras a caer, no te preocupes. Haz como el sol que cada tarde cae pero cada mañana se levanta con más resplandor. Igualmente se pude decir nacer cuando algo surge o tiene un comienzo, empezando algo en relación a otra cosa (la ciudad nació junto a la montaña). Referido a las fuentes o manantiales y los ríos, nacer se dice del manar o brotar (ejemplo: el río Guadalquivir nace en la Sierra de Cazorla).
   Como puede verse, el verbo nacer está muy relacionado, entre otros, con el verbo salir y con tipos de expresión muy variados. Por ejemplo, se dice nacer alguien con una estrella o tener una estrella (=ser afortunado/a y atraerse naturalmente la aceptación de la gente); nacer de pie es tener buena suerte; etc.
   Salir ileso o sin daño, librándose de algo con total peligro de muerte suele acompañarse de la expresión “volver a nacer”.
   También se utiliza el verbo nacer en expresiones que indican una propensión, inclinación, tendencia, etc., como es el caso de la expresión “nacido para la música” o “nacido para el deporte”
   El amor que una madre tiene por su bebé (su niño o su niña) es incondicional, dura para siempre y comienza antes de nacer.
   Al nacer salimos y al salir nacemos. Hay muchas expresiones y realidades al respecto, expresiones con significado iniciático, indicativas del salir como nacer o renacer, todo ello indicativo de empezar una vida nueva. Así, sale uno como nuevo del agua (y renacido en el bautismo), salir de un apuro, de una enfermedad, de la niñez, de un vicio, del tabaco, de la droga, de la cárcel, de la crisis, del “armario”, de viaje (paseo, camino, peregrinación…), de la oscuridad… Hay dos grandes días en la vida de una persona: el día en que nace y el día en que descubre para qué.
   Hay un libro de Pablo Neruda titulado Para nacer he nacido.
   Y es muy buen libro el del mercedario Alejandro Fernández Barrajón, titulado Nacer de nuevo. Con el emparejado y doble verbo “nacer” y “salir”, situándonos en espiritualidad bíblica tenemos expresiones como éstas, entre muchas:
   “Así dice el Señor: ‘Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago’. Oráculo del Señor” (Ez 37, 12b-14).
   Buen ejemplo es el de la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-44): “Dicho esto, gritó [Jesús ante la tumba] con fuerte voz: ‘¡Lázaro, sal afuera!’. El muerto salió, atado de pies y manos con vendas, y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dijo: ‘Desatadlo y dejadle andar’” (vv. 43-44).
   “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 78-79).
   “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 11). “Ya que era llegado el tiempo en que de nacer había, así como desposado de su tálamo salía, abrazado con su esposa, que en sus brazos la traía, al cual la graciosa Madre en su pesebre ponía” (San Juan de la Cruz).
   “Estos no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 13).
   Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él”. Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios”.
   Nicodemo le preguntó: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?”. Jesús respondió:
   “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”.
   Preguntó Nicodemo: “¿Cómo puede ser eso?”.
   Jesús le respondió: “Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3, 1-21).
   San Pablo, en Rom 6, 3-9, un texto eminentemente bautismal, dice: “Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya que muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él”.
   Y en 1 Pe 1, 3, leemos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos”.
   “Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 7-8).
   “Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a aquel que da el ser amará también al que ha nacido de él” (1 Jn 5, 1).
   Sacramentalmente hablando, salir de las aguas bautismales es salir de la muerte y nacer de nuevo, nacer a la vida eterna. Y hay que estar de continuo naciendo de nuevo, mostrándose fiel en el seguimiento de Cristo.
   Además de todo esto, he recopilado algunas frases, de acá y de allá:
   “Excelente maestro es aquel que, enseñando poco, hace nacer en el alumno un deseo grande de aprender” (Arturo Graf).
   “Viajar es nacer y morir a cada paso” (Víctor Hugo).
   “El objetivo de la vida es nacer plenamente, pero la tragedia consiste en que la mayor parte de nosotros muere sin haber nacido verdaderamente. Vivir es nacer a cada instante” (Erich Fromm).
   “Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir” (Federico García Lorca).
   “Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres” (Rabindranath Tagore).
   “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer” (Bertold Brecht).
   “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos” (Antonio Gramsci).
   “Lloramos al nacer porque venimos a este inmenso mundo de dementes” (William Shakespeare).
   “Jesusito de mi vida… ¡Dile a mi mamá que quiero nacer! ¡A mí no me oye! Y ¡yo la quiero tanto! Es fácil apoyar el aborto, cuando no eres tú al que van a matar” (25 de marzo, día del niño por nacer).
   Si volviera a nacer…

 
   Termino el tratamiento que le di al verbo NACER, con el poema que sigue, habiéndolo “pillado” de los franciscanos, sonando entre ellos fray Ángel Martín. Con permiso, helo aquí:
NICODEMO
-¿Cómo es posible nacer
cuando ya he nacido yo?
¿Cómo es posible nacer
de nuevo? -le preguntó
extrañado Nicodemo,
aquella noche, al Señor.
 
Azulaban las estrellas
las manos del Creador.
– Has de renacer del agua,
nuevo otra vez. ¿No nació
del Mar Rojo un pueblo entero?
 
– ¿De qué agua he de nacer yo?
– Del agua nace la vida.
Del agua pura de Dios.
Agua que se evaporaba,
agua que se evaporó,
llueve y renace de nuevo,
como en el árbol la flor,
en el ojo de una fuente,
borbollando, a pleno sol.
En odres nuevos, el vino
nuevo de la salvación
sellará definitiva
una alianza mejor,
y en ti nacerá de nuevo
la gracia misma de Dios,
como el agua del desierto
que de una roca saltó,
como nace una paloma
de un diluvio arrollador.
 
Nicodemo no entendía.
Nicodemo no entendió
Agua que se evaporaba,
agua que se evaporó.

PACER

   Se trata de un verbo pecuario o propio de la ganadería, significando la acción del ganado o del rebaño comiendo o alimentándose (y abrevando) en los campos, prados, montes, dehesas… Y en cuanto al hombre (los pastores) es un verbo que se corresponde con el de apacentar, llevar a pacer a sus animales, ganados, rebaños.
   Aquí nosotros –o yo proponiéndolo– nos vamos a detener (resumida o brevemente) en una parte escogida del primer poema del libro bíblico Cantar de los Cantares (1, 5-8), donde precisamente aparece el verbo pacer.

La novia

Soy morena, pero hermosa,
muchachas de Jerusalén,
como las tiendas de Quedar,
como las lonas de Salmá.
No miréis que estoy morena;
es que me ha quemado el sol.
Mis hermanas se enfadaron conmigo,
me pusieron a guardar las viñas,
¡y mi viña no supe guardar!
Indícame, amor de mi alma,
dónde apacientas el rebaño,
dónde sestea a mediodía,
para que no ande así perdida
tras los rebaños de tus compañeros.
 

