Educación en virtudes y valores

ÍNDICE O SUMARIO DE CUANTO SE MUESTRA A CONTINUACIÓN
  • La importancia de ser y hacer felices.
  • Valores y virtudes.
  • Bailar.
  • Danzar.
  • Dar y darse o el provechoso arte de la generosidad.
  • Educar.
  • Sobre fiar o fiarse.
  • Gafar o ser gafe.
  • Rabiar.
  • Dañar (y la poesía de Emilio Prados).
  • Fidelizar: El correcto y afectuoso arte de atender bien.
  • Idiotizar.
  • Pacificar.
  • Saborear la vida.
  • Cuida de lo que dices, de lo que escuchas y de lo que ves.
  • Ulular.
  • Cabrear: Puede que estés enfadado contigo mismo.
  • Generar debates es mejor que difundir calumnias o murmurar con falacias.
  • Ejercer la autoridad en la educación.
  • Gañir: Llévate bien con tu perro y con todos los animales.
  • Nadar (una imagen).
  • Pactar: un valor social a practicar.
  • Racionalizar: tener sentido de la realidad.
  • Sabotear y cómo no actuar chapuceramente.
  • Tapear.

 

 

LA IMPORTANCIA DE SER Y HACER FELICES

 

   Tengo para mí y creo que es algo objetivo que educar en virtudes y en valores tiene que ver sobre todo con la importancia de ser y hacer felices.

   Ser y hacer felices tiene que ver con sentirnos bien y propiciar que las personas que nos rodean se encuentren a gusto. Ser felices es un bienestar. Es difícil que alguien se sienta feliz si se siente mal.

   Como dice Javier Sádaba,[1] la felicidad se parece a Jano, tiene dos caras, mostrándose que ser feliz solo se entiende sobre todo si se contrapone a ser infeliz, igual que pasa que no se entiende la verdad sin la falsedad ni la bondad sin la maldad. De ahí no se sigue, sin embargo, que la felicidad equivalga a no sufrir. Lo que se sigue es que debemos evitar, con todos los medios a nuestro alcance, el dolor y, al mismo tiempo, procurar para uno mismo y para los demás el mayor bienestar posible. A pesar de que la palabra “bienestar” se va imponiendo, dado lo manoseada y manipulada que está la de “felicidad”, algunos preferimos continuar utilizando esta última, con el significado de contento, júbilo, regocijo, sensación grata, alegría, etc., en profundidad, en repercusión exterior e interior de nuestro ser.

   El rostro, la risa, la sonrisa, el movimiento del cuerpo, la palabra, los gestos o la serenidad son algunas de las puertas que nos llevan hacia la vida interior de una persona. Y las personas felices contagian de dicha a los demás, transmitiendo la paz de sentirse a gusto, acogidos y no encogidos.

   Ética y moralmente estamos obligados a compartir solidariamente nuestra felicidad-bienestar, que cuando nos alegremos o tengamos motivos de alegrarnos no perdamos nunca de vista las carencias de los demás. Nadie tiene derecho a ser feliz a solas. Ser feliz requiere hacerse eco de las necesidades de los demás, pues no tenemos derecho a descartar a nadie de los bienes del planeta o del entorno en que vivimos. Y es evidente que esto conlleva política.

   Siempre se trata de una política que o se encierra sobre sí misma o se abre a todo el mundo. La primera diluye la felicidad. La segunda la expande. Mientras tanto, y siguiendo con Jano, que cada uno de nosotros aparte la vista de lo que no es bello y se concentre en lo que es bueno y bello, es decir, en las virtudes y en los valores. Y desde ahí, con la habilidad que da el ansiado deseo de felicidad que todos tenemos vayamos disminuyendo lo que no es ni bello ni bueno.

   La paz ha de disfrutarse, pero inquietándonos. Ser felices es poder vivir despreocupados, tranquilos, seguros…, pero no indiferentes a los demás. El no agobiarnos va absolutamente en relación con no agobiar a los demás.

   Y luego o también ahí está la felicidad según el relato evangélico de las bienaventuranzas, las del Evangelii gaudium, la alegría del Evangelio. Es innato nuestro deseo de ser y hacer felices. Así lo recoge en número 1718 del Catecismo de la Iglesia Católica:

   Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer:

   «Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada» (San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4).

   «¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (San Agustín, Confessiones, 10, 20, 29).

   «Sólo Dios sacia» (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15).

[1]  Catedrático de Ética y Filosofía de la Religión en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador del Instituto Coca-Cola de la Felicidad.

 

VALORES Y VIRTUDES

Cuando se habla de crisis o quiebra de valores o de virtudes, de lo que se trata es de afirmar que no se están viviendo, que no están presentes en las personas que nos encontramos cada día o en nosotros mismos. Por eso es fundamental plantearse no sólo educar a las generaciones futuras en los valores y virtudes que se consideran  fundamentales para la armonía y la convivencia social, sino también vivirlos y arraigarlos en la conducta diaria de cada de nosotros o nosotras. Es así como se educan los valores y las virtudes: viviéndolos y mostrándolos a los demás con el comportamiento personal.

¿Qué son los valores?

   Por valor nos referimos a algo éticamente valioso, a una excelencia o perfección al menos como tendencia. La práctica moral del valor desarrolla la humanidad de la persona, mientras que el contravalor la despoja de moralidad, la deshumaniza. Desde un punto de vista socioeducativo, los valores son considerados referentes, pautas que orientan el comportamiento humano hacia la transformación social y la realización de la persona.

¿Qué son las virtudes?

   Las virtudes son logros humanos. Para llegar a ellas han de suponerse los valores como hábitos adquiridos, asumidos, asentados en la persona. Esto concuerda con la enseñanza de Tomás de Aquino cuando define la virtud como “un hábito operativo bueno”. Así, las virtudes son un tipo de cualidades estables, siendo pues hábitos y no meras disposiciones o cualidades pasajeras, como si fueran transeúntes.

El ámbito más propio de crecimiento y educación en valores-virtudes es la familia, siéndolo en todos sus miembros o componentes, de modo permanente y no transitorio. Todos y todas tenemos la tarea de madurar en el bien.

Y para orientar a una familia cristiana en valores y virtudes, de cara a la educación, han de tenerse en cuenta las virtudes fundamentales o cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), tras lo cual vendrán otros muchos valores y virtudes: sinceridad, responsabilidad, laboriosidad, respeto, empatía, etc.

 

BAILAR

No siempre podemos elegir la música que la vida nos toca,

pero podemos elegir cómo la bailamos.

La cosa está también en con quién o con quiénes

hay que acompasar el ritmo o los pasos a dar.

 

DANZAR

   Danzar viene a ser bastante sinónimo de bailar, moverse bailando al ritmo y compás de las músicas.
   Hay una Historia de la Danza, como arte y como rito social, como necesidad expresiva. En un principio fueron los ritmos de la respiración y latidos del corazón los que marcaron las primeras cadencias.
   La danza, expresión emotiva y cultural, hace que la música se vea y que los sentimientos tomen cuerpo.
   La danza es también un medio privilegiado para alabar a Dios: “Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles… Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras…” (Sal 149; cf. 150). Pero hay danzas que no, como la “de los siete velos” que bailó Salomé (cf. Mc 6, 14-29; Mt 14, 6-12).
 
DAR Y DARSE O EL PROVECHOSO ARTE DE LA GENEROSIDAD
   Da para mucho esto de fijarnos en el verbo dar y en su correlativo darse, por lo que hemos de resumir y ceñirnos bastante a lo que mejor queremos concretar.
   Dar se utiliza mucho para indicar que algo sucede, ocurre, pasa, existe…, como cuando decimos: “Se da el caso de que ahora no podemos ir”, “dada esta situación no se puede hacer nada”. Es también usual este verbo cuando decimos: Dar las gracias, dar permiso, dar la vez, dar lástima, dar suerte…
   Darse es entregarse a algo con interés o por vicio. Entregarse a Dios y a los demás es lo más digno de elogio y de reconocimiento. Y entregarse al vicio y a lo nocivo, sea lo que sea, es encaminarse a ir de mal en peor, como darse a la bebida o a las adicciones que crean malos hábitos, difíciles de desarraigar.
   Dar y darse es centrarse sobre todo en la generosidad, no en la mezquindad sino en el desprendimiento de cosas y de sí mismo (o sí misma). Aficionarse a darse es lo mejor que se puede hacer en la vida y con la vida, como evangélicamente se nos enseña.
   La generosidad es el arte vivificante de darse a sí mismo. Más que dar cosas (compartir), se trata de hacerse a todos, de “compartirse” uno con los demás, resultando que uno mismo, siendo generoso, recibe y gana más que lo que da o de lo que recibe e que recibe.
   Se cuenta que una vez le pasó al filósofo Platón la siguiente anécdota: iba caminando por en medio de una feria concurrida y abarrotada de gente, llena a rebosar de mercancías. Sorprendido y asombrado exclamó: “¡Es increíble la cantidad de cosas que no necesito!”. A todos nos ha pasado algo parecido en alguna ocasión. Al observar tantas cosas que nos ofrece el mundo, notamos que somos felices sin muchas de ellas. No se trata de despreciar las bondades y maravillas del progreso, sino de ubicarlas en su justo contexto, para no esclavizarnos a ellas. Una revisión constante de nuestras prioridades a la luz del valor del desprendimiento y de la generosidad, nos regalará una idea de cuán libres somos ante nuestros bienes y recursos, evitando apegarnos a ellos y, si es necesario, para decidirnos a ponerlos al servicio de los demás, a ofrecérselos.
   El desprendimiento es muy saludable antídoto contra nuestra egoísta fijación a los bienes, los mismos que cuanto más los tenemos más los queremos y, en el fondo, menos los disfrutamos. Y con esto no nos referimos sólo a los objetos materialmente tangibles, sino que abarcamos también a los bienes más del espíritu mismo, como conocimientos, cualidades y habilidades que muchas veces nos cuesta trabajo poner a disposición de las personas, porque toca nuestro descanso, gustos, preferencias y comodidades. Dar nuestro tiempo y atención a Dios (orando) y a los demás (ayudando, escuchando, acompañando…) es de vital y valiosa importancia. Esta actitud de vida nos exige una revisión constante para dejar de ser el centro de nuestras atenciones y poner en ese centro a los demás, al prójimo. Para ello, podemos ejercitarnos en el arte de enseñar a otros algo que sepamos hacer bien, regalar o donar un bien al que sintamos que nos hemos apegado en exceso o procurar decir más veces “si” cuando nos pidan algo prestado sin poner tantos reparos o pretextos.
   El valor del desprendimiento ante las cosas materiales nos ayuda a convertirnos en personas más altruistas y generosas, nos separa de cosas innecesarias, mejora nuestras relaciones humanas, nos hace más medioambientales, justos, equilibrados, felices en lo natural y en lo sobrenatural.

 