El coro

Si tú no lo sabes,
¡hermosa entre las mujeres!,
sigue las huellas del rebaño,
lleva a pacer tus cabritos
junto al jacal de los pastores.
   Dirigiéndose al novio o amado, la novia o amada le pregunta dónde apacienta el ganado a mediodía y dónde sestea, pues se teme que, al andar buscándole, pueda extraviarse e ir a parar a los lugares en los que sestean los compañeros o amigos del amado. Así pues, el amado es pastor, aun cuando se describe también como rey, muy hermoso y apuesto, y rige con prudencia y sabiduría.
   El amado es pastor y reina, reinando también la amada con él en su momento: “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir” (Sal 44, 10).
   Ahora solicita la novia encarecidamente que el amado le indique el lugar de su retiro y descanso cuando pastorea, pues ella sufre con impaciencia de amor, ansía escucharle a mediodía, porque ese es el momento de más luz, cuando el sol brilla más puro y perfecto, más enérgico y ardiente. Se juntarán mientras las ovejas re refrescan y reposan. No olvidemos que esa es la hora del Calvario, tal como los evangelistas la describirán.
   La novia desea con ahínco saber el camino que ha de seguir para llegarse el amado, temiendo perderse, desorientarse por vericuetos de una andanza que la extravíe, llegando a donde no quiere ni apetece. Ella quiere verse a solas con el amado, no perderse entre un grupo y mucho menos entre una multitud.
   ¿Cómo será –se pregunta– el lugar donde el amado apacienta sus ovejas? ¿Dónde –le pregunta a él– apacientas el rebaño, sesteando a mediodía? Ella desea escucharlo del pastor amado. Y cuando lo sepa con total certeza dirá: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22, 1). Ella sabía que los otros pastores, teniendo desidia o siendo torpes y poco delicados, podían llevar a pacer a sus rebaños a lugares inhóspitos, demasiado áridos. Por eso, consciente de que su amado es el mejor de los pastores, decía realmente cantando: “En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas” (sigue así el Salmo 22). Donde apacienta el amado se reparan las fuerzas, se recuperan los ánimos, se superan los temores: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan”. Y es que “tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida…”. Sigue luego el manjar de la mesa preparada, representativa de la sabiduría alcanzada. No es la filosofía o la mentalidad de este mundo, ni la vana intelectualidad, ni la ciencia de los eruditos en su soberbia, que ofusca y no aporta nada bueno, sin razonar con la fe o no creyendo razonando…, con el esfuerzo y la alabanza de dar gloria a Dios.
   Aportemos o detengámonos ahora en estos versos del santo poeta y místico Juan de la Cruz:
ENTREME DONDE NO SUPE
Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
1.- Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
2.- De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.
3.- Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo.
toda ciencia trascendiendo.
4.- El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y Su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
5.- Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
6.- Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.
7.- Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.
8.- Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

UFANAR – UFANARSE

   Parece ser que este vocablo o verbo ya es viejo, de procedencia europea, visigoda más que latina, de origen bárbaro, proveniente de “ufanía”, con significado de jactancia, arrogancia, presunción, engreimiento…, pero también con significado de alborotada satisfacción, de alegría orgullosamente desbordante, de ostentación y lujo. Tiene que ver con todo lo que es frondoso, fecundo, lozano, lujurioso…, cuantioso (jactarse de ser guapo o guapa, joven, saludable, fuerte, rico o rica, de tener títulos, dinero, mansiones, coches, contar con personal al servicio propio…).
   Ufanarse es jactarse, vivir una vida de excesos, de falta de escrúpulos, de frivolidad, de falsedad que incluso puedes tener en la espiritualidad, en la liturgia, en tu vida familiar… Ufanarse puede relacionarse con un vivir por encima de tus capacidades o de tus posibilidades…
   En el refranero está el decir “dime de lo que presumes, de lo que te ufanas, y te diré de lo que careces”, equivalente a “te diré de lo que tienes envidia”. En efecto, es una tendencia humana la de intentar mostrar que tienes lo que no tienes. Si lo tienes, no tratas de mostrarlo, pues no hay razón para eso. Si no lo tienes, tratas de mostrarlo, como si lo tuvieras, ¿no es así? Pero si no lo tienes, ¿a qué viene que trates de mostrar, con falso orgullo, que lo tienes? ¿A qué vienen esas ganas que tienes de impresionar? ¿Por qué no te planteas ser humilde y sencillo/a? Mejor que jactarse es ponerse a rezar como es debido.
   Se ve muy bien en la parábola del fariseo y el publicano que enseñó Jesús (Lc 18, 9-14): “Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios ten compasión de mí que soy un pecador. Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado”.
   La oración del fariseo es rechazada porque sus jactanciosos pensamientos son fruto del orgullo espiritual. Hace cosas difíciles y loables en sí mismas, pero con intención torcida. El fariseo se vanagloria de sus limosnas, de sus ayunos y se compara con el publicano, al que considera inferior, juzgándole. Busca el secreto orgullo de saberse perfecto. No le mueve el amor de Dios, y no es consciente de que, sin la ayuda del Señor, no puede nada. El orgullo ha tomado una apariencia espiritual que esconde un pecado de soberbia, difícil de curar, porque dicha soberbia está llena de buenas obras no redundantes para la gloria divina. Usa a Dios para la propia gloria.
   El publicano, en cambio, dice la verdad de su propia indignidad, por eso pide perdón. No se compara con nadie, se sitúa en su sitio y Dios le mira con compasión. Le justifica. La suya es una oración humilde, y, por eso, es escuchada y arranca bendiciones del cielo.
   Jesús quiere que los suyos –los cristianos de verdad– juzguen con rectitud y no se queden en las meras apariencias, sino que dejen el juicio íntimo para Dios, y ellos oren con humildad, incluso cuando las obras buenas les pudieran llevar a un cierto engreimiento y vanidad. ¡No caigan –no caigamos– en esto, Dios nos libre!

   VACIAR –VACIARSE:

   He encontrado para este verbo un par de textos, de Ignacio Larrañaga (El arte de ser feliz) el primero (relacionando serenidad y sabiduría) y de Paco Chiva (espiritualidad.lasalle.es, sobre el silencio) el segundo. Los transcribo a continuación:
   Quien se ha vaciado de sí mismo es un sabio. Si lográramos vaciarnos del sí mismos, volveríamos a la infancia de la humanidad. El hombre sabio se mueve en el mundo de las cosas y los acontecimientos, pero su morada está en el reino de la serenidad. Desarrolla actividades externas pero su intimidad está instalada en aquel fondo inmutable que, sin posibilidad de cambio, da origen a toda su actividad.
   Para el vacío de sí mismo no existe el ridículo, el temor nunca llama a sus puertas, tampoco la tristeza, no hay sobresaltos para el desposeído y le tiene sin cuidado lo que los demás piensen o digan sobre su persona. Nada en el mundo consigue remecer su serenidad. Así como el huracán no hace mella en el acantilado, así los disgustos dejan inmutable al hombre que renunció a la ilusión del yo.
   La presencia de sí mismo es perturbada normalmente por los delirios del yo, pero, una vez eliminados, el yo adquiere el control de sí y la presencia de ánimo en todo.
   Y por este desprenderse de sí y de sus cosas, el pobre y el desposeído, una vez libre de las ataduras, apropiaciones del yo, se lanza sin impedimento en el seno profundo de la libertad. Como consecuencia consigue vivir libre de todo temor y adquiere la estabilidad de quien está más allá de todo cambio. Y así, el pobre y el desposeído, al sentirse desligado de sí mismo, va entrando suavemente en las aguas tibias de la serenidad, humildad, benignidad, mansedumbre, comprensión, paz…
   Sin poder ni propiedades, el desposeído hace el camino mirando todo con ternura, tratando todo con respeto y veneración. Su vestidura es la paciencia y sus entrañas están tejidas de mansedumbre. Nada tiene que defender porque está desprendido de todo.
   Los desposeídos son sabios porque ellos son los únicos que miran el mundo con ojos limpios. Sólo una persona vacía puede contemplar el mundo en su esencial originalidad. Mientras no seas pobre, vacío, puro… no verás las cosas como son, las mirarás con deseo de apropiación o rechazo y, de todas maneras siempre deformadas.
    No des satisfacciones a la ilusión del yo: si hablan mal de ti no te defiendas, si no te salen bien las cosas no te justifiques, no des entrada a la autocompasión, no busques elogios, rehúye los aplausos…Y así, si le vas retirando el aceite, la lámpara se apagará y habrás ganado la batalla de la libertad.
    No malgastes energías, avanza hacia la seguridad interior y a la ausencia de temor, camina sin cesar desde la servidumbre hacia la libertad, y libertad significa dar curso libre a todos los impulsos creadores y benévolos que yacen en el fondo de tu corazón.
   Amar: el silencio deja sitio al amor. Las personas tendemos a llenar nuestra vida… de lo que sea. Delante de las personas nos convertimos en el centro… avasallamos al otro, marcamos territorio, desplegamos nuestras seguridades. Y el silencio permite autolimitarnos, rebajarnos a servir, a “lavar los pies”. Vaciarse de sí, para dejar sitio al otro. Dejar de ser el primero para ser el último. Esto mismo hace nuestro Dios: abajarse a la condición de esclavo… para que todo ser humano pueda hacerse divino.
   El silencio desmonta nuestra mente racionalizadora, y nos ciñe una toalla para servir. El silencio es la locura del amor de Dios, que se deja matar en la cruz.

ZANGANEAR

   Zanganea quien anda en la vagancia, vagando de acá para allá sin trabajar y sin esforzarse en nada serio, sin ayudar ni cooperar, pues el que (o la que) zanganea va lo que se dice a su bola.
   Para reflexionar, desde San Pablo, puede considerarse 2 Tes 3, 10-13: “El que no trabaja, que no coma…”.
   En efecto, es preocupante que podamos andar muy ocupados en no hacer nada o en asuntos frívolos en los que no deberíamos ocuparnos.

BAJAR

   Según el Diccionario de la RAE, el verbo bajar es indicativo de ir o moverse hacia abajo, significando descender (el río baja o desciende entre las rocas o desde la altura, uno baja desplazándose al sótano o al piso de abajo). Se usa también este verbo para indicar que uno desciende de un animal o de una cosa (bajar del caballo, de la burra, del taburete…), igual que se dice también para salir de un vehículo (bajar del carro, del coche, del avión…). Cuando algo indica que disminuye también se dice bajar, incluyendo los precios (baja la temperatura, bajó la hinchazón, bajará el pan, la luz, la fiebre, etc.). Perder o no ganar en una competición también puede suponer bajar (por ejemplo un equipo en la clasificación o una empresa en sus ganancias, bajar los intereses, etc.). En el hablar, cantar o tocar instrumentos musicales también se usa bajar la voz, bajar el tono… Otro significado es el de pasar un apuro, perder dignidad, como cuando se dice inclinarse o bajar la cabeza avergonzado). Y lo mismo significa también descargar, transferir.
   Como verbo de espiritualidad, bajar es descender del pedestal de la soberbia y situarse en la humildad, adoptar la actitud modesta y servicial o generosa de la caridad. En vez de para bajar al infierno hemos sido creados y redimidos para subir al cielo. En este sentido, destacamos ahora algo de la Regla monástica benedictina o relativo a ella tratando de la humildad, con su peculiaridad teológica y para la vida en comunidad aunque no sea estrictamente monástica:
El que se ensalza será humillado
   La Sagrada Escritura, hermanos, nos advierte con voz muy fuerte diciendo: Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Al decir esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia. El profeta indica que la evitaba al decir: Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros, no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Y, ¿qué pasará si no fui humilde, si se ensoberbeció mi alma? Tratarás a mi alma como al recién destetado en brazos de su madre.
Una escala que se sube bajando
   Por tanto, hermanos, si queremos llegar a la cumbre de la humildad y llegar pronto a aquella exaltación celestial a la que se asciende por la humildad de la vida presente mediante los peldaños de nuestras obras, tendremos que levantar aquella escala que Jacob vio en sueños y en la que se veían ángeles bajando y subiendo. Sin duda alguna, en el bajar y subir no entendemos otra cosa sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube. Pues esa escala levantada es nuestra vida temporal que Dios eleva hasta el cielo por nuestra humildad de corazón. Los largueros de esa escala son nuestro cuerpo y nuestra alma. La vocación divina ha dispuesto en ellos diversos peldaños de humildad o de observancia que se deben subir. 
1º El temor de Dios
   Así, pues, el primer grado de humildad consiste en tener siempre presente el temor de Dios sin dejarlo en el olvido. Recuerde siempre los mandatos divinos; y considere una y otra vez cómo, por sus pecados se abrasan en el infierno los que despreciaron a Dios; en tanto que hay una vida eterna preparada para los que le temen. Guardándose de todo pecado o vicio sea de pensamiento, de palabra, con las manos o los pies, con la propia voluntad o de deseo carnal, tenga siempre presente que Dios desde el cielo le está mirando a todas horas, que su obrar en cualquier lugar se halla ante la mirada de Dios y que los ángeles en todo instante le informan.
   Esto nos inculca el profeta cuando, para hacernos ver que Dios conoce todos nuestros pensamientos, dice: Tú que sondeas el corazón y las entrañas, tú el Dios justo. Y también: Sabe el Señor que los pensamientos del hombre son insustanciales. Y de nuevo: De lejos conoces mis pensamientos. Y El pensamiento del hombre se te dará a conocer. Y para estar siempre en guardia contra sus malos pensamientos el hermano virtuoso diga siempre en su interior: Sólo seré puro en su presencia si me mantengo libre del mal
No hagas tu propia voluntad
   La Escritura nos prohíbe hacer la propia voluntad al decirnos: Refrena tus deseos. Y en la oración también le pedimos a Dios que en nosotros se haga su voluntad. Con razón se nos enseña a no hacer nuestra voluntad al precavernos con la misma Escritura: Hay caminos que parecen rectos a los ojos de los hombres y terminan en lo profundo del infierno. Y también por temor a lo que se dice de los incautos: Se han corrompido cometiendo execraciones
Dios te vigila
   En cuanto a los deseos de la carne creamos que Dios siempre está presente, como dice el profeta al Señor: Todas mis ansias están en tu presencia.
   Debemos, pues, guardarnos de todo mal deseo, porque la muerte está apostada junto al umbral del placer. Ya la Escritura nos enseña: No sigas tu concupiscencia. Por tanto, si los ojos del Señor vigilan a buenos y malos, si el Señor observa desde el cielo a los hijos de Adán para ver si hay alguno sensato que busque a Dios y, si los ángeles, que nos han sido asignados, dan cuenta al Señor día y noche de nuestras obras, debemos vigilar, hermanos, siempre, como dice el profeta en el salmo, no sea que Dios en cualquier momento vea cómo todos nos extraviamos igualmente obstinados y, perdonándonos en esta vida porque es compasivo y espera que cambiemos a mejor, nos diga en la futura: Esto hicisteis y callé
2º No vine a hacer mi voluntad
   El segundo grado de humildad consiste en no amar la propia voluntad, ni satisfacer sus deseos, para imitar realmente el ejemplo del Señor: No vine a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. También dice la Escritura: La voluntad conlleva su castigo y la imposición tiene su mérito
3º Obediente hasta la muerte
   El tercer grado de humildad consiste en que por amor a Dios el monje se someta al superior con total obediencia, imitando al Señor, de quien dice el apóstol: Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
4º Armarse de paciencia
   El cuarto grado de humildad consiste en armarse interiormente de paciencia cuando, al obedecer, se le presenten situaciones difíciles e ingratas, o incluso hirientes. Soportándolas, no se canse ni desista, pues dice la Escritura: El que persevere hasta el final se salvará. Y también: Ten ánimo, confía en el Señor. Y, para hacernos ver que el que quiere ser fiel aun en las adversidades debe soportarlo todo por el Señor, dice en nombre de los que sufren: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Y, seguros en la esperanza de la recompensa divina, prosiguen diciendo gozosos: Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquél que nos ha amado. Y también dice la Escritura en otro lugar: Oh Dios, nos pusiste a prueba, nos refinaste como refinan la plata, nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas un fardo. Para dejar claro que debemos vivir bajo un superior sigue diciendo: Sobre nuestro cuello cabalgaban. Cumpliendo con serenidad el mandato del Señor en medio de las adversidades y desaires, si les golpean en una mejilla presentan la otraa quien les quita la túnica le dan el mantoobligados a andar una milla van dos, con el apóstol Pablo soportan a los malos hermanos y bendicen a quienes les maldicen
5º Confiese humildemente
   El quinto grado de humildad consiste en no ocultar al abad en humilde confesión todos los malos pensamientos ni el mal hecho a escondidas. La Escritura nos anima a hacerlo diciendo: Encomienda tu camino al Señor, confía en él. Y también: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Y el profeta insiste: Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito. Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado
6º Conténtese con lo peor
   El sexto grado de humildad consiste en contentarse con lo despreciable y lo último, en considerarse mal obrero e indigno de cuanto se le encomienda diciendo con el profeta: Yo era un necio y un ignorante, yo era un animal ante ti. Pero yo siempre estaré contigo
7º Considérese el último
   El séptimo grado de humildad consiste en creerse el último y peor de todos, no sólo de palabra sino en lo más profundo de su corazón, humillándose y diciendo con el profeta: Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del puebloMe he ensalzado y he sido humillado y confundido. Y también: Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos
8º No obre por su cuenta
   El octavo grado de humildad consiste en que el monje no haga más que lo que le proponen la regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores. 
9º No hable
   El noveno grado de humildad consiste en que el monje no deje hablar a la lengua y, guardando silencio, no hable hasta que se le pregunte. Pues la Escritura enseña que hablando mucho no se evita el pecado, y que el deslenguado no se afirma en la tierra
10º No se ría fácilmente
   El décimo grado de humildad consiste en no ser de risa fácil y pronta, pues está escrito que El necio ríe a carcajadas
11º Hable con sencillez
   El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, al hablar, lo haga suavemente y sin risas, con humildad, seriedad y pocas palabras. No hable a voces, como está escrito: Al sabio se le conoce por sus pocas palabras
12º Humilde en su porte externo
   El duodécimo grado de humildad consiste en que el monje no sólo sea humilde en su interior sino que también lo manifieste en su porte externo a los que le ven. Es decir, que en el oficio divino, en el oratorio, en el monasterio, en la huerta, de viaje, en el campo, en cualquier parte, sentado, caminando, o de pie, tenga siempre inclinada la cabeza y los ojos fijos en el suelo. Considerándose en todo momento culpable de sus pecados, se imaginará ya ante el temible tribunal de Dios, diciendo siempre en su interior lo que, con los ojos clavados en tierra, decía aquel recaudador del evangelio: Señor, yo no soy digno, tan pecador, de alzar mis ojos al cielo. Y diga también con el profeta: Estoy agotado, desecho del todo
Llegará al perfecto amor de Dios
   Subidos, pues, todos estos grados de humildad, el monje llegará en seguida a aquel amor de Dios que, por perfecto, echa fuera todo temor. Gracias a él, lo que antes cumplía no sin temor, comenzará a observarlo sin esfuerzo, como espontáneamente y por costumbre. No tanto por temor al infierno, cuanto por amor a Cristo, por la misma bue-na costumbre y por el gusto de las virtudes. El Señor, por el Espíritu Santo, manifestará todo esto a su obrero ya limpio de vicios y pecados.