EDUCAR

   Por su etimología y según el diccionario de la RAE, educar significa dirigir, encaminar, doctrinar. Es tarea primordial de los padres para con los hijos y supone desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc., sacando o llevando intencionalmente a perfección y plenitud humana todas las dimensiones de la persona. Por eso se habla de educar la inteligencia, la voluntad, la dimensión afectiva y emocional, las habilidades, etc. Se trata igualmente de desarrollar las fuerzas físicas (estar en forma) por medio del ejercicio, haciéndolas más aptas para su fin, por el debido entrenamiento, etc. También se ha de considerar como educar el perfeccionar o afinar los sentidos, lo que nos lleva a educar la voz, el gusto, el oído, el ritmo, la sensibilidad, la comunicación, la contemplación, etc. No ha de pasarse por alto el educar en cuanto enseñar o disponer a cuanto es bueno, verdadero, bello, armonioso, ordenado, proporcionado, lo razonable…, así como educar las actitudes, los valores, las virtudes, la conducta, la espiritualidad. En educar o enseñar los buenos usos, el saber conducirse en la vida y en las relaciones consiste la urbanidad, la cortesía, el respeto… Podemos detenernos en mucha fraseología sobre educar: Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto. // Educar no es imponer un camino, es enseñar a caminar. // No eduques a tu hijo para que sea rico, edúcalo para que sea feliz. Cuando crezca sabrá el valor de las cosas y no su precio. // No maltrates a tu hijo dándole todo lo que te pida. Además, educar es mucho más que un verbo, todo él referido a otros muchos, todos buenos con tal de que no ideologicen, manipulen, conculquen demagógicamente, etc.
   Como a algo o a alguien conviene que nos ciñamos al menos como punto de partida, ya que es muy abierto y amplio el concepto educar, seguimos como referencia al respecto una reflexión desde el capítulo 7 de Amoris Laetitia (exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco, de fecha 19 de marzo de 2016), siendo una reflexión –ciertamente para la educación cristiana, en la que subyace también la educación tal cual– basada en la que a su vez plantea o apunta Diego Fares, S. J. (La Civiltà Cattolica), sacada de periodistadigital.com, 18 de septiembre de 2017, una fecha del todo a propósito como de inicio de curso.
   La Exhortación Amoris Laetitia tiene una doble vertiente: por un lado, constituye la guía pastoral de la familia para las parejas y los diferentes actores eclesiásticos encargados de difundirla. Por otro lado, el artículo destaca la intencionalidad pedagógica del Papa Francisco, quien a lo largo de su vida evangelizadora insiste en la necesidad de hacer comprensible el discurso a quien lo recibe.
   Como maestro, el Papa utiliza un esquema didáctico basado en la tríada “una imagen, una idea, un sentimiento” para hacer más cercano el mensaje que desea transmitir. En el ámbito concreto de la educación, la pedagogía del amor fundamenta Amoris Laetitia, de la misma manera que la alegría del amor debe ser la base de la vida familiar, el contexto vital ideal donde se enseña a amar y a desarrollar la libertad.
   Cuando el Papa Francisco alza la vista del papel, o directamente se lo entrega al en-cargado para que lo reparta luego, y comienza a hablar mirando a sus interlocutores y sopesando lo que siente en su corazón, se nota que tiene alma de maestro. Un maestro atento a lo que pueden asimilar sus alumnos y no tanto a la brillantez de su discurso. De esta intención pedagógica brotan no sólo sus intervenciones espontáneas sino también sus escritos más elaborados.
   Una síntesis sencilla de su pedagogía puede verse en esa recomendación que hace en Evangelii Gaudium (Exhortación Apostólica de 2013) a propósito de la homilía o predicación: “Una buena homilía, como me decía un viejo maestro, debe contener ‘una idea, un sentimiento, una imagen’” (EG 157). El Papa Francisco ama hablar con imágenes, porque las imágenes no se dirigen sólo al razonamiento, como los ejemplos, sino que “ayudan a valorar y aceptar el mensaje que se quiere transmitir […] como algo familiar, cercano, posible, conectado con la propia vida” (íd.). Esto es algo más profundo que un mero recurso pedagógico: es confianza en la fuerza que el Evangelio tiene por sí mismo, en cuanto “semilla que crece y da fruto por sí sola” (Mc 4, 26-29).
   Nuestra reflexión sobre el capítulo 7 de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (AL)  –“Fortalecer la educación de los hijos”–, tiene un supuesto: que en los consejos que el Papa da a los padres se puede encontrar luz para comprender toda su tarea Magisterial. El cardenal Schönborn decía en la presentación de la Exhortación que “resulta muy iluminador poner en relación los pensamientos del santo Padre sobre la educación de los hijos con sus pensamientos de toda la praxis pastoral de la Iglesia”.
   En primer lugar aplicaremos a la Exhortación entera el esquema pedagógico de “una imagen, una idea, un sentimiento”, luego nos centraremos en dos aspectos de la pedagogía de Francisco que a nuestro parecer son claves: su atención al contexto vital de la educación y el carácter sapiencial de sus criterios pedagógicos.
   Una imagen, una idea, un sentimiento
   Como imagen-símbolo de la pedagogía de Amoris Laetitia, se destaca la “feliz escena del film El festín de Babette (de Gabriel Axel, 1987), donde la generosa cocinera recibe un abrazo agradecido y un elogio: ‘¡Cómo deleitarás a los ángeles!’” (AL 129). La escena del agradecimiento final de los invitados sintetiza un proceso en el que los gestos de Babette van cambiando la expresión del rostro de sus comensales. Paso a paso, la cocinera les va sirviendo sus platos, exquisitamente preparados, y provoca en ellos el deleite del que se siente amado de modo tan sobreabundante que le cambia el humor y le convierte el corazón. La pedagogía de Babette para con esa familia es la pedagogía de la alegría del amor expresado en pequeños gestos. Esta es la pedagogía que el santo Padre valora como presente en la vida de las familias y que propone como ejemplo a seguir y a cultivar. Las recomendaciones del punto 7, acerca de no hacer una “lectura general apresurada” de la Exhortación, sino profundizar “pacientemente parte por parte” o buscar “en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta”, se entienden bien si uno tiene en mente el modo de deglutir los alimentos en La fiesta de Babette. Los consejos acerca de la educación de los hijos van también por el lado de “alimentarlos” pacientemente, haciéndoles sentir que son “preciosos” (AL 263), como sucede en el filme.
   La idea pedagógica de Amoris Laetitia se puede expresar con un verbo: “facilitar”. Francisco la expresa contraponiendo dos imágenes: la de la “Iglesia aduana” contra la imagen de la “Iglesia casa paterna”, en la que todos los hijos encuentran su lugar (AL 310). Hablando del ejercicio de transmitir la fe a los hijos, el Papa precisa que transmitir quiere decir facilitar la “expresión y crecimiento” de la fe (AL 289). De esta manera el esfuerzo que supone educar no se concentra en formular verdades u obligar comportamientos. Todo lo contrario, el Papa anima a facilitar. “Es hermoso cuando las mamás enseñan a los hijos pequeños a mandar un beso a Jesús o a la Virgen” (AL 287). Con los adolescentes, el Papa aconseja “estimular sus propias experiencias de fe”, y más que darles muchos consejos, acercarles modelos de personas cuyo testimonio “se imponga por su sola belleza” (AL 288).
   Facilitar no quiere decir “facilismo”. Se pueden facilitar también las cuestiones objetivamente más arduas. Si algo es difícil y complejo el solo hecho de no volverlo más pesado, lo facilita. Un ejemplo: dos temas difíciles como el de las sanciones y el de la sexualidad, el Papa los trata dialogando con los papás para que ellos traten estos temas con sus hijos. Así, la sanción aplicada por quien nos quiere no mutila el deseo, sino que estimula a crecer en libertad (AL 268-270) y la educación sexual no la orientan los que sólo se preocupan de “protegerse” sino los que nos dieron la vida (AL 283).
   El sentimiento motivador es, sin duda, el de la alegría. Sentimiento de “dilatación del corazón”. Tanto el cardenal Schönborn como el matrimonio de Giuseppina de Simone y Francesco Miano, en la conferencia de prensa para la presentación de Amoris Laetitia expresaron la “profunda alegría” con que leyeron la Exhortación. Alegría porque quien lee siente “que se está hablando de uno”, decía Giuseppina; alegría porque, como dice el cardenal Schönborn, “el continuo tono lingüístico” del Papa Francisco transmite la alegría del evangelio “que Jesús concede a todos”; alegría también porque supera la artificiosa, exterior, neta división entre “regular” e “irregular” poniendo a todos bajo la instancia común del Evangelio. En la base de toda pedagogía, de toda relación en la que alguien enseña algo a otro, están presentes esta imagen de la belleza de la educación, esta idea de que aún lo difícil se facilitará todo lo posible, y el sentimiento de que el ritmo y las etapas del aprendizaje se podrán llevar con un ánimo alegre, dilatado, amplio y sereno. Como bien decía el cardenal Martini: “Educar es difícil, sin embargo es posible y, en última instancia, bello”.
   La vida familiar como ámbito pedagógico
   Nos detenemos en la palabra “contexto” que aparece en el punto “La vida familiar como contexto educativo” (AL 274-279). En el pensamiento del Papa Francisco, el contexto no tiene nada de marco meramente exterior. Se trata más bien de un “ámbito vital”. Para el Papa –y esto dicho con sus palabras de los años setenta– un “ámbito” incluye un horizonte y un espacio de acción concreto en el que se vuelca un sentido del tiempo. Dicho con imágenes: el sentido del tiempo lo vuelcan los esposos cuando se dan “siempre un beso por la mañana”, se bendicen “todas las noches” y esperan al otro y lo reciben “cuando llega”. Estos gestos, dice el Papa, crean “una rutina propia, que brinda una sana sensación de estabilidad y de seguridad” a la familia (AL 226). La rutina cotidiana, ritmada por gestos sencillos de amor, es bueno cortarla “con la fiesta, no perder la capacidad de celebrar en familia” (íd.). Este sentido del tiempo es el que transforma un mero espacio físico en un verdadero hogar, en un “ámbito vital”.
   Reflexionaremos sobre este ámbito familiar que hace que la familia sea la primera educadora, no sólo en sentido temporal sino en cuanto modelo de “cómo educar”, del cual también la Iglesia aprende. Y esto es clave: el Papa Francisco nos habla de una Iglesia que aprende no sólo de Dios sino también de sus hijos, de las familias y los pueblos. “La Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y la familia” prestando atención a “la realidad concreta” de éstas, donde resuenan “las exigencias y llamadas del Espíritu Santo” (AL 31). Y aún de manera más explícita: “Los esposos […] constituyen una iglesia doméstica, de manera que la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino” (AL 67).
   El horizonte dilatado de la alegría del amor
   Detrás de los criterios pedagógicos de Amoris Laetitia hay un “sí” y un “no” radicales. El “sí” de la Exhortación es el sí a la alegría del amor, presentada como fundamento de la familia y como horizonte ideal que nos atrae. La alegría dilata el corazón y da el tono a la totalidad de la existencia familiar.
   ¿Qué es lo propio de este “sí”? Lo propio de los principios positivos es la “gradualidad”: siempre se puede crecer y madurar en el bien: “Santo Tomas de Aquino decía de la caridad: ‘la caridad, en razón de su naturaleza, no tiene un límite de aumento […] porque al crecer la caridad, sobrecrece también la capacidad para un aumento superior’ (Summa Theologiae II-II, q. 24, a. 7)” (AL 134).
   El “no”, en cambio, es el horizonte como límite. Pero nunca como un límite absoluto, sino como límite de lo que puede dañar al sí, como límite de lo que puede entramparlo y no dejarlo que crezca. En la vida y en el amor el “no” está al servicio del sí. El “no” de la Exhortación es fundamentalmente un “no” a la tendencia a “encerrarse en los no”. Los principios negativos ayudan a que la vida no se convierta en muerte, pero la vida no avanza ni madura a fuerza de multiplicar los no sino en la gradualidad de muchos sí. El Papa modera el uso de los no para que no conviertan el lenguaje magisterial de la Iglesia, que es Madre y Maestra, en un lenguaje meramente jurídico, condenatorio y abstracto. Esta pedagogía del “no a los no” se puede ver en toda la impostación del capítulo VIII (Acompañar, discernir e integrar la fragilidad), que explicita lo que “el mismo Evangelio nos reclama: que no juzguemos ni condenemos” (cf. Mt 7, 1; Lc 6, 37) (AL 308). Veamos algunos ejemplos: “no condenar a nadie para siempre” (AL 296); no catalogar (AL 298); no igualar la responsabilidad en todos los casos (AL 300); no negar la misericordia a alguien (AL 300); no hacer sentir a los divorciados y re-esposados como “excomulgados” (AL 299); no identificar toda situación irregular con estado de pecado mortal (AL 301). En fin: “Un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o sobre la culpabilidad de la persona implicada” (AL 302).
   El horizonte final, desde donde se ordena sapiencialmente la vida de la familia, es el del “Sí” incondicional de Dios: el sí de su Misericordia infinita y el sí de su Gloria definitiva. Es el sí de un Dios que “ama el gozo del ser humano” (AL 149) y de una Iglesia cuyo “júbilo” es la alegría de las familias (AL 1).
   El espacio de acción exclusivo de lo que sólo se aprende en familia
   Este “sí” que es horizonte primero y último, se concreta en los sí (y los no) prudenciales. El Papa expresa esto afirmando que hay cosas que sólo puede enseñar la familia y que sólo se pueden aprender en la familia. Y esta es la primera lección: la pedagogía de Amoris Laetitia no trata sólo de los temas que hay que enseñar y aprender, sino que privilegia a las personas que pueden enseñar de manera profunda. Aquí entra la visión del Papa de “lo artesanal”: “La familia es el lugar donde los padres se convierten en los primeros maestros de la fe para sus hijos. Es una tarea artesanal, de persona a persona” (AL 16; cf. 221).