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   QUEBRAR/SE: ¿Qué supone o significa este verbo? Resulta ser un verbo muy anímico (o de desánimo), de la psicología, y muy literario, un verbo que aparece bastante en las composiciones poéticas, usándose también en traumatología. Viene a tener como sinónimo el verbo romper. Significa separar o partir algo con violencia. También significa traspasar, cargarse las leyes, violar una norma u obligación, como saltársela según el propio antojo o un desordenado deseo. Puede suponer doblar o torcer en extremo, oprimir en demasía. Quebrar la vida es también interrumpirla, matar. Quebrar o romper es disminuir, entibiar, extinguir, dicho por ejemplo de una amistad o una relación. En terminología económica, quebrar es arruinar o arruinarse. En terminología de salud supone herniarse, padecer o sufrir una hernia. Y una quebrada puede ser también una montaña o cordillera que se interrumpe en la que podría ser su continuidad. Por eso, quebrar es plegarse, rendirse, ceder a la debilidad o flaqueza, porque todo se quiebra o rompe por lo más delgado, por lo más débil, por lo que más flaquea. Se quiebran los ánimos, se quiebran las leyes, se quiebran y fracturan las familias, los pueblos, las naciones… Se quiebra o rompe la unidad. La persona puede quebrarse emocionalmente, sentir la quiebra de los sentimientos, de la confianza, de la amistad, tener bloqueos de ánimo, etc.
   Considerando la Palabra de Dios tenemos: Evangelio según San Mateo, con sus paralelos y correspondencias. Véase Mt 12, 14-21: “Los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí, y muchos le siguieron. Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’”.
   He aquí el texto de Isaías (42, 1-7):
Éste es mi siervo a quien sostengo, 
mi elegido en quien me complazco. 
He puesto sobre él mi espíritu, 
para que traiga el derecho a las naciones.
No gritará, no alzará la voz, 
no voceará por las calles;
no romperá la caña cascada
ni apagará la mecha que se extingue.
Proclamará fielmente la salvación 
y no desfallecerá ni desmayará 
hasta implantarla en la tierra.
Los pueblos lejanos
anhelan su enseñanza.
Así dice el Señor Dios,
que creó y desplegó el cielo,
que asentó la tierra y su vegetación, 
que concede aliento a sus habitantes 
y vida a los que se mueven en ella:
Yo, el Señor, te llamé
según mi plan salvador;
te tomé de la mano, te formé 
e hice de ti alianza del pueblo
y luz de las naciones,
para abrir los ojos de los ciegos,
sacar de la cárcel a los cautivos
y del calabozo a los que habitan las tinieblas.
   Consideremos cómo la forma de actuar del humilde siervo no es mundana: “no gritará, no clamará…”; no hace propaganda electoral, no busca ganancias o compensaciones.  Muchas veces su premio será el sufrimiento, pero no importa, ya que no vacilará ni se quebrará. Siempre confiado, transmitirá lo bueno incluso a aquéllos que están a punto de quebrarse o de extinguirse: “la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”.
   Nuestro mundo está plagado de “voceros” que pregonan a los cuatro vientos sus puntos de vista, ya sean políticos o religiosos. Luchan, sin desmayo, para apoderarse de los medios de comunicación y así poder ganarse a un mayor número de adeptos, discípulos, electores… Son dueños de púlpitos y tribunas desde las que hablan y pontifican “ex cathedra”. No admiten vacilación alguna de opción en los demás; gritan, vocean, insultan y hasta anatematizan. ¿En qué se parecen éstos al siervo humillado, aunque confiado, de texto sagrado? 
   También existen quienes hablan de liberación, de redención… pero se mojan muy poco en la charca de la vida. Hay pastores con poco olor a ovejas. Pasan muchas horas discutiendo, planificando concienzudamente, sobre la ortodoxia o heterodoxia de una determinada doctrina o de una praxis, pero ahí se acabó todo. ¿Cuántos ojos ciegos sanan? ¿A cuántos liberan de los lazos de la esclavitud o de las densas tinieblas? En nada se parecen a nuestro siervo, el de la salvación que trae la Palabra de Dios de verdad, la que beneficia y recompone a los rotos, a los descartados, a los excluidos, a los arrinconados.
   Aunque el Siervo de Yahvé es también una caña cascada, no se quebrará ni vacilarán sus rodillas hasta implantar la justicia, hasta afianzar la salvación, siendo fortaleza de todos los oprimidos.
   Ha de hacerse valer la misericordia, la ternura acompañando la firmeza. Nada se adelanta con endurecer o endurecerse. Más vale la compasión y la suavidad del perdón siempre ofrecido, como para todos es siempre recibido. Así es el proceder de Dios y así ha de ser en el hombre o la mujer de fe.

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¿VACILAR? ¿TAMBALEARSE? ¿DUDAR? ¿FLUCTUAR?