   El texto básico y más significativo es el que nos dice que “en la familia se enseña a amar”. Nada menos. “La fuerza de la familia ‘reside esencialmente en su capacidad de amar y de enseñar a amar’. Por muy herida que pueda estar una familia, esta puede crecer gracias al amor” (AL 53 y 208). A los hijos, la familia les enseña el amor de sí –la autoestima–, el amor al otro –sexualidad y amor social– y el amor a Dios.
   Y porque enseña a amar, la familia valora y estimula la libertad: en la familia se aprende “el buen uso de la libertad” (AL 274), a ser dueños de sí y a respetar la libertad de los otros (AL 275). Cuando hablamos de libertad es importante todo lo que se dice de la relación con los otros, porque la libertad nunca se da ni madura frente a la naturaleza pura o frente al mundo tecnológico, sino frente al rostro del otro que me limita con su libertad y me hace “responder” por mis actos. En la familia, dice la Exhortación, se aprende “a recuperar la vecindad” y a “reconocer que vivimos junto a otros” (AL 276). En la familia se da la primera socialización: “se aprende la experiencia del bien común” (AL 70); se aprende “una ecología integral” (AL 277); se aprende “la devoción” (AL 174) y se enseñan las razones y la belleza de la fe.
   Así, en la familia se vive de manera artesanal la tensión básica de toda pedagogía de unir los principios universales con la vida concreta. “La encarnación del Verbo en una familia humana” hace que “la alianza de amor y fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el principio que da forma a cada familia, y la hace capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida y de la historia” (AL 66). El Papa sintetiza en tres palabras simples –permiso, perdón y gracias (AL 133)– la concreción de un amor que “no tiene límite de aumento” como dice Santo Tomás (AL 134) pero que necesita esa “tierra buena” de la familia para crecer y dar fruto.
   El sentido temporal de la maduración de la libertad
   El sentido del tiempo es esencial a la pedagogía de Amoris Laetitia. El sentido del tiempo y de los tiempos oportunos, esos en los que quien aprende puede dar un paso adelante de crecimiento. La familia es maestra porque tiene este sentido del tiempo de sus hijos. La familia sabe volcar un sentido del tiempo en todos los sí y los no que va diciendo a sus hijos. Y lo hace desde la calidad de su adhesión incondicional al bien de ellos. En una ocasión quedó dicho Bergoglio: “El tiempo se estructura desde la calidad de la adhesión al bien y cuanto más universal es este bien y más fuerte, estable y durable (fiel), mejor”.
   El concepto de maduración que lleva tiempo está presente a lo largo de toda la Exhortación Apostólica y de modo especial en el capítulo VII. En el número 261 el Papa habla de “procesos de maduración de la libertad” de los hijos. La imagen de los padres preocupados por saber dónde están sus hijos es una imagen fuerte, que sintoniza con el alma de los papás. Sin teorizar demasiado, el Papa discierne el problema de cómo educar en una época en la que los valores se han licuado: no se trata de formar en este o aquel valor, sino de fortalecer el centro generador de la afección a los valores: la libertad. En el punto 267 se explaya acerca de esta educación moral, que define como “un cultivo de la libertad” con una pedagogía de propuesta y estímulo más que de imposición.
   Educar en la libertad es la tarea más compleja del mundo y, “en una familia sana, este aprendizaje se produce de manera ordinaria por las exigencias de la convivencia” (AL 275) cotidiana. En la familia, el horizonte grande siempre es un sí y todos los no se orientan a él. La familia es capaz de convivir con la cizaña para no dañar el trigo y para pagar a los últimos igual que a los primeros…
   Carácter sapiencial de los criterios pedagógicos
   Así como se han vuelto famosos los cuatro principios de Bergoglio sobre la realidad, el tiempo, la unidad y el todo, en lo que hace a lo pedagógico se pueden sintetizar su “sí” y sus “no” en la formulación siguiente: “hacerse cargo de los deseos y no maltratar los límites”. Esta formulación intuitiva y sintética puede ayudar a interpretar sus reflexiones y consejos a la hora de educar a los hijos –los de cada familia y al pueblo de Dios en su conjunto, como hijo de la Iglesia–. Amoris Laetitia termina con una formulación que tiene este espíritu: “Todos estamos llamados a mantener viva la tensión hacia un más allá de nosotros mismos y de nuestros límites y cada familia debe vivir en ese estímulo constante”, sin juzgar “con dureza a quienes viven en condiciones de
mucha fragilidad”
(AL 325).
   Hacerse cargo de los deseos
   Hacerse cargo de los deseos fue siempre uno de los varios leitmotiv de la tarea de Bergoglio como formador. En sus Reflexiones espirituales recopiladas en 1987 se encuentra una charla que se titula “Hacerse cargo de los deseos”.
   Se pueden encontrar allí algunas de las claves de la pedagogía de Francisco que apuesta por el deseo de formar familia. Entendámonos bien: no es que el Papa solamente “aconseje a las familias que se hagan cargo de sus deseos”; esto lo hace, por supuesto. Lo importante es que considera que una familia real es el testimonio viviente de un hombre y una mujer que se han hecho cargo de sus deseos y llevan adelante la vida dando frutos de paz, de crecimiento y de madurez en el amor. El Papa valora esto, lo anima e impulsa y anima a los pastores a acompañar a las familias, partiendo de su situación real, con todas sus imperfecciones. “Con el enfoque de la pedagogía divina, la Iglesia mira con amor a quienes participan en su vida de modo imperfecto: pide para ellos la gracia de la conversión; les infunde valor para hacer el bien, para hacerse cargo con amor el uno del otro y para estar al servicio de la comunidad en la que viven y trabajan” (AL 78). Este “hacerse cargo el uno del otro para la maduración de los dos y para el crecimiento de la unión” (AL 218) es como una definición existencial del matrimonio que da el Papa (cf. AL 291). La educación del niño será ayudarlo a que experimente “que puede hacerse cargo de sí mismo” (AL 275), para madurar en su libertad y para aprender a respetar la libertad de los otros.
   Bergoglio atisba que en los deseos más íntimos del hombre actual, allí donde sus deseos lo resumen, muestran lo que el hombre es. Contra toda expectativa, contra lo que muchos dan por obvio –que la familia está en vías de disolución en el mundo actual–, el Papa nos dice que se deja motivar por el deseo profundo de formar familia, que tal deseo permanece vivo, especialmente en los jóvenes (AL 2), y apuesta a él.
   Una imagen fuerte de lo que implica “hacerse cargo de los deseos” la presenta en “lo que hizo Jesús con la samaritana (cf. Jn 4, 1-26): dirigió una palabra a su deseo de amor verdadero, para liberarla de todo lo que oscurecía su vida y conducirla a la alegría plena del Evangelio” (AL 294).
   En este pasaje se muestra la pedagogía de Jesús que quiere seguir Francisco: el diálogo que el Señor entabla con la Samaritana hasta que ella misma “discierne” su situación, con medias palabras que el Señor de manera delicada acepta como confesión, así como también la deja llevar adelante el impulso misionero que la mueve. El deseo del que se hace cargo el Papa no es un deseo más, sino el deseo de que el Espíritu Santo “derrame su fuego sobre nuestro amor para fortalecerlo, orientarlo y transformarlo en cada nueva situación” (AL 164).
   En el Memorial de una visita suya a un noviciado jesuita como Provincial, en 1977, decía a los novicios que como futuros pastores tenían que aprender a vivir bien la tensión entre “ser fieles al Mensaje que hay que transmitir, intacto y vivo, y a los hombres que son sus destinatarios” (Evangelii Nuntiandi 4, de Pablo VI). El criterio, decía, se encuentra en la Carne de Cristo. “En Cristo, Hijo de Dios encarnado, es precisamente donde el cristiano experimenta de manera concreta, no teórica, cómo puede Dios manifestarse al máximo en un hombre por entero ligado a la tierra y al tiempo; y cómo un hecho histórico y particular puede afectar y resumir en sí mismo universalmente a toda la humanidad y a la historia de los hombres”. Y se encuentra a través del discernimiento, que “consiste en imitar de forma dinámica a Cristo siguiendo las mociones interiores del Espíritu”. Debemos aclarar que el discernimiento nunca es “entre algo malo y algo bueno”. El discernimiento siempre es entre cosas buenas, para ver cuál es la que el Espíritu me indica como mejor en un momento dado. No implica cuestionar ninguna ley en sí misma. “Por el discernimiento conseguimos detectar las verdaderas inspiraciones (deseos) del Espíritu y siguiéndolas fielmente, nos vamos asemejando –identificándonos– cada vez más con Jesús”. En todo hacerse cargo de los deseos, que está en la base de los que forman familia, hay un discernimiento, un sí al Espíritu que suscita este deseo y que puede y debe madurar.
   Bergoglio retoma lo de San Ignacio que habla de que si uno no tiene deseos al menos piense si tiene “deseos de deseos”, que con esa llamita encendida se puede reavivar un fuego. Contra la idealización excesiva que mata el deseo del matrimonio (AL 36; 270), el Papa apela a una pedagogía dulce y llena de ternura. Cita a Pablo VI en su Discurso de Nazaret (5 de enero de 1964): “Enseñe Nazaret lo que es la familia […] lo dulce e insustituible que es su pedagogía” (AL 66). La esperanza de esta pedagogía “implica aceptar que algunas cosas no sucedan como uno desea, sino que quizá Dios escriba derecho con las líneas torcidas de una persona y saque algún bien de los males que ella no logre superar en esta tierra” (AL 116). Se trata de dilatar y perfeccionar el deseo (AL 149). “La tarea de los padres incluye una educación de la voluntad y un desarrollo de hábitos buenos e inclinaciones afectivas a favor del bien. Esto implica que se presenten como deseables comportamientos a aprender e inclinaciones a desarrollar” (AL 264). En un proceso que va de lo imperfecto a lo más pleno. De ahí lo de alentar aún los deseos de deseos.
   No maltratar los límites
   ¿Cómo hacer –se pregunta el Papa– para “integrar disciplina con inquietud interior?” (AL 270). Esto era precisamente lo que formulaba en sus años de formador en una charla acerca de “Los límites en la educación: marco de seguridad y riesgo”. Allí Bergoglio planteaba que nuestra imagen de Dios Padre se construye en la tensión entre su Misericordia –que nos brinda un marco de seguridad indestructible– y su Mayor Gloria –que nos impulsa al riesgo–. En Amoris Laetitia define esa Misericordia como “inmerecida, incondicional y gratuita” (AL 297) y nos invita a “proponer pequeños pasos” posibles de crecimiento (AL 271).
   Esta es la pedagogía de los Ejercicios de San Ignacio que llevan a fundamentar nuestra vida en el Amor siempre más grande de Dios, cuya misericordia perdona todo y siempre da una nueva oportunidad. Así es posible crecer en ese amor pasando del mero cumplimiento de los mandamientos a la elección libre de los consejos, cuya perfección “es posible y accesible a cada uno de los hombres” (AL 160). En orden a la caridad evangélica, decía Bergoglio, “la ley, como marco de seguridad, es sólo un polo. El otro es el de arriesgarse a dar un paso más: fuera del camino, como en el caso del Buen Samaritano, fuera del tiempo legal, como cada vez que el Señor se salta el cumplimiento del Sábado, fuera de los ritos, como cuando el leproso agradecido no cumple con el mandato de ir a presentarse a los sacerdotes, o el Señor deja que la pecadora le toque los pies”.
   Esta es la dinámica del Evangelio donde las tensiones se dan entre condena-perdón y dar un paso más, adelante
   “La condena del Señor en general es a la hipocresía como proceso de absolutización de la ley que, al no poder cumplirse, corrompe el corazón y origina la actitud de cumplimiento: cumplo y miento”. Esta es la condena que se ve en toda la Exhortación.
   El perdón del Señor implica un no maltratar los límites. En Amoris Laetitia el Papa dice que la ternura “se expresa, en particular, al dirigirse con atención exquisita a los límites del otro, especialmente cuando se presentan de manera evidente” (AL 323). No maltratar los límites requiere una profundización en la mirada, apartándola de la transgresión y poniéndola más hondo: “Jesús –decía Bergoglio– saca la mirada de la enfermedad física y la pone en la fe (“tu fe te ha salvado”; “qué es más fácil decir”; “carga tu camilla”); la saca de lo ritual y la pone en el agradecimiento (pasaje de los diez leprosos); la saca de la culpa pasada y la pone en el futuro, igualando a todos (“nadie te ha condenado… vete y en adelante no peques más” ). Al perdonar el Señor amplía el marco de seguridad hasta el infinito: la misericordia del Padre es inagotable y por tanto no hay que fingir para controlarla”.
   El ir más allá de los límites implica siempre un proceso de crecimiento en el cual coexisten una confianza sin límites en la gracia que crece por sí sola y un atento cuidado de lo pequeño. “Recordemos que ‘un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades’” (AL 305).
   “Ampliar el marco de seguridad –no escandalizar, no apagar la mecha humeante, tener paciencia con la cizaña, vigilar y orar– implica cuidar el espacio y dejar el tiempo en manos de Dios. Una vez consolidada la gracia se puede dar una ampliación del riesgo, como en la invitación a venderlo todo y seguirlo. Se trata de un abandono del espacio, no llenándolo de ‘cosas’, para abrirlo a la acción de Dios. En síntesis: el Señor abre el límite cuando corre el riesgo de fosilizarse o pudrirse (como en el caso del paralítico que estaba tirado desde hacía años junto a la piscina) o hace que uno mismo se levante (carga tu camilla); protege el límite cuando está fecundado por la gracia y hace ir más allá cuando ha dado fruto”.
   Concluimos haciendo notar cómo al recordar a los padres su responsabilidad de educar bien a sus hijos, el tono del Papa alcanza su registro más exigente. Dado lo inevitable de su influencia en el desarrollo moral de sus hijos, para bien y para mal, “lo mejor es que acepten esta responsabilidad inevitable y la realicen de manera consciente, entusiasta, razonable y apropiada” (AL 259). Sus preguntas acerca de si los padres queremos saber “donde están los hijos” (AL 261) está formulada sin concesiones. El paso adelante en la educación de los hijos pueden darlo las familias, y para ello la Iglesia no maltrata los límites de la fragilidad de los esposos pero sí alienta su libertad amorosa, que es capaz.

SOBRE FIAR O FIARSE

   Fiar o fiarse es tener confianza, abandonarse esperanzado en alguien o en algo. De todos modos, es nuestra intención tratar aparte o en otro momento el verbo CONFIAR.
   Este verbo es bastante usado en nuestro lenguaje, tanto en plan negativo como positivo, frecuentemente aconsejando y advirtiendo, por ejemplo cuando decimos: No te fíes ni de tu sombra. También nos podemos sorprender diciendo o escuchando, como para fiarse uno o no, lo siguiente: Nada es lo que parece y pocos parecen lo que en realidad son. Y lo mismo esto: De la persona que sabe que se equivoca te puede fiar, pero de la que nunca duda, y aparenta estar segura o dogmatiza en todo, no te fíes. Es decir, no te fíes de las apariencias.
   Para un creyente o cristiano hay que decir que uno fundamentalmente ha de fiarse de Dios. ¡No pongamos nunca condiciones a Dios! Fiarse del Señor quiere decir entrar en sus designios sin pretender nada. En el Salmo 118, 8-9 leemos que “mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes, de los poderosos”. Y en Jeremías (17, 5) tenemos: “Maldito quien se fía del hombre y pone su confianza en la carnal criatura”. Así pues, “no confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar; exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes” (Sal 145, 3-4). En San Pablo tenemos (2 Tim, 1, 12): “Sé de quién me he fiado”. Y el Salmo 40, 10 tiene esta expresión: “Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme”.
   Hay un libro, de José Mª Díez-Alegría, que puede leerse y hacernos bien, un libro titulado Fiarse de Dios, reírse de uno mismo (PPC, 2004).
   A menudo necesitamos refuerzos y ayudas para fiarnos, por ejemplo mediante recursos que nos recuerden, porque puede fallarnos la memoria.
   No es lo mismo “confiar en” que “fiarse de”. A menudo hablamos combinando las dos expresiones o formulaciones.
   “Confiar en” lo usamos al hablar de situaciones, cosas o personas, indicando que tenemos confianza en alguien o en algo. Véase en este minidiálogo:
   –Carlos, quiero que dirijas este asunto. Llevas aquí mucho tiempo, tienes experiencia y confío en que lo harás muy bien.
   –Muchas gracias. Sé que confías en mí, pero no me atrevo a aceptar tu propuesta. Es mucha la responsabilidad y no me fío de acertar o desempeñar bien tan ardua tarea.
   “Fiarse de” lo usamos sobre todo hablando de personas y de manera más concreta, pues se trata de depositar confianza en alguien por sus cualidades, habilidades y pro-metedoras capacidades, de donde “fiarse de” es reforzadamente lo mismo que “confiar en”.
   –¡Madre mía! ¡He olvidado la cartera! ¡Qué vergüenza! ¿Puedo pagarte mañana? ¿Te fías de mí?
   –Javi, era nuestro mejor cliente, ¡claro que me fío de ti! Me lo puedes pagar otro día.
   Sobre el verbo FIAR/SE (o confiar/se) en el refranero tenemos ejemplos como los siguientes:
   Fía, fía, pero sólo en Dios y en Santa María.
   Fiar en Dios y en otro no.
   Fía mucho, pero no de muchos.
   Fiarse: No de ojos que lloran, sino de manos que laboran.
   Sólo has de fiar del que comió contigo una fanega de sal.
   Quien en el mundo fía, camina sin guía.
   Quien del traidor se fía, lo sentirá algún día.
   Quien fía de un amigo vil, testigo busca contra sí.
   No hay necio que no sea confiado, pues queda para majadero quien se fía ligero.
   A muchos perderse vi, por mucho fiar de sí.
   A quien de otro se fía, válganle Dios y Santa María.
   Confianza sin tasa empobrece tu casa.
   Por la puerta de la confianza se cuela la mala crianza.
   A muchos perderse vi, por mucho fiar de sí.
   Amistad con cuatro, junta del diablo si es de beatos (santurrones).
   Amistad con todos; confianza con pocos.
   Amistad, pero sin mucha familiaridad.
   A quien mal canta, bien le suena; porque si mal le sonara, no cantara (refrán que pone de manifiesto la excesiva confianza que tiene algunas personas en sí mismas).
   Creer con ligereza, gran torpeza.
   El confiado sale burlado, y el desprevenido queda lucido.
   El más avisado se ahoga en el vado.
   El que en sí confía, yerra cada día.
   No se ha de dar a la dueña tanta mano como se toma de ella.
   Trata con tus amigos en la plaza y no los lleves a casa.
   Ni fía, ni porfía, ni entres en cofradía.
   No te fíes de ligero, que es falso el más verdadero.
   Quien tiene amigo dudoso, duerma con un ojo y vele con el otro.
   No te fíes de villano ni bebas agua de charco.
   Necios y gatos son desconfiados.
   A cordero extraño no agasajes en tu rebaño.
   Al hombre y al fuego con recelo.
   Al que nunca bebe vino no le fíes ni un comino.
   Amigos de muchos años dan los desengaños.
   Amistad rehecha, siempre vive en sospecha.
   A otro perro con ese hueso; que yo roído le tengo.
   Aunque pinte santos el diablo han de ser malos.
   Bajo su sola fe a nadie creeré (pues se requieren las obras).
   Bien lo dijo Jeremías: “Maldito el hombre que del hombre se fía”.
   Bueno es fulano, hasta ver lo contrario.
   Caras vemos, corazones no conocemos = las apariencias engañan.
   Con amigos del plato, poco o ningún trato.
   Cree sólo lo que vieres y no todas las veces.
   De lo que no veas, ni la mitad creas.
   Cuando la rana tenga pelo, seréis vos bueno.
   Cumple con todos y fía de ti solo.
   Del santo me espanto, del pillo no tanto.
   De tu dinero no hagas a nadie cajero.
   Dios me guarde del hombre de bien, que del malo yo me guardaré.
   En cojera de perro y lágrimas de mujer no hay que creer.
   En nuevo amigo y en vieja casa no pongas tu confianza.
   Entre amigos, viejo o mozo, abre los ojos.
   Entre amigos, un notario y dos testigos; y entre hermanos, cuatro testigos y dos notarios.
   Fe en Dios, y en los hombres no.
   Fía de todas las cosas poco; que fiar mucho es de loco.
   Fiar en Dios; prestar paciencia, y dar los buenos días, y esto a quien lo merezca.
   Guárdate, moza, de promesa de hombre que como cangrejo corre.
   Hombre que tiene canas no cree en solas palabras.
   La vista hace fe y no de oídas lo sé (un refrán como otros que le hubiera pegado al apóstol Santo Tomás, y este otro mucho más: “lo que me cuentan no creo, sino lo que veo”).
   Los amigos reconciliados, quedan recelosos y desconfiados (a no ser que tal reconciliación sea verdadera, en profundidad, la cual ¿es fiable?).
   Mira bien lo que haces y no te fíes de rapaces.
   Ni del mozo fiar ni del viejo esperar.
   Ni para mozo hay mal cocinero, ni para viejo fiel despensero.
   No creas al de la feria que viene, sino al que de ella vuelve.
   No creas en el santo si no vieres el milagro.
   No te fíes de burra que trota.
   No te fíes del hombre que siempre sonríe.
   No te fíes del enemigo que duerme.
   No te fíes de niebla, ni de promesa de suegra.
   No son todos ruiseñores los que andan entre las flores.
   Quien da lo que tiene antes de la muerte, merece que le den con un canto en los dientes.
   Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro.
   Si quieres que yo te cante, la paga por delante.

GAFAR O SER GAFE

   Consiste en transmitir o comunicar mala suerte a alguien o a algo haciendo que no salga bien o no resulte como sería deseable. Pero si te consideras con mala suerte, piensa que aún te podrás ver con la buena y con la mejor. No pasa nada; y si pasa, sea lo que sea o quien sea, se le saluda. De todos modos, no digas nunca “que esto no puede ir a peor”, porque sí puede (y a los hechos y experiencias me remito). Como plasmó Murphy (1918-1990) en su famosa ley: “Si hay varias maneras de hacer una tarea, y uno de estos caminos conduce al desastre, entonces alguien utilizará ese camino”.
   No está de más considerar que este verbo tiene su relación con envidiar o ser envidioso, un peligroso vicio o pecado. Sabido es que quienes se creen buenos y serviciales, siendo realmente infelices, pueden ser los mismos que te desean todos los males y hasta se alegren de que te sucedan.
   Los seres infelices critican, juzgan, tratan de amargar la vida de los demás y se creen con derecho a sus comentarios sobre la vida de los otros; hablan a espaldas de la gente y además el día que te ven resulta que hasta te saludan con agrado, un agrado ciertamente fingido, aparentando que son tus mejores amigos, pero en realidad no te desean lo mejor; son gafes y cenizos. A nadie le agrada salir, viajar, comer, hacer algo con alguien a quien se considera gafe o cenizo. Son personas que, más o menos a la larga, caen mal.
   La palabra gafe tiene su origen en el término gafo, que es una palabra que utilizamos para hablar de los enfermos de gafedad (que es un tipo de lepra, que hace encorvar manos y pies). El rechazo del gafo se pareció siempre al rechazo del leproso, del que anda mal de los nervios, del apestado…
   La palabra cenizo tiene su origen en su correspondiente mala hierba, la planta que lleva ese nombre, que no tiene propiedades beneficiosas, ni utilidad positiva alguna, siendo así el hombre cenizo o la mujer ceniza.
   Dicen que trae mala suerte que se te cruce un gato negro, pero la mala suerte de verdad, o la peor de todas, la acarrean siempre los imbéciles. Los que creen en la mala suerte, los supersticiosos de la misma, son los que realmente traen mala suerte. Nada es cosa o resultado de los días martes y 13.
   No dejes nuca de luchar por lo que más quieres, pues la mala suerte ya se cansará y te dejará proseguir en paz.
   De Rosa Montero, sobre los gafes y la mala suerte, es lo que sigue (publicado en el diario El País, 23 de octubre de 2005, sin que aquí lo transcriba al completo): Una de las supersticiones más extendidas en nuestro país, aunque poca gente hable de ello de manera abierta, es la creencia en los gafes, es decir, en aquellos individuos que, supuestamente, funcionan a modo de pararrayos negativo, atrayendo todo tipo de desgracias sobre las personas que les rodean, sin que ellos sufran por lo general el menor daño. Los gafes muy notorios, en fin, pueden dañar incluso en la distancia, con la mera pronunciación de su nombre o la visión de una foto suya. El miedo al gafe suele abundar en los medios artísticos, en el teatro, el cine; en las actividades en las que uno arriesga mucho en un breve instante, como en el mundo taurino o el deportivo, y yo diría que, en general, se da más en Andalucía que en el Norte de España. ¡Prejuicios de la vida! Pero hay crédulos en casi todas partes.
   Pero “hijos como somos del azar, no podemos controlar”. Asombra comprobar cuánta gente culta, inteligente, preparada y eminentemente racional cede a la tentación del miedo al gafe. Cuando surge la conversación (y surge poco, tal vez por vergüenza al propio desatino y seguramente por precaución, porque mencionar al gafe atrae maleficios), todos suelen disculparse: “No, yo no es que crea, pero es que Fulanito de Tal es tremendo, no sabes las cosas que pasan en cuanto que aparece… Y, por si acaso…”.
   Lo que sigue, sobre la buena y la mala suerte, es de Remedios Falaguera, sacado de la web buenasideas.org (con las tres w por delante), categoría educación (publicado a 19 de junio de 2007). Viene a decir Remedios que, no obstante los argumentos al respecto, jamás ha creído en la existencia de personas gafes que atraen a la mala suerte, y mucho menos que esas personas pudieran contagiarla a los que están en su entorno. Es mejor suponer –creyendo en la divina providencia– que Dios sabe disponer todas las cosas para el bien de sus hijos.
   Un antiguo relato chino cuenta la historia de un anciano campesino que tenía un viejo caballo para trabajar su campo. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano lo supieron, se acercaba para condolerse con él.
   –¡Cuánto lamento su desgracia! –le decía cada cual.
   –¡Qué mala suerte! –añadían.
   Pero el labrador les contestaba: 
   –¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Sólo Dios lo sabe!
   Una semana después, el caballo regresó de las montañas trayendo consigo una manada de caballos y potros salvajes. Entonces los vecinos fueron juntos a visitar al campesino, diciéndole:
   –¡Ahora sí que hay motivos para felicitarlo! ¡Está usted con suerte y es afortunado!
   Pero el anciano respondía lo mismo, planteando iguales preguntas:
   –¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Sólo Dios lo sabe!
   El hijo del anciano labrador intentó domar uno de los potros salvajes. Se cayó y se rompió una pierna. Y entonces el vecindario le decía al campesino:
   –¡Qué mala suerte! ¡Este accidente sí que es una verdadera desgracia!
   Pero no pensaba así el viejo campesino y se limitaba a decir:
   –¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Sólo Dios lo sabe!
   Una par de semanas más tarde se supo que el emperador había declarado la guerra. Una patrulla de soldados entró en el pueblo reclutando a todos los jóvenes que estaban en condiciones de enrolarse en el ejército. Cuando vieron al hijo del viejo labrador con la pierna rota, pasaron de él y le dejaron tranquilamente en paz. Entonces las personas del pueblo se acercaban a su viejo y sabio vecino, preguntándole:
   –¿Habrá habido buena suerte o mala suerte?
   Todo lo que a primera vista parece un contratiempo, puede ser una realidad disfrazada de bien, algo que esconde u oculta un bien. Y lo que parece bueno a primera vista, puede ser realmente dañino o contraproducente. Así pues, será más sabia y conveniente la actitud de creer en la divina providencia, que dejemos decidir a Dios sobre lo que es mala o buena suerte. Dios no quiere nada malo para nosotros.

RABIAR

   Rabiar es padecer la rabia, una enfermedad y psicológicamente un defecto, una carencia de paz… De otra parte o en esta misma línea, sobre todo en nuestras frustraciones, rabiar significa tener y mostrar mucho enfado, ira, enojo, vehemente impaciencia, cólera, indignación… Estar a rabiar con alguien es tenerle mucha aversión, oposición, desavenencia, desacuerdo, odio…

  Contra la rabia, o para curarla, el mejor remedio será siempre un vivo y práctico sentido del humor. He aquí algunas frases o expresiones al respecto, invitaciones a que –sin ofender– te rías hasta de ti mismo o sobre todo de ti mismo, para que no rabies en medio de la sinrazón, etc.:
   1.- No dependas de nadie en este mundo, no te fíes con ligereza de nadie, porque hasta tu sombra te abandonas cuando entras o permaneces en la oscuridad.
   2.- Sigue este definitorio consejo de Groucho Marx: El humor es la razón cuando la vida se ha vuelto loca.
   3.- Los sabios hablan porque tienen algo que decir. Los tontos hablan porque tienen que decir algo (Platón).
   4.- ¿Por qué cuando cogemos una caja de medicamentos, por muchas vueltas que le demos, siempre la abrimos por el lado que no es y aparece el prospecto ahí doblado?
   5.- Tengo que ir al oculista, pero nunca veo el momento.
   6.- La tontería es la más extraña de las enfermedades, el enfermo nunca sufre, los que de verdad la padecen son los demás (A. Einstein).
   7.- ¡Dios mío, dame paciencia! ¡¡Pero dámela ya mismo!!
   8.- No te tomes la vida tan en serio, pues al fin y al cabo, con o sin cachondeo, no saldrás vivo de ella.
   9.- Me da rabia que me cuenten un chiste y me dejen a medias, pero más rabia me da que me dejen a medias y me cuenten un chiste.

º   º   º

DAÑAR

   Este verbo transitivo, proveniente de etimología latina como damnare, significando condenar, se usa para determinar la pretensión de causar un mal, hacerlo, producirlo, provocarlo…, con la voluntad o intención de perjudicar, deteriorar, lesionar, romper, estropear… Así, lo dañado es algo roto o desmejorado, como cuando se dice que el fuego dañó gravemente el edificio, que la desnutrición dañó la salud de la población, el golpe dañó el cerebro, etc. Muchas cosas, por ejemplo la reputación, la amistad, una relación, la autoestima, etc., pueden resultar dañadas. Humillar siempre suele causar daño, pero también adular. Daña todo lo que es falso, engañoso, mentiroso, abusivo… Humillar a otra persona no te convierte en alguien más fuerte, más poderoso o superior a los demás; sólo te convierte en un miserable, en alguien rastrero, en hiriente…
   Con nuestras palabras como con nuestros besos y con nuestras caricias podemos mostrar mucho amor, pero también podemos excedernos y dañarnos, sobre todo con expresiones y gestos que son realmente perjudiciales.
   Si quieres a tu hijo (o hija) realmente feliz, de saludable autoestima, tenlo en cuenta. No anules ni avasalles sus emociones. Una ternura entre firmeza y suavidad evitará muchos daños, tal vez irreversibles, o irremediables, o irrecuperables si se dan.
   La persona dañada suele dañar o dañarse. Es asunto a considerar desde la psicología y la psiquiatría. El dañarse o el ser persona dañina puede responder a problemática escondida o agazapada en la personalidad ya de por sí dañada o maltrecha. Una forma de daño es el producido por la severidad. Y la severidad siempre daña.
   Pero también puede dañarte lo que en principio no lo parece. Alguien puede parecerte amable, pero en realidad habrá de hacerte daño. No te fíes, pues. Hay, o puede haber, mucho de fachada ocultando oscuras intenciones. Aunque parezca hacer el bien o hacerte bien, hay quien realmente hace el mal y te puede causar un daño inmenso. Los hay más falsos que Judas. O más dañinos que el Maligno, seductor y enemigo…
   Tener miedo, precaución, andarse con cuidado, no correr riesgos innecesarios, ser precavidos, prudentes, listos, astutos, temerse a veces lo peor…, aunque parezcan emociones negativas son sin embargo necesarias, pues necesitamos supervivencia, no meternos en líos innecesarios. Hemos de cuidarnos, tener cuidado, para no sufrir daños, para no resultar dañados. Fiarnos y alimentar la confianza no es fácil. Saber vivir no es sencillo del todo. Y nos va la vida en ello. Siempre puede haber algo por lo que nuestra vida o algún asunto importante de la misma se vayan a la mierda.
   De otra parte o en otro orden de cosas, tomando en consideración el punto de vista bíblico, pueden verse sobre el verbo dañar, por ejemplo, los capítulos 9 y 11 del Apocalipsis, sobre peligros, plagas dañinas, castigos y azotes, avivándose en todo la esperanza que Dios ofrece ante toda dificultad, adversidad, oposición, persecución, etc. Y luego acabamos con lo que sigue.