 
   VACILAR: Expresa este verbo intransitivo la falta de estabilidad o equilibrio, con peligro de caer y rodar por los suelos. Es un verbo indicativo de estar indecisos y titubeantes, del que no sabe a qué atenerse o qué rumbo tomar. Vacilar viene a ser sinónimo de dudar, de ser un indeciso preocupante, de ser lo que se dice “un veleta”. Vacilar es tambalearse, fluctuar, titubear, balancearse. Y también resulta que vacilar es bromear con alguien o burlarse de algo o de alguien.
   Pero valiéndonos de este verbo o partiendo del mismo, nosotros nos proponemos a continuación hacer cristiana oración, empezando por rezar o recitar el Salmo 61 (cf. Salmo 15: “Con él a mi derecha no vacilaré”):
Sólo en Dios descansa mi alma, 
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación, 
mi alcázar: no vacilaré.
¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre 
todos juntos, para derribarlo
como a una pared que cede
o a una tapia ruinosa?
Sólo piensan en derribarme de mi altura 
y se complacen en la mentira:
con la boca bendicen,
con el corazón maldicen.
Descansa sólo en Dios, alma mía, 
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación, 
mi alcázar: no vacilaré.
De Dios viene mi salvación y mi gloria, 
él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.
Pueblo suyo, confiad en él, 
desahogad ante él vuestro corazón, 
que Dios es nuestro refugio.
Los hombres no son más que un soplo, 
los nobles son apariencia:
todos juntos en la balanza
subirían más leves que un soplo.
No confiéis en la opresión,
no pongáis ilusiones en el robo;
y aunque crezcan vuestras riquezas, 
no les deis el corazón.
Dios ha dicho una cosa,
y dos cosas que he escuchado: 
Que Dios tiene el poder 
y el Señor tiene la gracia; 
que tú pagas a cada uno 
según sus obras.
   Subrayemos la solidez de la fe al entregarnos a la oración. Adentrémonos en la paz del corazón, la paz que sólo en Dios podemos reconocer y gustar, la paz que el mundo no puede dar ni garantizar. Pero este adentrarnos en la oración no nos evade del mundo, no nos desentiende de la realidad. El orante encuentra en Dios su consistencia, su protección, una seguridad inquebrantable, una estabilidad en medio de los contratiempos y de las adversidades.
   La experiencia del salmista nos comunica el haber llegado a su calma, como a sereno buen puerto, tras haber tenido una travesía adversa, tras haber tenido vivencias tempestuosas de enemistades, de falsedades, de maldades, de desengaños, de intrigas, de mentiras…
   El Salmo canta, invita, despierta… a la confianza que, sin vacilar, ponemos en Dios. Una sentencia de carácter sapiencial y litúrgico para la vida cierra conclusivamente este Salmo y su enseñanza: el Señor es al mismo tiempo omnipotente y misericordioso, pero no arbitrario, y evaluará a cada uno según las decisiones concretas que haya tomado en el tiempo.
   Hemos de saber orar en el Espíritu, haciendo nuestra toda la experiencia humana que reflejan los textos cantados, poniéndolo todo y poniéndonos todos en la presencia de Dios. Jesús quiso hacer suya la experiencia, siempre hiriente, de que los hombres no son más que un soplo. Es lo que somos en nuestras inconsistencias y mentiras, tal vez no siempre por maldad, pero sí seguramente por vacilación, fragilidad y miedo.
   En consecuencia, podemos orar con Jesús este Salmo que refleja vivencias humanas tan penosas como comunes y frecuentes. De Jesús podemos aprender el abandono confiado en las manos del Padre, estableciéndonos también nosotros en su fuerza, en su consistencia, sobre la roca de la voluntad de Dios.
   Quien está en la paz, la irradia, habiendo aprendido de las durezas de la vida a no ser duro con los demás, dando testimonio de generosidad y de confianza. El “sólo en Dios” del salmista nos trae a las palabras de Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante… Sólo Dios basta”.
   Pronto o tarde, a todos les llega el momento de encontrar el vacío a su alrededor precisamente en la hora de la necesidad, de ver resquebrajadas sus propias seguridades por hostilidades, defecciones, calumnias e intrigas impalpables como telarañas, tal vez difamatorias. Ante semejantes vivencias reaccionamos frecuentemente con la amargura, el miedo o un cierre cínico y amargado en nosotros mismos.
   Tenemos realmente necesidad de curación, de sanación, porque volver a poner nuestra propia seguridad en lo que es inconsistente o desaparece –incluidas las relaciones humanas– es una enfermedad del espíritu, una maldición: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre!” (Jr 17, 5). Sin embargo, no es menos grave caer en una desconfianza generalizada. En la hora de la prueba es preciso poner en juego la llave, tal vez pequeña, de la confianza filial en Dios, la llave que abre y dispone nuestro corazón, la llave que nos hace entrar por la misma puerta de Jesús, por donde han entrado y recorrido siempre los Santos, los que ponen su confianza en el Señor: “Sólo en Dios descansa mi alma”. “Bendito quien pone en Él su confianza” (Jer 17, 7).
   Entonces no podré vacilar, aunque siga arreciando la maldad, creciendo la mentira, incrementándose el odio. Ya no podré vacilar.
   Sí, los hombres son todos inconsistentes, frágiles y falaces: si los pudieras pesar todos juntos en la balanza, verías que no valen nada. No confiéis, por tanto, en los recursos humanos a fin de procuraros dinero y honores, recursos o eficacias, beneficios contra fracasos. Y si sois ricos, no os apeguéis a lo que perece y acabará esfumándose. Lo que os digo lo he aprendido de Dios, dice el salmista: Él es el verdadero Poderoso, y la suya es una omnipotencia de amor. Ahora bien, no se puede jugar con Dios: cada uno recogerá lo que haya sembrado o según su obrar.
   Si lo consideras necesario en tu contemplación, repite cuanto haga falta este versículo: “Sólo en Dios descansa mi alma”.
   A quien lee la Escritura de un modo académico o desde un punto de vista estético, literario o puramente devocional, la Biblia le ofrece verdaderamente un alivio agradable y buenos pensamientos. Ahora bien, para aprender los secretos íntimos de la Escritura debemos convertirla en nuestro pan verdaderamente cotidiano, encontrar en ella a Dios cuando nos encontramos en la mayor necesidad, y siempre cuando no conseguimos encontrarle en ninguna otra parte y no tenemos donde buscarle. Rezar es la solución.
   En la soledad he descubierto, finalmente, que tú, oh Dios mío, has deseado el amor de mi corazón, el amor de mi corazón tal como es –humano, herido, dolido, roto…–. He descubierto y he conocido, por tu gran misericordia, que te complace mucho y atrae la mirada de tu piedad el amor de un corazón de hombre confiado, contrito y pobre, y que es tu deseo y consuelo, oh mi Señor, estar muy cerca de quien te ama y te invoca como su Padre, y sentirme hijo. Que tú tal vez no tengas mayor “consuelo” (si puedo hablar así) que consolar a tus hijos doloridos y a todos los que acuden a ti pobres y con las manos vacías, sin otra cosa que no sea su humanidad, su limitación, y poniendo una gran confianza en tu misericordia. ¡Descansa, hombre, descansa!

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ZANJAR

   El verbo zanjar puede referirse al hecho de hacer zanjas o abrirlas para construir algún edificio o para otros fines, propiamente desde unas cunetas. En una segunda acepción puede significar resolver de modo definitivo o tajante un asunto que presenta dificultades o inconvenientes, refiriéndose también a concluir o dar por terminada una discusión, poner fin a un planteamiento, una negociación, una conversación, una polémica, etc.
   Zanjar es ser cortante como el antiguo “cuchillo del bacalao”, o como un moderno extintor que acaba de golpe con el fuego de una acalorada discusión o conversación. Todos conocemos expresiones propias o relativas a zanjar algo, para “salir ganando” y no pocas veces humillando, sobre todo si uno es demasiado tajantes «dando cortes»:
   “¡Y deja ya de tergiversar las cosas!”
   “Documéntate primero y luego hablamos”.
   “Lo siento mucho, pero no me consta”.
   “Ya lo dieron las noticias, de modo que no me lo estoy inventando”.
   “Y esto lo sabe hasta un niño pequeño”.
   “Así que ya lo sabes: no hay más ciego que el que no quiere ver ni más sordo que el que no quiere oír”.
   “¿No te parece que estás llevando esta conversación a un terreno poco objetivo y demasiado personal?”
   “Es que duele mucho lo que estás diciendo”.
   “Rebota, rebota y en tu culo explota”.
   “¿Pero que cabe esperar de alguien como tú?”.
   Lo mejor será aprender a no perder la compostura o las buenas maneras cuando se pretenda zanjar algo, manteniendo la calma y la paz sobre todo, sin insultos y cuanto se pueda sin estridencias, sin violenta agresividad, con cuanta mansedumbre sea posible aunque sin remilgos ni cursilerías.