CANCIÓN

(Puede encontrarse en la Liturgia de las Horas)
No es lo que está roto, no,
el agua que el vaso tiene;        
lo que está roto es el vaso,
y el agua al suelo se vierte.
No es lo que está roto, no,
la luz que sujeta el día;
lo que está roto es su tiempo,
y en la sombra se desliza.
No es lo que está roto, no,
la caja del pensamiento;
lo que está roto es la idea
que la lleva a lo soberbio.
No es lo que está roto Dios
ni el campo que él ha creado;
lo que está roto es el hombre
que no ve a Dios, en su campo.
Emilio Prados (1899-1962, poeta de la Generación del 27)
 
   Una de las características de la generación del 27, que era entroncar la vanguardia lírica, en particular el surrealismo, con el tradicionalismo poético, en especial el ubicado en el folklore popular y las imágenes andaluzas, es muy apreciable en la primera época de Emilio Prados significada en “Tiempo”. (Este comentario proviene de la página AlohaCriticón que se encuentra en Internet sobre cine, música y literatura).
   Con la llegada de la República y su sentir libertario sus textos se manifiestan en su vertiente más social y política, prosiguiendo con elementos vanguardistas y una mayor incidencia en el surrealismo. “Cancionero menor para los combatientes” se encuentra en esta etapa.
   Después de exiliarse en México y desde un carácter independiente, Prados se vuelca en posturas de mayor calado metafísico y un tono pesimista con temas recurrentes como la muerte, la soledad, la nostalgia o el sueño, que, como gran parte de su obra, establece ligazones líricas entre vida, muerte y naturaleza. “Jardín Cerrado” es uno de los títulos claves de este período.
   Como ejemplo de su obra elegimos “Dormido En La Yerba”, incluido en “Jardín Cerrado”, probablemente su obra cumbre:
Todos vienen a darme consejo.
Yo estoy dormido junto a un pozo.
Todos se acercan y me dicen:
-La vida se te va,
y tú te tiendes en la yerba,
bajo la luz más tenue del crepúsculo,
atento solamente
a mirar cómo nace
el temblor del lucero
o el pequeño rumor
del agua, entre los árboles.
Y tú te tiendes sobre la yerba:
cuando ya tus cabellos
comienzan a sentir
más cerca y fríos que nunca,
la caricia y el beso
de la mano constante
y sueño de la luna.
Y tú te tiendes sobre la yerba:
cuando apenas si puedes
sentir en tu costado
el húmedo calor
del grano que germina
y el amargo crujir
de la rosa muerta.
Y tú te tiendes sobre la yerba:
cuando apenas si el viento
contiene su rigor,
al mirar en ruina
los muros de tu espalda,
y, el sol, ni se detiene
a levantar tu sangre del silencio.-
Todos se acercan y me dicen:
-Tú duermes en la tierra
y tu corazón sangra
y sangra, gota a gota
ya sin dolor, encima de tu sueño,
como en lo más oscuro del jardín, en la noche,
ya sin olor, se muere la violeta.-
Todos vienen a darme consejo.
Yo estoy dormido junto a un pozo.
Sólo, si algún amigo mío
se acerca, y, sin pregunta
me da un abrazo entre las sombras:
lo llevo hasta asomarnos
al borde, juntos, del abismo,
y, en sus profundas aguas,
ver llorar a la luna y su reflejo,
que más tarde ha de hundirse
como piedra de oro,
bajo el otoño frío de la muerte.
 
 

FIDELIZAR:

EL CORRECTO Y AFECTUOSO ARTE DE ATENDER BIEN

 

   Fidelizar es conseguir, de diferentes modos o de la mejor manera posible, que los empleados y clientes de una empresa permanezcan fieles a ella, que no se te vayan, que no se te espanten, que no los pierdas. Se trata de conseguir que vuelvan los clientes que probaron tus servicios, tus productos, tus atenciones.
   ¿Cuál es la mejor forma de fidelizar clientes y hacerles volver? Así es la respuesta en
https://jorgecruzmartin.com/fidelizar-clientes-en-hosteleria/:
   La anécdota
   Recientemente he estado en un restaurante que me han recomendado en un post especializado que recibo cada semana.
   Es un establecimiento con una oferta de producto que me encaja y que quería probar.
   Este local se encuentra en el centro de la ciudad y tiene a su alrededor una fuerte competencia de muy alto nivel.
   He de reconocer que no los conozco a todos, ni mucho menos, por lo que supongo que los habrá mejores y peores.
   El hecho es que tiene competencia más que potente. Locales pegados puerta con puerta y hay muchos.
   Este negocio en concreto tiene una decoración atractiva y un montaje muy correcto. Te puede gustar más o menos, pero no creo que sea motivo de queja por parte de nadie.
   Como he comentado, acudí por su producto, el cual me recomendaban.
   Los hechos
   Al entrar y saludar al personal que tenía enfrente, nadie me respondió, ya que estaban enfrascados en otros temas mirando unos papeles.
   Tuve que volver a saludar y preguntar directamente si podía sentarme a picar algo en la barra y entonces ya sí, tuve la suerte de que me prestaran atención y me atendieran.
   He de decir que era la hora de comer, que la ocupación de la sala estaba por debajo de la mitad y en la pequeña barra solo había otra persona.
   He de reconocer que el producto estaba a la altura de la recomendación y que sus precios son más que razonables.
   Cuando la expresión no es la correcta
   El servicio durante la comida, digamos que fue correcto. En un momento determinado en el que buscaba a alguien para que me trajera un café, una de las personas responsables se dio cuenta y aviso a un camarero para que me atendiera.
   Éste se dirigió a mi diciéndome que qué me pasaba. La expresión exacta fue ¿Qué es lo que le pasa?
   Lo cierto es que a mí, pasarme no me pasaba nada, simplemente quería un café y la cuenta y así se lo explique al camarero.
   Después me trajeron la cuenta y en ella había un error, ya que me estaban cobrando una ración de pan que yo no había consumido.
   Estaba simplemente picando algo en la barra y no sentado en una mesa, para lo que había pedido no lo necesitaba y el pan no me lo pusieron en ningún momento.
   Se lo hice saber al camarero para que me rectificara la nota y me dijo que no había problema, que lo cargaban prácticamente por inercia.
   Me lo descontó al cobrarme pero el ticket no se molestó en modificarlo, supongo que debía suponer un esfuerzo mayor de lo aceptable.
   Pagué y me fui.
   El resultado
   Puede que esta anécdota te parezca que no tiene mucha importancia, o que yo puedo ser un tanto quisquilloso.
   Puede que estés en lo cierto, pero hay algo que está claro y es que yo salí del establecimiento con la sensación de ser mal atendido y desde luego no me quedó buen sabor de boca a pesar de que el producto era estupendo.
   Y mi reflexión fue que es una pena, un local que tiene una decoración y una personalidad peculiar, un nombre conocido, con un producto muy bueno, con prestigio incluso y sin embargo… ¡qué mal atendido!
   Las conversaciones constantes y en voz alta del personal acerca del trabajo y lo que les viene encima esa noche.
   Detalles de funcionamiento que no parecían lógicas, como a una mesa de 10 extranjeros que venía a degustar el plato típico de Madrid: se les hizo salir a la calle porque no tenían la mesa lista, para a los cinco minutos volverles a hacer entrar.
   Un señor haciendo una instalación eléctrica a la entrada, en hora punta de trabajo, con las herramientas y aparatos, circulando por dicha entrada.
   Y todo esto apareciendo como algo normal, sin importancia; yo creo que es su forma habitual de trabajar y debe ser que no les afecta al funcionamiento, que así lo consideran.
   Lo que realmente fideliza
   Yo sigo creyendo, y lo digo por experiencia, que lo que más fideliza a un cliente y lo que más le hace volver es cómo se le atiende.
   Indudablemente, el producto es vital, pero la atención lo es al mismo nivel. Y ahora es imprescindible.
   Claro que se pueden hacer otras muchas acciones (y hasta metodologías o estrategias de acertado marketing) para retener y atraer a un cliente, y hay que tenerlas en cuenta, desde luego, como pueden ser las invitaciones u otros detalles, promociones y otros incentivos, depende de tu filosofía de trabajo, pero ninguna es en general y en concreto tan eficaz como el trato.
   No hay nada que te deje mejor sabor de boca que la forma en la que te han atendido y cómo te han hecho sentir y disfrutar del producto que ofrecen.
   Y creo que esto es general para todos los clientes.
   Yo siempre he creído y he tenido la sensación cuando trataba directamente con el público que el cliente lo que quiere es que le quieras. Y esto te puede sonar a “sí, claro, lo que me faltaba”. Pero es una realidad.
   Cuando la atención en un establecimiento es correcta y con un poco de esmero el cliente vuelve, no hay nada que fidelice tanto a los clientes como el trato que se les ha dispensado.
   Lo que prevalece frente a los cambios
   La mencionada atención resulta cada vez más imprescindible, cuando los hábitos de consumo están variando, el cliente está cambiando y surgen nuevas fórmulas, nuevas propuestas que modifican la forma en que consumimos.
   Cada vez hay más público, nuevos consumidores, quienes prefieren consumir en casa y recurre a la comida para llevar antes que pagar más por acudir a un establecimiento. Esto es una realidad ahora mismo.
   Cuando además tienes una competencia de un excelente nivel de funcionamiento, buen producto y adecuada oferta, lo que va a diferenciar a unos establecimientos de otros será la atención al cliente que le prestes cuando entre en tu negocio.
   Conocer al cliente y saber lo más posible de él, será la herramienta más eficaz para retenerle.
   Pero parece que muy pocos valoran este aspecto, ya que es uno de los temas en los que más fallan los establecimientos.
   Difícil, pero se puede conseguir
   Sé que es un tema difícil de controlar y de conseguir que se haga con acierto, pero siempre serán los establecimientos que apuesten por la atención al cliente aquellos que sigan adelante con la rentabilidad adecuada, resultando exitosos.
   Es un esfuerzo que al final tiene su recompensa segura. Es la mejor inversión con diferencia en tu negocio.
   El hecho de que ahora tu negocio funcione estupendamente no es razón para que se descuide el trato o buena atención, uno de los elementos que van a ser vitales para sacar adelante el negocio, en progreso y prosperidad. No se descuide ningún elemento, recordando siempre que lo primero es el cliente.
   Y es que al final, en todos los sectores, sean de lo que sean, lo que realmente es importante son las personas y la forma en que te relaciones con ellas y esa relación es la que marcará los resultados.

 

 

IDIOTIZAR

   Consiste en hacer que alguien adquiera el comportamiento propio de un idiota. Es lo mismo que atontar, aturdir, atolondrar, entontecer. La televisión puede o suele ser una experta en idiotizar a mucha gente (manipulable). El idiota siempre simplifica y generaliza, asumiendo los tópicos del pensamiento único, tendencioso, sesgado, reduccionista, etc. La mentira tiene las patas cortas, pero los idiotas tienen explicaciones largas, reiterativas, no desgajadas de las mentiras que asumieron sin discernir.
   La gente está imbuida hasta tal extremo en el sistema establecido, que es incapaz de concebir alternativas a los criterios impuestos por el poder.
   El idiota o tonto –palabras con las que también insultamos o con las que hacemos juicios negativos contra alguien– significa escasez de entendimiento. Hacer el tondo es engreírse sin fundamento. Idiota o tonto viene a ser egoísta, encerrado en lo suyo, en sus tonterías. Un tonto tiene sus manías, por ejemplo la manía de regar cuando está lloviendo.
   ¡Qué peligroso es que un tonto o idiota está el frente de algo! No hay arma más letal y dañina que un idiota con poder. De una persona idiota, ¿qué se puede esperar? Difícilmente puede ser buena una persona idiota. Y circula por ahí la frase que dice: “Ser bueno no es sinónimo de ser idiota, ser bueno es virtud que algunos idiotas no entienden”.
   Con un mínimo de inteligencia puede detectarse la idiotez, porque un burro puede fingir ser un caballo, pero tarde o temprano rebuzna.
   Discutir con idiotas no conduce a nada, siendo lo mejor cortar cuanto antes una besuguera conversación.
   Dicen que el cerebro nos funciona hasta que nos enamoramos. Además de la experiencia, lo sabe mucho el llamado periodismo rosa, del corazón y del espectáculo.
   Al poder le interesa mucho el entretenimiento vacío, el suave embrutecer la sensibilidad social, acostumbrando a la vulgaridad, al hecho de hacer valer la estupidez, hacerla ver como la cosa más normal y graciosa del mundo, todo ello incapacitando para que las personas puedan lograr una conciencia crítica de la realidad. Idiotizar es aborregar. Hoy aborregan mucho los nacionalismos (ya lo vienen haciendo desde hace mucho tiempo). ¿Por qué no reclamamos mejor la soberanía racional? ¿Por qué está ganando tanto terreno la soberanía emocional? ¿Por qué no ponemos las cosas moralmente en su sitio? ¿Qué es lo que nos hará más felices de verdad?
   Dicho entretenimiento vacío se vale del lenguaje y del comportamiento zafio, irrespetuoso, vociferante. Es la difusión de una cultura de la subcultura, si así puede decirse. Se promueve la basura, acallando lo digno, lo difícil, lo esforzado, lo virtuoso de verdad. En la cultura líquida, prevalece la bazofia, aunque se revista de psicología, de entidades de expertos, etc.
   Idiotizar es tiranizar, resignar, hacer conformistas, amoldar… El sistema establecido para idiotizar es muy sutil, enhebra bien las estupideces para forjar estructuras mentales inconsistentes. Catequista de todo esto es la televisión y tantos otros medios y recursos de la así llamada cultura dominante, manipulable, enajenante, obscena.