 

 

   ¿Cómo poner fin a una discusión severa de pareja, digamos que sin zanjar nada por la tremenda? Así obtuve respuesta, sacada de Aleteia, navegando por la red del Internet, a 10 de junio de 2019:
   Cuando una pareja discute, cada uno percibe las palabras de forma distinta. En general, el contenido del desacuerdo es irrelevante. Sea cual sea el tema, lo que realmente importa es la manera en que abordamos la disputa. Formular una frase para destacar las ganas de poner fin a la discusión es una buena alternativa para renovar el diálogo.
   El desacuerdo es útil para la pareja, las disputas no tanto. Hay que saber leer entre líneas y escuchar al otro. Terminar una intervención con una pregunta excluye a menudo los reproches y abre una nueva línea que concierne más al proceso que al contenido del conflicto. Descubre 6 frases o expresiones básicas para detener las discusiones, propuestas por Karine Danan, psicoterapeuta y autora de S’aimer sans se disputer, le secret des couples heureux (Amarse sin discutir: el secreto de las parejas felices, editorial Eyrolles).
   “Lamento haberme irritado”. Quiere decir: Reconocer nuestra actitud desmesurada, el no haber sabido escuchar, haber herido al otro… es una buena manera de iniciar la retoma de contacto.
   “Estamos discutiendo y no conversando. ¿Paramos o seguimos?”. Llevados por las emociones acaloradas de una discusión, dejamos de escuchar al otro. Hay que plantear una pregunta para interpelar al cónyuge y permitirle reflexionar. Así, la pareja se preguntará: ¿de verdad es esto lo que quiero?
   “¡Me parece que se va a quemar lo que está en el horno!”. Esto está bien. Desviar la atención permite recuperar la capacidad de escuchar. Se trata de evocar cualquier cosa práctica o banal. Como un niño que quiere un capricho: mencionar cualquier cosa que no tenga nada que ver con el asunto es una forma de zanjar un diálogo que no parezca tener buen fin.
   “¡Pausa!” o “¡Tiempo muerto!”. En un momento de calma, la pareja elige una palabra que, dicha durante una discusión, expresa que uno u otro quieren tomarse una pausa de la disputa. Cuando se va demasiado lejos, es un poco como un reflejo de la infancia: uno u otro puede decir la palabra clave para poner fin o hacer pausa, no al juego (como cuando niños), sino a la discusión.
   “Veo que ahora sólo te estoy recriminando cosas. ¿Paramos o seguimos?”. En una discusión, para aliviar las tensiones es mejor cambiar de sujeto y hablar de “yo” en vez de “tú” y salir de los reproches inútiles. Terminar la frase con una pregunta funciona bien, así se favorece la pausa, el diálogo y la reflexión.
   “Me duele mucho lo que me dices. ¿Paramos o seguimos?”. Según la capacidad que esté teniendo el otro para escuchar con atención, a veces es preferible hacer una pregunta para interpelarle y recuperar su atención. Decir en voz alta que nos sentimos dolidos cuando se dicen palabras hirientes o la discusión ha ido demasiado lejos permite restablecer la empatía.

 

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LAMERSE LAS HERIDAS

   LAMER es un verbo con el que indicamos el hecho o acción de pasar la lengua por una superficie, rozando blandamente o con suavidad, no tanto succionando. Es también un verbo relacionado con diversos gestos de índole variada, o con otros verbos como incitar, adular, aprovecharse, esquilmar, etc. Obviando todo ello y sin que nos adentremos en tanta riqueza de significados, nos detendremos brevemente en la expresión lamerse las heridas, sacando o inspirando lo que sigue, en agosto de 2019, desde el blog La lagartija, de Luis Juli Aydillo.
   Todos hemos oído, incluso visto en la realidad, eso de “lamerse las heridas”. Es una expresión cuyo sentido es el reponerse de una situación negativa. En la naturaleza muchos mamíferos, tras una herida, se lamen las heridas con el fin de sanarlas, y no se sabía exactamente cuál era el motivo, aunque se sospechaba de algún componente de la saliva. Parece ser, en efecto, que hay en la saliva del animal un potente bactericida, el óxido nítrico o de nitrógeno, que contribuye a la sanación.

 

 

   Esto de lamerse las heridas podemos llevarlo a muchos terrenos de la vida, en cuyo transcurrir, con mayor o menor frecuencia, recibimos impactos negativos, de mayor o menor intensidad pero que nos hieren. No olvidemos entonces que, con un comportamiento natural por nuestra parte, hemos de saber “encajar” el golpe y volver siempre recuperados a nuestra actividad cotidiana. En ocasiones sucede que, tanto por la intensidad de un golpe como por la frecuencia del mismo, no paramos de “lamernos las heridas”, y puede que nos pasemos en ello más tiempo del necesario, incluso regodeándonos con victimismo. Hemos de tener cuidado, porque el hecho de “lamernos las heridas” puede hacernos vulnerables a los ojos depredadores de quienes nos contemplan.
   ¿Qué hacer cuando hemos de lamernos las heridas y nos sabemos vulnerables?
   En primer lugar, analizar la situación y discernir cómo podemos superarla, si es una situación negativa o que nos dejó maltrechos, y en qué medida.
   Se sabe y se dice siempre que toda solución de un problema empieza por reconocerlo.
   Todo mal asunto nos enseña, para que no lo repitamos, de modo que en lo posible y adelante lo evitemos. Se aprende más de las caídas, las frustraciones y los fracasos, que de los halagos o falsedades que a veces arrecian sobre nosotros.
   En lo que se pueda y con la ayuda de Dios, se tomen las riendas del futuro, porque el pasado ya no podemos modificarlo.
   Además de orar, recibiendo la fuerza y la gracia de Dios, cultivar los buenos contactos y relaciones con los demás. Valga este consejo: No te encierres en ti mismo ni le des tantas vueltas a las cosas, volviéndote demasiado afectado y negativo. Rodéate bien y acertadamente de las personas que suman o animan en tu vida y apártate o aleja de ti a las personas que restan o son pejigueras.
   Cuenta también con los correspondientes profesionales, con las personas que saben acerca de cuanto te sucede. Puede que necesites un asesor, un médico, un psicólogo, un psiquiatra, o tal vez un buen confesor o persona que te ayuda espiritualmente, que también esto se necesita en la vida, teniendo en cuenta que también en la vida eclesial hay sus desajustes y situaciones que aprendemos a “encajar” y “superar”.
   No olvides que todo proceso de sanación de las heridas te sitúa en situación de vulnerabilidad y postración. Valgan entonces para ti las palabras evangélicas que te dicen: “levántate y anda, camina y actúa”. ¡Ánimo!

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¿MALGASTAR LA VIDA?

  Se significa con este verbo transitivo -malgastar- el hecho de gastar o emplear malamente el dinero, el tiempo, el trabajo o la ocupación, etc., tonteando o de manera inadecuada, sin provecho. Son verbos sinónimos: disipar, despilfarrar, desaprovechar, desperdiciar el tiempo, los alimentos malograr, la paciencia, la cosecha, las ganancias obtenidas, la alegría, etc.
   De entre las enseñanzas evangélicas al respecto entresaqué la de Mt 16, 25: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien su vida por mí, la encontrará”. Un buen comentario ilustrado al respecto vine a obtenerlo del jesuita (Hemann Rodríguez) y es el siguiente:
   Hace algunos meses me llegó un mensaje por Internet contando que el 14 de octubre de 1998, en un vuelo trasatlántico de la British Airways, tuvo lugar el siguiente suceso: A una dama la sentaron en el avión al lado de un hombre de raza negra.
   La mujer pidió a la azafata que la cambiara de sitio, porque no podía viajar al lado de una persona de aspecto tan desagradable. La azafata argumentó que el vuelo estaba muy lleno y del todo completo, pero que iría a revisar en primera clase a ver si casualmente hubiera allí algún asiento libre.
   Todos los demás pasajeros observaron la escena con disgusto y desagrado, no sólo por el hecho en sí, sino por la posibilidad de que hubiera un sitio para la mujer en primera clase. La señora se sentía feliz y hasta triunfadora porque la iban a quitar de ese sitio y ya no estaría cerca de aquella persona. Minutos más tarde regresó la azafata y le informó a la señora: “Discúlpeme señora, pues efectivamente todo el vuelo está lleno…, pero afortunadamente encontré un lugar disponible en primera clase. Sin embargo, para poder hacer este tipo de cambios le tuve que pedir autorización al capitán que pilota este avión. Él me indicó que, en efecto, no se podía obligar a nadie a viajar al lado de una persona tan desagradable”.
   La señora, con cara de triunfo, intentó salir de su asiento, pero la azafata en ese momento se vuelve y le dice al hombre de raza negra: “Señor, ¿sería usted tan amable de acompañarme a su nuevo asiento?”. Todos los pasajeros del avión se pararon y ovacionaron la acción de la azafata. Ese año, la azafata y el capitán fueron premiados por esa actitud. La empresa se dio cuenta que no le había dado demasiada importancia a la capacitación de su personal en el área de atención al cliente. Por tanto, se hicieron algunos cambios de inmediato. Desde ese momento en todas las oficinas de British Airways se lee el siguiente mensaje: “Las personas pueden olvidar lo que les dijiste. Las personas pueden olvidar lo que les hiciste. Pero nunca olvidarán como los hiciste sentir”.
   Los que buscan el poder político, económico, social y cultural, pocas veces están pensando en el beneficio de los demás. Pero mucho más escasa es la disposición a sacrificarse o a entregarse por los otros a costa de nuestro bienestar y mucho menos de nuestra vida. ¡Qué distinto es el mensaje de Jesús, el Mesías, como Pedro lo reconoció delante de sus compañeros! Su proyecto suele contrariar nuestros valores. No podemos olvidar que el que quiera salvar su vida, con toda seguridad, la perderá, malográndose en su supuesta superioridad y en su bienestar. Tampoco perdamos de vista que cuando se está dispuesto a perder la vida por los demás, a lo mejor sale ganando y lo pasan a primera clase. De otra parte, no temas que algo o mucho se te malogren según este mundo. Con Cristo todo es ganancia y nada se malogra ni se frustra, estando en Él nuestra salvación.
   Teniendo en cuenta sus distancias, también nos puede valer o aprovechar el siguiente cuento, el de un sabio maestro sufí que se dirigía al río para tomar su baños matutino, como solía hacer todos los días. Uno le siguió y le preguntó:
   –Por favor, espera un minuto. Pareces tan lleno de lo divino que llamas mi atención, pero yo ni siquiera siento un mínimo deseo de perfeccionarme. Pareces tan loco y enigmático que, al observarte, he sentido que debe haber algo especial en lo que reflejas. Eres tan feliz y extático y yo soy tan desgraciado; pero aún así no aparece en mí el deseo de buscar lo divino. Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo puede crearse en mí ese deseo?
   El sabio sufí miró al hombre y le dijo:
   –Ven conmigo. Voy a tomar mi baño matutino. Báñate conmigo en el río y tal vez la respuesta te pueda llegar mientras te bañas. Si no, ya veremos de aclararlo después del baño. Vente conmigo.
   El hombre se quedó un poco intrigado. Este sufí parecía un poco loco y bastante raro: ¿Cómo iba a responderle mientras se bañaba? Pero nadie sabe del todo cómo actúan los místicos, así que le siguió. Ambos se metieron en el río, y cuando el hombre se estaba sumergiendo, el sabio saltó sobre él y le hundió bajo la superficie del agua. El hombre empezó a inquietarse.
   ¿Qué clase de respuesta era ésta? Al principio pensó que el sabio estaba bromeando, pero después la cosa se puso seria. ¡No lo iba a soltar! Se puso a luchar con él. El sabio era un hombre muy pesado y fuerte y el buscador era muy delgado. Pero cuando tu vida está en peligro… Hasta ese hombre tan delgado arrojó al sabio a un lado, saltó sobre él y dijo:
   –¿Eres un asesino? ¿Qué estás haciendo? Soy un pobre hombre. Sólo he venido a preguntarte cómo puede surgir en el corazón el deseo de buscar lo divino, ¡y tú ibas a matarme!
   El sabio le dijo:
   –Espera. Primero unas preguntas. Cuando te empujaba hacia abajo y te estabas asfixiando, ¿cuántos pensamientos había en tu mente?
   El hombre contestó:
   –¿Cuántos? Sólo uno: cómo salir afuera a respirar.
   El sabio preguntó:
   –¿Cuánto tiempo se prolongó ese pensamiento?
   El hombre respondió:
   –No duró mucho, porque mi vida estaba en peligro. Uno puede permitirse el lujo de pensar si no está en riesgo, pero los peligros de estar sumergido en el agua con posibilidad de ahogarte no te dejan sumergirte en pensamientos ni entretenerte en reflexiones, que se desvanecen todas. Salir del agua no era sólo un pensamiento, sino un deseo que implicaba a todo el ser, que me involucraba existencialmente o por completo.
   El sabio le dijo:
   –Lo has comprendido. Has hallado la respuesta. Si te sientes asfixiado en este mundo, presionado por todos lados, y si sientes que nada seguro va a pasar en este mundo excepto la muerte, entonces el deseo de buscar y encontrar la verdad, o a Dios, o como quieras llamarlo, surgirá. Y eso tampoco durará mucho. Poco a poco ese deseo deja de ser un deseo, pues del todo asumido y asimilado por ti se convierte en tu ser. La necesidad misma se transforma realmente en tu propio ser.
   –Te he mostrado el camino –dijo el sabio sufí–. Ahora puedes irte.

 

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QUEDAR: SIGNIFICADO, PLEGARIA, POESÍA

   QUEDAR: Viene del latín quietare (=sosegar, descansar, reposar). Significa que algo o alguien esté o se detenga (se aquiete) de manera obligada o voluntaria en un sitio o lugar. Significa también que existe, subsiste o resta parte de algo (me quedan tres euros, le quedan de andar dos kilómetros, de los manuscritos sólo quedan cenizas). Dicho de una persona significa ganarse cierta fama, representación o reputación, merecida o inmerecida, como resultado de su comportamiento o de las circunstancias (quedó como valiente, quedó por mentiroso).
   Permanecer o pasar de un estado a otro (ejemplo: la carta quedó sin contestar, quedó por contestar, quedó herido).
   Cesar, acabar, terminar (quedó aquí la conversación, quedamos conformes).
   Ponerse de acuerdo, convenir en algo (quedamos en comprar la finca).
   Concertar una cita (¿quedamos?, ¿a qué hora quedamos? Quedamos a las diez).
   Estar situado en relación de tiempo o distancia (queda poco, ese pueblo quera lejos de aquí).
   Pasar a poseer algo (yo me quedaré con los libros, me los quedo).
   Engañar a alguien, abusar… (Se quedó con Manuel).
   Conocer (me quedo con su cara, o tu cara…).
   Quedar se suele utilizar también en algunos juegos infantiles.
   ¿En qué quedamos? (invitando a terminar con una indecisión o deseando aclarar algo).
   No dejar de realizarse algo a causa del incumplimiento o por faltar algo (por mí que no quede, por dinero que no quede).
   Otras expresiones:
   Quedar o quedarse atrás.
   Perder o no comprender (quedarse a oscuras).
   Quedarse alguien bizco (asombrarse).
   No llegar a cierto punto o no decir todo lo que habría que decir: quedarse corto.
   Quedarse tan fresco… (Despreocupado…).
   Quedarse tieso (de frío, muerto).
   Quedar a la altura del betún: Quedar muy mal.
   Quedar desacreditado o a la altura del unto.
   Nos lo quedamos.
   Nos adentramos ahora en la siguiente oración, del Papa Benedicto XVI en la clausura de su visita a Brasil (Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, a 14 de mayo de 2007). Es oración basada en el relato evangélico de Emaús (Lc 24, 13-35):
Quédate con nosotros, Señor,
acompáñanos aunque no siempre
 hayamos sabido reconocerte.
Quédate con nosotros,
porque en torno a nosotros
se van haciendo más densas las sombras,
y tú eres la Luz; en nuestros corazones
se insinúa la desesperanza,
y tú los haces arder con la certeza de la Pascua.
Estamos cansados del camino,
pero tú nos confortas en la fracción del pan
para anunciar a nuestros hermanos
que en verdad tú has resucitado
y que nos has dado la misión
de ser testigos de tu resurrección.
Quédate con nosotros, Señor,
cuando en torno a nuestra fe católica
surgen las nieblas de la duda,
del cansancio o de la dificultad:
Tú, que eres la Verdad misma
como revelador del Padre,
ilumina nuestras mentes con tu Palabra;
ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.
Quédate en nuestras familias,
ilumínalas en sus dudas,
sostenlas en sus dificultades,
consuélalas en sus sufrimientos
y en la fatiga de cada día,
cuando en torno a ellas se acumulan sombras
que amenazan su unidad y su naturaleza.
Tú que eres la Vida quédate
en nuestros hogares, para que
sigan siendo nidos donde nazca la vida humana
abundante y generosamente,
donde se acoja, se ame,
se respete la vida desde su concepción
hasta su término natural.
Quédate, Señor, con aquellos que
en nuestras sociedades son más vulnerables;
quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos,
que no siempre han encontrado espacios y apoyo
para expresar la riqueza de su cultura
y la sabiduría de su identidad.
Quédate, Señor, con nuestros niños
y con nuestros jóvenes, que son la esperanza
y la riqueza de nuestro Continente,
protégelos de tantas insidias
que atentan contra su inocencia
y contra sus legítimas esperanzas.
¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos
 y con nuestros enfermos.
 ¡Fortalece a todos en su fe
 para que sean tus discípulos y misioneros!