 

¿Borregos idiotizados?

 

   Lo cierto es que, mientras avance la tecnología o se imponga la ciencia, nadie lamentará el retroceso del pensamiento, ni la pérdida del razonable humanismo.
   También idiotiza el nacionalismo y el totalitarismo exacerbado que conlleva, la ideología supremacista… El idiota se obsesiona con el idioma y con la idiosincrasia, creyéndose falsa e identitariamente superior a los demás. El idiota sufre la inmadurez del tonto, la cerrazón del paleto. Como ya señaló Albert Einstein, “el nacionalismo es una enfermedad infantil”, un infantilismo crónico, caprichoso, egoísta, insolidario de por sí. “Nacionalismo es la convicción que tienen los idiotas de que un país es el mejor del mundo sólo porque ellos han nacido en él” (B. Shaw). “Mientras menos logros alcance un político, más se abrazará a una bandera” (Chesterton).

 

 

 

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PACIFICAR

 

   Es establecer la paz donde hubo guerra o discordia, hacer volver a la buena convivencia y armonía de relaciones entre quienes personalmente o en familias o en bandos o socialmente vivían bajo tensiones y conflictos, crispados y agresivos, etc. En muchos casos, pacificar equivale a reconciliar.
   También vale decir pacificarse, en el sentido de calmarse, tranquilizarse, dejar de estar alterado o alterada. Se puede habar de apaciguar el ánimo o los ánimos. Equivale también para cuanto estuvo destacadamente agitado o desarbolado, como cuando se dice que “se apaciguaron las olas, los vientos”, etc.
   ¿Cómo ser buenos pacificadores? ¿Qué hacer para construir la en medio de la violencia o cuando ésta predomina? Porque resulta que sin la paz no vivimos bien ni se desarrolla un país, ni ningún lugar del mundo.
   Previamente a cualquier planteamiento sobre la paz hemos de saber definirla: ¿Qué es la paz? Según el Diccionario (RAE) la paz es: 1) Situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países. 2) Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos. 3) Acuerdo alcanzado entre las naciones por el que se pone fin a una guerra… 4) Ausencia de ruido o ajetreo en un lugar o en un determinado momento. 5) Estado de quien no está perturbado por ningún conflicto o inquietud (disfrutando de tranquilidad, de una paz profunda, etc.). 6) Un rito litúrgico, por el que en una celebración, destacadamente la Misa o Eucaristía, la asamblea se desea y comparte la paz, o se la distribuye por así decir mediante el portapaz (una placa ya en desuso, pero que tuvo su importancia en las Misas de solemnidad).
   Sobre la paz usamos muchas expresiones en nuestra comunicación.
   “Daos fraternalmente la paz”.
   “A la paz [o con la paz] de Dios”.
   “¡Haya paz!”.
   “Firmar la paz”.
   “Fumar la pipa de la paz”.
   “Anda la paz por el coro”.
   “Aquí paz y después gloria”.
   “Con la paz sea dicho”.
   “Déjale en paz, déjame en paz”, etc.
   “Descanse en paz”.
   “Hacer las paces”.
   “Ponte en paz, pongámonos en paz”.
   “Ser o venir alguien de paz, en son de paz”, etc.
   “Irse en paz”.
   “Enarbolando la bandera de la paz”.
   “Queda en paz”.
   “Darse el beso de la paz”.
   “Comparecer ante el juez de paz, en el juzgado de paz”, etc.
   “No hay un camino para la paz, pues la paz es el camino”.
   Evitando todo lo malo, que va desde el chismorreo a los crímenes y a las guerras, construyamos la paz, fruto de la justicia, emanando del respeto, del renunciar a la ira y a las ambiciones, etc.
   Nunca la paz significó ni representó el silencio y la quietud de los cementerios. Eso no es paz. La paz es un estado social en el cual todos nos sentimos protegidos, bendecidos, seguros de que el ejercicio de nuestros derechos no será vulnerado por ninguna autoridad, y que, si la autoridad se extralimita, habrá una segura sanción ejemplarizante y correctiva.
   Por la paz y para la paz se ciñe la autoridad y la ciudadanía a lo justamente establecido: la Constitución, las leyes, la moral, las buenas costumbres, el bien común, la igualdad, la equidad, la justa distribución de los bienes y de cuanto justamente se ha de distribuir.
   La paz es el reino de la equidad, de la igualdad de todos y esa igualdad sólo se logra en el marco del respeto y del reconocimiento de los derechos iguales de todos y para todos. La paz es fruto de la buena interacción humana. La paz es el resultado de no robar.
   La paz ha de comenzar por uno mismo (o una misma), en conversión o en los mínimos y máximos principios éticos y morales. ¡Ya lo creo! Sobre todo si te consideras creyente, pero no sólo en este supuesto.
   Para reducir y erradicar la violencia en el mundo, comienza tú por renunciar a la violencia.
   No maltrates ni explotes a nadie; renuncia al desprecio, a la condena, a la tortura, a toda forma de abuso.
   Defiende los derechos a todos los niveles, no sólo a nivel propio, para que la mejor justicia y desarrollo llegue a todo el mundo.
   No estés a favor de la abusiva carrera armamentística ni seas indiferente a las formas de delincuencia organizada.
   No te dejes llevar por la corrupción ni caigas en la tentación del soborno bajo ninguna de sus formas.
   Busca la transparencia y la responsabilidad en todo.
   Garantiza la adopción de decisiones inclusivas, participativas y representativas que respondan a las necesidades de los demás y a todos los niveles.
   Gestiona y administra bien, procediendo moralmente en todo.
   Promueve la aplicación de leyes y políticas no discriminatorias, las que favorezcan el desarrollo ecológico y sostenible.
   Como a modo de revisión o test y hasta de examen de conciencia, cabe que te preguntes: ¿Qué hago yo para el logro o la consecución de la paz? ¿Me formo y me esfuerzo por entender o comprender en profundidad acerca de la justicia, la equidad, la inclusión, la verdadera política encaminada a la paz? ¿Conozco lo que hacen otras personas o grupos al respecto? ¿Es mi voz realmente profética o desde las bienaventuranzas evangélicas sobre la paz? ¿Estoy al tanto de las personas y situaciones que sufren injusticias, no habiendo paz en esas personas y situaciones? ¿Qué hago al respecto? ¿Cómo me comprometo? ¿Qué aporto en las instituciones para educar y sensibilizar en la paz? ¿Es los mismo ser constructor o constructora de la paz que ser pacifista? ¿Equivale la no violencia al pacifismo? ¿Estoy al tanto de cómo funciona la justicia, la policía, la instituciones penitenciarias al menos en mi entorno? ¿Qué hago o aporto al respecto? ¿Cultivo en mí la paz interior? ¿Tengo aguante y paciencia en mi desenvolverme solidario y sin egoísmo? ¿Tengo dominio de sí, control y buena gestión de mis emociones? ¿Llevo una vida ordenada? ¿Realmente me preocupo y trabajo por la paz?
   Todos llevamos el desorden y la guerra en el corazón, pues somos pecadores. Desarrollamos las guerras en nosotros mismos, en nuestras casas, en nuestras familias, entre nuestros amigos, en nuestros lugares de trabajo… y esas guerras va a más, hasta hacerse mundiales.
   La Sangre de Cristo, Sangre de la nueva y eterna Alianza, derramada por nosotros para el perdón de los pecados, es la que logra y nos da la paz. Las otras sangres, de tanto daño y de tantas víctimas, son las de las violencias y las guerras. Son las sangres de muerte y no la Sangre de Cristo que Resucitó y nos alcanzó la vida eterna. La paz no es la ausencia de problemas, es la presencia de Cristo (Sheila Walsh).
   La paz es don de Dios y tarea nuestra. Construirla es también consolidarla, para lo cual se tienen que diseñar las correspondientes actuaciones. Es importante fortalecer las capacidades nacionales para cuando surge tener que gestionar una crisis (o las crisis que se presentan), en primera lugar sin negarla cuando surge, siendo fundamental prevenir los conflictos, hacer que no deriven en violentos. Han de crearse o procurarse las condiciones políticas, sociales, económicas y jurídicas necesarias para que la paz se duradera. El diálogo construye la paz. El diálogo no ha de ser frívolo, ni que se pierda en teorías, filosofías, profundidades no pragmáticas, espiritualismos…
   El proceso que conduce a la paz, amplio y complejo, nada fácil a veces y prolongado en el tiempo, se enmarca o se recorre en dos marcos o ejes: 1) Prevenir y gestionar los conflictos; 2) rehabilitarse del postconflicto o superarlo una vez que éste ha pasado.
   La prevención y la gestión de los conflictos implican analizar bien las causas de la violencia generada planteando adecuadamente las intervenciones necesarias para evitar consecuencias o guerras mayores, evitando que se llegue a un conflicto armado. Dentro de este eje se encuentran las estrategias para ponerle fin a los conflictos existentes o que permitan que las tensiones existentes se resuelvan a partir de diferentes mecanismos como las acciones de diplomacia que puedan contribuir a detener la escalada de la violencia, la mediación y la negociación de los correspondientes acuerdos de paz.
   En cuanto a la rehabilitación postconflicto, hay que decir que implica, en el inmediato o corto plazo, sin dar largas demasiado, un conjunto de mecanismos de justicia transicional, de ineludible reconstrucción de la memoria histórica, de reparación de las víctimas, de desmovilización, desarme (entrega de las armas), reintegración y, por supuesto, reconciliación, siendo de todo deseable el pedir perdón y el perdonar. En el medio y largo plazo están las medidas para el logro de una paz duradera, las medidas que permitan abordar las causas históricas que originaron el conflicto armado y sentar los cimientos sociales, políticos y económicos para el mencionado perpetuar la paz (y que el conflicto o la guerra no se vuelvan a repetir). En este sentido, la rehabilitación postconflicto es también una forma de renovada prevención de los conflictos.

 

 

SABOREAR LA VIDA

   SABOREAR: Usamos este verbo para indicar que damos sabor y gusto a algo, que sentimos ese sabor y ese gusto disfrutándolos con sencillez y fruición. Saborear es percibir detenidamente y con deleite el sabor de lo que se come o se bebe. Hemos de referirnos sobre todo a saborear la vida, sus pequeños y sabrosos placeres, el sentido de cuanto vivimos o nos alegra. También se saborea un paisaje, o unas vistas, paseando, o la oración y la plegaria rezando.
   En cuestión de comida y restauración u hostelería existe el “slow food”, el comer lento, despacito, a lo que ahora dedicamos un poquito nuestra atención. Merece que así lo hagamos. Es una buena manera, otra más, de saborear la vida, de retornar sanamente a la infancia, en vivencia psicológica sin igual.
   ¿Conoces la escena de la película de animación Ratatouille (de 2007) en la que el crítico gastronómico prueba el famoso plato elaborado a base de hortalizas y su sabor le hace viajar a la infancia? Con esta referencia cinematográfica, Jorge Hernández, fundador de Slow Food España y presidente del convivium de Zaragoza explica (como dice Isabel Esteban en es_Cultura /05/05/2016, USJ Magazine) la desaparición de las tradiciones gastronómicas y el desinterés general por el origen y sabor de los alimentos. “Actualmente un niño no conoce el sabor de las hortalizas”, explica Jorge Hernández en referencia a la película (aconsejable de ver).

 

Famosa escena de la película en la que el crítico Anton Ego regresa en sueños a la cocina de su madre
   En un mundo en el que las prisas devoran el día a día, surgen movimientos que invitan a rebajar el ritmo, a pensar en otra dirección fomentando una vida más creativa, de valores más elevados o estimables y sin prisas. Así expone Jorge Hernández la finalidad de Slow Food, una filosofía que surgió en Italia en 1986 gracias al periodista Carlos Petrini, que desarrolló este concepto como protesta a la apertura de un McDonals en la plaza de España en Roma.
   En 1989 se constituyó en París la red del movimiento Slow Food, que hoy en día (primeras décadas del siglo XXI) está formada por más de 100.000 asociados organizados en 1.500 núcleos locales, más conocidos como convivium, en 160 países de todo el mundo.
   Este movimiento (slow) surgió en relación con la comida, pero pasando el tiempo se ha ido extrapolando también a otros ámbitos, convirtiéndose en toda una filosofía que persigue mejorar la calidad de vida con la mirada puesta en el origen de los productos, de lo que consumimos.
   El presidente del convivium de Zaragoza, Jorge Hernández, sin prisa, nos explica cómo ha ido surgiendo el movimiento en nuestro país. “En noviembre de 2003 se constituyó en la zaragozana Casa Pascualillo el Slow Food España. Al principio éramos 12 ó 13 personas y poco a poco empezaron a emerger grupos con mucha más fuerza”. Según Jorge, Slow Food se ha convertido en “la mayor organización alimentaria mundial de participación ciudadana presente en 160 países donde la gente aprende de las culturas alimentarias y se incentiva el conocimiento de sus productos haciendo un llamamiento a la biodiversidad”.
   Desde el núcleo de Zaragoza se trabaja por lanzar una restauración colectiva respetuosa con el medioambiente, haciendo que la comida social no se deteriore, y fomentando el consumo de productos locales y sostenibles en comedores escolares o de hospital.
   En un momento en el que nos hemos alejado de la naturaleza, cuesta distinguir los sabores originales, algo que repercute en la salud y en el medioambiente. El foco de esta situación, argumenta Jorge Hernández, se podría situar en los años setenta en un “momento en el que el crecimiento de las urbes empieza a desdibujar las tradiciones gastronómicas. Todo se empieza a estandarizar y las cadenas cobran más fuerza”.
   Desde Slow Food Zaragoza trabajan por volver a educar el sentido del gusto tan manipulado por los intereses de la industria alimentaria. Pausar, respirar, no correr, saborear, y sentir la gastronomía como un acto placentero o de buen gusto. Un granito más de arena que nos recuerda de vez en cuando que detener el reloj no es una pérdida de tiempo. Como expresa en su manifiesto la organización Slow Food España: “Contra la locura universal de la fast life, se hace necesario defender el tranquilo placer material. Proponemos como vacuna una adecuada porción de placeres sensuales asegurados, suministrados de tal modo que proporcionen un goce lento y prolongado”. Lo indica o significa el logotipo de esta organización global.

 

 

 

TÚ PUEDES SER NIÑO

   Hemos sacado cuanto sigue de unas fichas (jesusvivo) de mercaba.org., con la autoría de fray Clemente Kesselmeier (2001), México, D. F., Ediciones Dabar. Se comienza su bellísima y provechosa aportación con este preludio: ¡Renacer! Podemos emprender el maravilloso y evocador viaje de retorno imaginario a la niñez, el viaje de regreso a nuestra infancia.
   El desaliento que se extiende por el mundo contagiando a tantas familias es sólo la consecuencia de la desconexión con nuestro niño interior, la falta de armonía con nuestra infancia.
   ¡Cómo vivimos distanciados, alejados, exiliados, olvidados, alienados de este niño! O, lo que es peor, lo ahogamos, traumatizamos, lo dejamos congelar como al “patito feo del lago”. Hablo, sobre todo, del niño en la primera fase de su infancia.
   Por desgracia, hay muchos niños adultos que nunca tuvieron tiempo de vivir su infancia. Dondequiera que miremos, sentimos una presión enorme, parece que no tenemos permiso para comunicar lo que realmente somos, las emociones que sentimos, llorar y sonreír cuando tenemos deseo, contar nuestros sueños y anhelos.

 

   ¿Por qué hay tanta gente que no recuerda su infancia?
   Nunca vivieron su infancia, tenían que ser grandes y adultos, antes de ser niños.
   ¡Cuántas veces se le niega al niño el derecho de ser niño!
   Es evidente que no podemos entrar en la máquina del tiempo para volver a ser niños, pero puede renacer en nosotros el niño con sus numerosos valores.
   Ser niño no es una etapa del existir, sino que es fundamentalmente un estado de ser, una manera de ser, una actitud de ser. Es condición absoluta para entrar en el Reino de Dios, Reino evangélico de la vida, del amor y de la felicidad o bienaventuranza. La tarea más importante de nuestra vida es entrar en contacto con nuestro niño, abrazarlo, valorizarlo, vivir con él toda la vida.
   Tenemos la maravillosa capacidad de renacer cada día y transformar nuestra vida si vivimos estas recomendaciones con fe, convicción y lucidez.
   Podemos hacer florecer los inmensos dones de nuestro niño interior.
la ternura,
el entusiasmo,
la sencillez,
la confianza,
la armonía,
la sabiduría,
la felicidad.
   Todos somos hijos pródigos. El secreto es volver a casa, a nuestra identidad, nuestro hogar, nuestro paraíso. La nostalgia de nuestra infancia es la nostalgia de Dios.
   “Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3).

 

 

   La cosa más bella del mundo
    Un famoso artista, pero insatisfecho, caminaba por la ciudad buscando un nuevo motivo para su pintura que debería ser la OBRA-MAESTRA de su vida.
   Se encontró con un sacerdote:
   –Padre, ¿qué es lo más bello del mundo?
   –Lo más bello del mundo es la fe. Nuestra fe en Dios, que ilumina toda nuestra vida. Nuestra fe en la vida, que es el regalo más precioso que hemos recibido. La fe realiza milagros y hace obras-maestras. La fe –predicó el sacerdote– es el sol de nuestra vida.
   Más tarde se encontró con un simple trabajador:
   –¿Qué es lo más bello del mundo?
   –Para mí lo más bello del mundo es la esperanza, la posibilidad de ver aumentado mi salario, de mantener una vida digna, de tener un adecuado lugar en la vida y de que el sol brille cada mañana; la esperanza de hacer feliz a una mujer y ser padre en un hogar unido. La belleza de la vida está en la esperanza que da sentido a mi lucha. La esperanza es mi compañera inseparable.
   Más adelante vio a una niña en el banco de un jardín, a la que su padre y su madre abrazaban.
   –Para ustedes, ¿qué es lo más bello del mundo?
   –Lo más bello del mundo es nuestro AMOR, nuestro sueño hecho visible realidad en el rostro de nuestra hija, esta niña. Ella es nuestro aliciente para vivir, nuestra alegría y nuestra felicidad.
   Aquella misma noche empezó el artista su obra-maestra, pintando algo muy bello, una niña en los brazos amorosos de sus padres.
   Todo niño es una novedad incomparable, es una señal de que Dios renueva siempre la esperanza del mundo, de que cree en la fuerza invencible de la vida y de que nos ama incondicionalmente en la mirada de cada niño.
   Siempre me impresionó el hecho de que Jesús no hubiera puesto como modelo del Reino de Dios a un religioso, un maestro, un rabino, un sacerdote, un padre, una madre, un santo, un sabio, sino un niño.
   ¿Qué tiene un niño de especial para que nos sirva de ejemplo, para ser nuestro maestro? ¿Qué hay de maravilloso en el rostro de un bebé que acaba de nacer? ¿Por qué Dios quiso hacerse niño? ¿Por qué Jesús se identifica totalmente con el niño, con cualquier pequeño?
Niño, tu nombre es:
confianza,
resistencia,
inocencia,
alegría,
naturalidad,
curiosidad,
amor.
   Ser niño es confiar
   Un niño levantó la mirada al cielo estrellado encima del Corcovado, y vio admirado el Cristo iluminado. Inclinó después la cabeza, y contempló la inmensa luminosidad a sus pies: el collar de brillantes perlas que adornaban las playas, y las luces brillantes de los edificios en la oscuridad de la noche. Entonces, exclamó:
   –Mamá, mamá, mira, todito el cielo se ha caído a la tierra.
   Cuanto más miramos la belleza a nuestro alrededor, tanto más amamos y comprendemos la belleza de vivir en este mundo maravilloso que Dios ha creado para que sea nuestro paraíso. En el encuentro con el niño se produce el encuentro con el paraíso perdido. Es una chispa que viene del cielo. Sucede un milagro cada vez que nace una nueva criatura.
   Un milagro que revela el AMOR infinito de Dios, porque cada niño es un nuevo mensaje del REINO de los Cielos.
Un mensaje de vida y verdad,
de bondad y belleza,
de poesía y esperanza,
de ternura y felicidad,
de sabiduría y confianza,
de luz y amor.
   Nacemos de la tierna plenitud del seno y regazo de nuestra madre.
   Despertamos en la luz de su sonrisa. Esa es la experiencia fundamental de nuestra vi-da.
   En el amor sin límites tocamos la infinitud de Dios.
   El niño no tiene miedo de mirar, de verse, de oír, de hablar, de descubrir, de manifestarse, de andar, de caer, de sentir, de vivir, de tocar, de molestar, de compartir, de llorar, de pedir, de abrazar, de besar.
   No tiene miedo de endurecerse, de pasar el tiempo consigo mismo, de experimentar su propia naturaleza, de vivir su propia realidad, de saborear su propia vida, de soñar sus propios sueños.
   No teme a las enfermedades, a los accidentes, a los atracos, a los fracasos, a las equivocaciones, a las decepciones, ni siquiera a quedarse solo.
   El miedo es la desviación, el veneno de nuestra vida.
   Un niño que siente miedo ha recibido ya la pesada carga negativa de los adultos, de la familia, del ambiente, de la escuela, de los medios de comunicación.
   El miedo se va instalando en nuestras vidas, muchas veces porque se ha aprendido de los padres que lo inducen en nosotros con el pretexto de imponer o hacer valer la obediencia, el respeto y la sumisión.
   Un niño a sus 5 años de edad ya ha oído miles de veces “que viene el coco”, mucho de lo siguiente:
· no mires,
. no oigas,
. no hables,
. no te acerques,
. no toques,
. no sientas,
. no hagas,
. no te rías alto,
. cuidado con el refrigerador,
. cuidado con la estufa,
. cuidado con el agua,
. cuidado con la TV,
. cuidado con esto o con aquello,
. eso es peligroso,
. eso hace daño,
. te vas a enfermar,
. si no estudias, Dios te va a castigar,
. si no duermes, el diablo te va a llevar.
El miedo nos separa, el amor nos une.
El miedo nos paraliza, el amor nos anima.
El miedo nos aprisiona, el amor nos libera.
Todo lo que es vida es consecuencia del amor.
   Casi todo lo que es ceguera, desequilibrio, desarmonía, desajuste, neurosis, psicosis, es resultado del miedo, de la angustia, de los sentimientos negativos, de la desconexión con el niño interior.
   Amor es vida
   El miedo es el beso de la muerte.
   Cuántas prohibiciones, cuántas imposiciones injustas, cuánto negativismo en lugar de expresiones de confianza, valor, alegría, ánimo, felicidad de vivir, de florecer, en un clima de jovialidad y entusiasmo, de afirmación y admiración, de comodidad, de amor incondicional.
   El corazón de los niños está lleno de confianza, lleno de Dios.
   El corazón del niño es bastante por completo el Reino de Dios.
   Jesús dijo claramente que buscáramos en primer lugar el Reino de Dios dentro de nosotros, y todo lo demás se nos daría por añadidura.
   Esa es una verdad fundamental, una de las enseñanzas más importantes que no ponemos en práctica, porque dejamos de creer dejando atrás nuestra niñez.
   No hay nada que temer, ni la vida, ni la muerte, ni el presente, ni el futuro, ni la enfermedad, ni la vejez, ni la gente, ni las cosas. Lo enseña la Palabra de Dios.
   El niño vive los sentimientos del corazón: de plena confianza, de entrega total, de entero abandono en las manos de los padres, en el cuidado, en la presencia, en la compañía, en la providencia, en la bondad de los padres.
   Papá y mamá se preocupan de sus hijos día y noche, siempre y en todo lugar, y cuidan de ellos con toda atención, cuidado y ternura.
   Para el niño, los padres están en todas partes: al frente, atrás, encima, al lado y abajo, aquí y ahora.
   Por eso, todo lo que pase, sucederá para su bien y su bienestar.
   El niño es un ser esencialmente pobre y disfruta siéndolo, porque depende por completo de los demás. Podemos incluso decir que su pobreza es su riqueza, su dependencia es su libertad; su pequeñez es su grandeza, su fragilidad es su fuerza.
   El niño es como una flor que se abre al sol, espera todo del sol, confía plenamente en el sol.
   El sol es papá y mamá.
   El sol es Dios: presencia, energía, luz, calor, cariño, vida, gloria.
   No hace falta que salga el sol para que los días sean radiantes.
   El niño nace con un sentimiento básico de confianza. Su vida es un acto único de fe. Por eso no duda.
   Acepta cualquier cosa como verdad. Confía incondicionalmente en la ternura de la madre, en los brazos del padre; confía en la belleza de la vida, en el misterio del AMOR. Exactamente así quería Jesús que toda nuestra vida estuviera anclada en Dios, que así nos entregáramos a Él con confianza absoluta.
   Abandonarse plenamente en las manos de quien nos ama, ése es el secreto de los niños, ése es el secreto de nuestra felicidad, de nuestro saborear la vida.
   La confianza es el alma de la intimidad, el fundamento del amor y de la fraternidad. Sin confianza, la vida se hace infernal, el mundo, un lugar peligroso, la existencia, un campo de angustioso combate.
   La confianza es el puente maravilloso sobre el abismo del miedo. El miedo paraliza la energía vital, el miedo hace que el niño mienta para no perder la aprobación de los padres. Nada más importante que vivir y crecer en un clima de confianza total, para poder confiar plenamente en la presencia de Dios.
   Generalmente seguimos “la táctica de los monos”. Decimos que confiamos en Dios, pero no nos abandonamos por completo en sus manos, seguimos agarrándonos a otras ramas, confiando más en el poder del dinero, en el poder de la ciencia, en el poder de la tecnología, en el poder de la medicina, etc.
   La actitud de abandono corresponde a un auténtico nuevo comienzo, a un renacimiento. La manera de ser niño es fundamental para participar del Reino anunciado por Jesús. En el mundo de los adultos, clasificamos a las personas en grandes y pequeñas, superiores e inferiores, buenas y malas, justas e injustas, entre personas que tienen éxito y personas que no lo tienen sino que fracasan.
   En el mundo de la gente adulta es imposible creer que alguien nos acepte por el simple hecho de estar vivos, de ser lo que somos. Por desgracia, sabemos que merecemos la aceptación, acogida y simpatía de los demás según sean nuestras cualidades, virtudes y capacidades, nuestra competencia, nuestra eficiencia, nuestro compromiso, nuestro trabajo.
   Un niño logra ser libre y autónomo, sólo si crece en un clima de aceptación y seguridad, si se le proporciona todo para que pueda cultivarse, desarrollar plenamente su capacidad de jugar y observar, experimentar y hablar, bailar y cantar, pintar e inventar, florecer y vencer. En esta experiencia de crecimiento y limitaciones, se dará cuenta de que papá y mamá son seres humanos y no dioses. Solamente en un clima de confianza adquiere el apoyo y valor para usar su propia libertad.
   Hacerse niño en el sentido religioso es vivir la experiencia de Jesús que, en su propia infancia y juventud, experimentó que Dios es un Padre amoroso, apasionado, un Padre que no amenaza, sino que espera con paciencia infinita y nos besa, nos toca, nos alimenta, nos defiende, cuida, comprende, perdona, acoge, nos toma en sus brazos y en definitiva nos ama.
   Jesús se sintió plenamente y siempre amado por el Padre. El Padre se entregó íntimamente a Jesús. Jesús se entregó completamente al Padre, como todos los santos, sabios y místicos. Fue una experiencia decisiva, la seguridad de que Dios es como el padre más querido y amoroso. De esta experiencia nace un mundo nuevo, mundo de energía y vitalidad, de confianza infinita, de intimidad y comunión, de embriaguez y éxtasis, de valor y felicidad.
   La confianza realiza milagros, atraviesa el bosque de las apariencias.
   Una pareja decide salir por la noche. Un ladrón logra entrar en la casa, donde estaba la hija durmiendo. Ella despierta con el ruido y pregunta:
   –¿Qué estás haciendo aquí?
   –Vine a buscar el dinero de tu padre y las joyas de tu madre. Si no me enseñas la caja de las joyas, te partiré el cuello.
   –No podrás hacer eso, porque mi Ángel de la Guarda no lo permite.
   –¿Dónde está ese ángel tuyo?
   –Míralo, en la cabecera de mi cama.
   El ladrón se emociona al contemplar el hermoso cuadro del Ángel de la Guarda y dice:
   –El cuadro es muy bonito. Reza por mí. –Y se marchó.
   El secreto de la seguridad interior es la confianza.