 

   Detengámonos ahora en los siguientes versos de San Juan de la Cruz (1542-1591) pertenecientes a la Noche Oscura, siguiendo luego un comentario en el que consideramos el verbo quedar, entre otros, con el uso de pronombres enclíticos:
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
 En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

 

El poema está métricamente formado por ocho liras. La lira es una estrofa de origen italiano traída a España por Garcilaso de la Vega (1503-1536) en su canción “A la flor de Gnido”. Esta estrofa consta de dos endecasílabos (el segundo y quinto versos) y tres heptasílabos: su rima es consonante y las rimas se distribuyen: 7a 11B 7a 7b 11B.
   Para determinar la estructura interna de este poema hay que saber que en él se desarrollan las tres vías o caminos que tiene que recorrer el Alma hasta la unión mística con Dios. Estas vías se conocen con el nombre de vía purgativa, vía iluminativa y vía unitiva.
   – En la vía purgativa el Alma se libera poco a poco de sus pasiones y purifica de sus pecados;
   – en la vía iluminativa el Alma se ilumina con la consideración de los bienes eternos y de la pasión y redención de Cristo;
   – finalmente, mediante la vía unitiva el Alma alcanza la unión con Dios, según el modo definido por San Juan de la Cruz como «matrimonio espiritual».
   Los escritores místicos, para poder expresar esta unión espiritual, se valen de imágenes tomadas del amor humano. El amor humano es, pues, la manera de la que se valen los místicos para explicar el amor divino: el Alma será la Esposa o Amada y Cristo el Esposo o Amado.
   El poema se estructura en las siguientes partes:
Corresponde a la vía purgativa. La amada (el Alma) busca a Dios en medio de la noche y en secreto (las primeras estrofas, versos 1-10). Sólo hay un verbo principal (salí) que aparece en pretérito perfecto simple.
Se centra en la vía iluminativa. El Alma es iluminada por la luz de la fe y esta luz le permite ir ascendiendo en su camino hacia Dios (estrofas tercera y cuarta, versos 11-20). Las formas verbales aparecen en pretérito imperfecto de indicativo para describirnos el estado del alma.
El Alma prorrumpe en exclamaciones, para agradecer a la noche que le haya permitido conducirla hasta la unión con el Amado. Formalmente aparecen oraciones exclamativas que corresponden a la función expresiva del lenguaje (estrofa quinta, versos 21-25).
Se alcanza a la vía unitiva. El Alma se une definitivamente con Dios (estrofas sexta, séptima y octava, versos 26-40). Formalmente hay un agolpamiento de verbos en contraste con las estrofas anteriores, aunque aquí no indican acción sino más bien abandono, sensación que se refuerza por el uso de pronombres enclíticos (quedéme, olvídeme, dejéme).
   He aquí el argumento: La Amada (el Alma) una vez que ha dejado sosegada su casa (mediante la purgación de las pasiones y pecados) se eleva hacia Dios en medio de la noche de los sentidos y recibe una luz especial que le facilita el camino hasta llegar a la unión íntima con el Amado (Cristo). El tema es la unión mística del alma con Cristo.
   Estudiemos la forma y contenido del texto. Fijándonos bien, con lo primero que nos encontramos al analizarlo es el símbolo de la noche, que es símbolo pascual. Los escritores místicos se valen de símbolos para poder comunicar sus experiencias. En la primera estrofa noche simboliza los diversos sacrificios: y purgaciones que ha de llevar a cabo el alma para alcanzar la perfección que le permita elevarse hacia Dios. De esta manera el alma se aleja de las tentaciones mundanas (estando ya mi casa sosegada) y se prepara el encuentro con Dios (¡oh dichosa ventura!) A través del epíteto escura, que se repite en el texto con diversas variantes (A escuras y segura, a escuras y encelada) insiste el poeta en la idea de la oscuridad de los sentidos que ha de ser previa a la ascensión del alma.
   Por otra parte, la oscuridad favorece la idea de secreto (recordemos que la palabra mística significa “sabiduría secreta”) que también se repite varias veces en las tres primeras estrofas:
   Por la secreta escala disfrazada
— a escuras y encelada.
— en secreto que nadie me veía.
   En el v. 6 nos encontramos también con una paradoja –otro recurso místico para poder expresar lo inefable de esta poesía–: a escuras y segura. La oscuridad normal nos hace caminar inseguros, pero esta oscuridad en el sentido explicado más arriba sí permite al alma elevarse con seguridad hacia Dios.
   El alma, pues, avanza segura y encuentra una luz especial que hace que se transforme la “noche oscura” en “noche dichosa”; que propicia el encuentro con el Amado, a quien se alude mediante una perífrasis (sin decir su nombre):
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
   La estrofa quinta es toda ella una pura exclamación afectiva. Mediante el paralelismo sintáctico: ¡oh noche que guiaste / oh noche que juntaste…! y la repetición anafórica de noche, el alma exalta los valores positivos de ésta: noche guiadora, noche amable, noche que junta a los amantes.
   A partir de la sexta estrofa ya comienza la vía unitiva. En ella, mediante el polisíndeton se agolpan las acciones agradables, tomadas del amor profano: y yo le regalaba / y el ventalle de cedros aire daba. Mediante la metáfora, el poeta identifica el aire que mueve las hojas de los cedros con un abanico que refresca a los amantes. En la estrofa séptima hay un cambio de escenario: ahora el lugar de encuentro de los amantes es el de las almenas de un castillo, por donde también pasa el aire. Es en esta estrofa donde se produce el denominado éxtasis místico: y todos mis sentidos suspendía.
   En la última estrofa se alcanza el clímax del poema: el Alma se une definitivamente al Amado y descansa del largo camino que ha tenido que recorrer. Mediante la aliteración del sonido /m/ se intenta cargar de afectividad y amor esta escena:
Quedéme y olvidéme;
el rostro recliné sobre el Amado
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
   Por último, aludiremos a los recursos que vertebran y confieren unidad al poema. Estos recursos se basan en la repetición, que se da en todos los componentes de la lengua. En la primera parte del poema todos los significados parecen repetirse de lira en lira. Se repite la idea de noche, la idea de salida nocturna y la idea de secreto. También se repiten frases enteras a modo de estribillo:
¡Oh dichosa ventura! (estrofas 1 y 2A oscuras…  (estrofa 2)
Oh noche… (estrofa 5) Amado con Amada… Amada en el Amado (estrofa 5)
   Se repiten ciertos fonemas para sugerir la idea que pretende comunicar. Así, la aliteración de /s/ en el estribillo: estando ya mi casa sosegada que nos sugiere la idea de silencio y soledad expresada en las correspondientes estrofas. Y lo mismo ocurre con la aliteración de /m/ en la última estrofa.
   Conclusión: El poema aquí comentado es típico de la poesía mística de San Juan de la Cruz. Mediante repeticiones y elementos intensificadores de todo tipo, la estructura perfecta del poema e imágenes tomadas del amor humano, el poeta ha logrado transmitirnos las sensaciones que el Alma experimenta en su camino ascendente hasta alcanzar la unión mística con Dios.

 

 

 

 

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