 

   Interiorización
   Oración de abandono, oración de niño, oración que se saborea:
   Deja que me abandone en ti por completo, Padre mío, y que ponga toda mi confianza en tu corazón.
   Abrazo este nuevo día, lleno de fe, valor y amor.
   Pongo en tus manos mi vida, mis deseos y esperanzas, mi corazón y mi trabajo, mis padres, mis amigos, mis prójimos, el mundo entero…
   Confío plenamente en los brazos de tu bondad, como un niño que se entrega por completo al seno de su madre.
   Contigo soy el artista de mi vida. Haré de ella una obra maestra de fe, esperanza y amor, y todo será maravilloso. Porque creo en tu amor, encuentro el paraíso dentro de mí.
Tú eres la vida de mi vida.
Tú eres el camino de mis caminos.
Tú eres la luz de mi conciencia.
Tú eres la sonrisa de mis ojos.
Tú eres el cántico de mis labios.
Tú eres la melodía de mis oídos.
Tú eres la ternura de mis manos.
Tú eres el tesoro de mi corazón,
Tú eres la lámpara de mis pasos.
Tú eres la llave de todas las puertas.
Tú eres la fuente y el hogar de mi vida.
   Ser niño es resistir
    Hemos de evitar que los niños sufran. Pero el niño tiene una capacidad extraordinaria para resistir el sufrimiento causado por los demás y por el ambiente en que vive.
   Basta observar a un niño que aprende a caminar. Aunque se caiga diez, cien veces, aunque se lastime, aunque en algún momento llore, no desiste: se cae, se levanta, se cae, se levanta, hasta lograr su objetivo y saborear la victoria, gustar el caminar.
   Todos los niños nacen con vitalidad, valor, perseverancia, flexibilidad, con energías que los adultos han perdido a lo largo del camino. Por eso vencen enfermedades, heridas, ambientes difíciles, situaciones desestructuradas; se recuperan gracias a su inmensa fuerza interior, que parece milagrosa. El niño viene al mundo con una sabiduría innata y por eso es fiel al propio corazón, y es flexible y capaz de adaptarse sin rigidez a cualquier ambiente.
   El niño es como el bambú que se inclina y baila al ritmo de la música del viento.
   Nunca estamos completamente listos, terminados, realizados, perfectos.
   En el caminar está nuestra realización, que transforma esta realidad potencial y la hace cada día más luminosa, consciente, amorosa, presente.
   A veces tenemos que desaprender para re-aprender, de igual manera que tenemos que des-construir para construir mejor.

 

   Interiorización
En el silencio de esta mañana, saludo la belleza de un nuevo día.
Gracias, Padre, por el día en que nací,
por el día que hoy vivo,
por la vida que de ti recibí.
Abrazo este día con todo mi amor,
con toda mi confianza, con toda mi gratitud.
Te ofrezco cada momento de este día,
cada palabra, cada pensamiento,
cada gesto, todo mi ser-vivir y convivir, todo mi actuar.
Que pueda yo comunicar a todos:
Tu AMOR en mi amor.
Tu ALEGRÍA en mi alegría.
Tu AMISTAD en mi amistad.
TU PRESENCIA en mi donación.

 

 

 
   Ser niño es ser inocente
   El niño nace hermoso, único, especial, precioso, original. Es irrepetible, incomparable, es un nuevo mundo que despunta. En la cara del niño brilla el rostro de Dios. En la mirada del niño sentimos la atracción de la inocencia original del paraíso. En el corazón del niño sentimos la misma fuente de la vida indecible, inmensurable, inapreciable.

 

 

   Dios es sinónimo de vida, de amor. Por eso la vida es tan sagrada. Cada niño es una nueva edición del amor de Dios en el mundo. Cada niño es la morada de Dios.
   El niño es la maravilla de las maravillas. Es la melodía de la sinfonía de Dios. Es una obra maestra nacida de las manos del Creador.
   Todos los niños nacen inocentes de la misma fuente de la vida. Su rostro único es radiante, amoroso, divino. Llevados por el ansia de proveer y de educar, los padres distorsionan, desfiguran, sofocan el rostro original de los hijos, intervienen en exceso a causa de su miedo y por ambiciones insatisfechas.
   Son los adultos los que, con tantos condicionamientos, prejuicios, modelos autoritarios y falsos, echan a perder y bloquean el camino de los niños.
   El niño carece de maldad, está libre de pecados personales. No hay un niño malo. Un niño que anda desnudo en la playa es como la rosa que siempre está bien vestida.
   Quienes manchan el alma de los niños con sentimientos de desconfianza, falso pudor y vergüenza, miedos y prejuicios, con imposiciones y exigencias, con cargas negativas y frustraciones, y no digamos abusando de ellos, son los adultos que no respetan su inocencia, su grandeza, su importancia, su luminosidad, su brillo, su individualidad, su sacralidad, su semejanza con Dios.
   Cuando damos valor a nuestro niño interior como imagen visible del amor invisible, ya no nos incomodan tantos acontecimientos sin importancia, ni la opinión de los demás o las noticias de los periódicos. Si valoro las cosas como cosas, las personas como personas, y no como medios para determinados fines, entonces valoro a Dios como Dios y al ser humano como ser humano.

 

   Interiorización
Señor, te pido la sencillez de los niños,
la pureza de sus ojos,
el entusiasmo de sus corazones,
la humildad de sus gestos,
la espontaneidad de sus palabras,
la inocencia de su presencia.
Quiero vivir sin máscaras ni mentiras,
sin lujo ni ostentación, sin disfraces ni apariencias.
Quiero solamente ser sin fingir, engañar, huir.
Quiero solamente ser sin juzgar, mentir, despreciar.
Quiero solamente ser sin adular, herir, dominar.
Quiero solamente ser sin titubear, arrastrarme, humillar.

 

   Ser niño es ser alegre, ser feliz
   Sabemos –parafraseando a Saint-Exupéry– que los niños descubren la música que resuena en cada cosa. La alegría es la música de sus corazones.
   El estado natural del niño es la felicidad. La felicidad es su esencia. Nace con esa energía rebosante para saltar, bailar, gritar, cantar, jugar, porque sigue el ritmo de su propio corazón.
   A las personas mayores les encantan los números. Cuando alguien les habla de un nuevo amigo, nunca se informan sobre lo esencial.
   –¿Cuáles son sus juegos preferidos?
   –¿Colecciona acaso mariposas?
   Si decimos a las personas mayores:
   –He visto una casa muy linda con ladrillos color de rosa, geranios en la ventana, palo-mas en el tejado…, no logran hacerse idea de la casa. Hay que decirles:
   –He visto una casa de seiscientos mil. Entonces exclaman:
   –¡Qué belleza!
Los adultos son
. demasiado serios,
. demasiado severos,
. demasiado rígidos,
. demasiado complicados,
. demasiado calculadores,
. demasiado hipócritas,
. demasiado acomplejados,
. demasiado ambiciosos,
. demasiado temerosos,
. demasiado angustiados,
. demasiado cobardes,
. demasiado prudentes,
. demasiado consumistas,
. demasiado preocupados,
. demasiado apresurados,
. demasiado tercos,
. demasiado importantes,
. demasiado desconfiados,
. demasiado cansados,
. demasiado exigentes.
Queremos agradar demasiado,
. impresionar demasiado,
. aparentar demasiado,
. alardear demasiado.
   Los niños deben ser muy indulgentes con los adultos.
   Ser humano es saber jugar. Madurar es vivir con el entusiasmo y la energía con que jugábamos en la infancia. Ser humano es ser lúdico.
   A los niños todo les hace gracia, mantienen el don de la sonrisa en las circunstancias más serias. Juegan con piedritas y hormigas, con joyas y baratijas, con sellos y monedas, arena y flores; se divierten con cualquier cosa, con cualquier persona. Viven un clima natural de felicidad y entusiasmo, optimismo y encanto, de gracia y gratuidad. Su risa fuerte y espontánea desarma a cualquier persona. Cuántas veces encontramos niños en las celebraciones de matrimonio bailando felices, mientras que los invitados están sentados demasiado serios, comiendo y bebiendo. Los niños se esconden debajo de la mesa y juegan con los zapatos y las piernas de los invitados.
   El niño es protagonista de lo cómico.
   –Ahora quiero que estén todos y en silencio –dijo la maestra–, tan quietos que se pueda oír un alfiler al caer al suelo.
   Se hizo un silencio profundo en el salón de clase. Después de unos segundos, una voz angustiada gritó desde el fondo del aula:
   –Por el amor de Dios, deje ya caer el alfiler.
 
   Interiorización (desde la oración del niño)
¡Papaíto del Cielo!
¡Buenos días, Papaíto!
¡Buenos días, Mamaíta!
¡Qué bueno es vivir!
¡Qué hermoso es jugar!
¡Qué bueno es crecer!
¡Qué lindo es abrazar!
Hay tantas cosas bonitas que agradecer…
Quiero ser amigo de mi hermano.
Darle siempre un beso en el corazón.
Quiero para todos el bien que para mí deseo.
Ayúdame a seguir siendo de este modo.
Que sea siempre así.

 

   Ser niño es ser natural
   El encanto, el atractivo del niño es su tremenda naturalidad, su modo de ser auténtico. El niño manifiesta su modo de ser en todo lo que hace, dejando ver su verdadera identidad en la manera de amar, de jugar, de entregarse por completo a cada instante y en cada acontecimiento, de concentrarse, en la manera de ser creativo, de ser impredecible, imaginativo, de cantar, saltar, bailar, expresar los sentimientos de amor, alegría y esperanza. El niño siente lo que dice y dice lo que siente.
. Cuando siente alegría, se ríe.
. Cuando siente hambre, llora.
. Cuando siente rabia, grita.
. Cuando siente sueño, duerme.
. Cuando siente una molestia, reclama.
. Cuando siente falta de cariño, pide que lo abracen.
. Cuando tiene deseos de dar besos, besa.
   El niño vive lo que es, sin máscaras, sin hipocresía, sin apariencias, sin lujo ni ostentación, sin artificialidad. Él es su propio espejo.
   No hay división entre apariencia y esencia.
   ¿Por qué es tan difícil sencillamente ser como somos? Podemos ser como Dios nos quiere. Pero, lamentablemente, muchas veces no somos lo que vivimos y no vivimos lo que somos. Vivimos lo que no somos. Creemos ser lo que en verdad no somos. Cada uno de nosotros es una maravilla de la gloria de Dios.
   Somos inmensamente más que nuestros nombres, tarjetas de identidad, nuestros cuerpos, nuestros títulos, nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras posesiones, nuestras profesiones.
   Tenemos que ampliar y profundizar la conciencia del niño interior, del niño radiante que vive en la profundidad de nuestro ser para encontrar la paz y la felicidad. Pero no tenemos que avergonzamos de nuestras necesidades. Todos nacemos de las manos amorosas de Dios por la mediación de nuestros padres.
   Somos amados con toda nuestra fragilidad, nuestra pobreza, nuestra pequeñez, nuestras limitaciones.
   Nuestra misión es aceptar y amar todo nuestro ser felizmente, con toda nuestra gratitud.
   Nuestra grandeza consiste en ser pequeños y sencillos.
   Por lo general –aparte de que heredemos el pecado original y tengamos concupiscencias–, si un niño vive temeroso, retraído, desconfiado, es porque se ha convertido en víctima de programaciones negativas por parte de la sociedad, víctima de sistemas perfeccionistas, de humillaciones, de temores y tabúes, de presiones y prejuicios, de normas basadas en la vergüenza y en el autoritarismo, de corrupción y deformaciones, de ambientes de rabia, de celos, de represión, de desamor, de arbitrariedades e injusticias, de incomprensiones y de violencias, de desestructuraciones.
   La debilidad del niño nos desarma como el niño de aquel conocido cuento de “Los nuevos trajes del emperador – El rey está desnudo”. Enseguida se da cuenta si los adultos son coherentes y razonables.
   Una madre muy preocupada por la intimidad de su habitación, dice a su hijo:
   –Hijo mío, puedes hacer en esta casa lo que quieras. Solamente te pido una cosa, no entres antes de llamar.
   Respondió el hijo:
   –No te preocupes, mamá. Antes de entrar en tu cuarto, siempre miro por el ojo de la cerradura.
 
   Interiorización
Tú, mi Dios,
has escrito tu maravilloso nombre
en todas las cosas,
en todos los seres,
en todas las personas.
En las estrellas del cielo,
en las flores del jardín,
en el canto de los pájaros,
en la danza de los peces,
en la grandeza de las montañas,
en la inmensidad de los valles,
en la alegría de los arroyos,
en el corazón de los niños.
   Ser niño es ser curioso
    Ser niño es vivir el arte de aprender, la magia de descubrir, de soñar, de sentir, de crear, de cautivar; no es solamente ser, sino sobre todo poder-ser, llegar-a-ser, ser más, vivir la aventura humana, poder-encontrar, poder-hacer, poder-conocer, poder-mirar, poder-escuchar, poder-tocar, poder-oler, poder-saborear, poder-experimentar, poder-caminar.
   Nace con una curiosidad insaciable, con el don de la admiración, el sentido para maravillarse. El niño es poeta por naturaleza, es artista, místico, filósofo en comunicación permanente. Pregunta y responde, pues convive y dialoga consigo mismo. Vive inmerso en un mundo mágico e invisible, fascinado ante las diferentes situaciones y circunstancias. A cada momento, pregunta sin temor sobre lo que sucede:

 

 

¿Y eso qué es?
. ¿Cómo?
. ¿Por qué?
. ¿ Para qué?
. ¿De dónde?
. ¿Para dónde?
. ¿Cómo nací?
. ¿Quién hizo el cielo?
 
–Dios, hija mía.
–¿Y quién es Dios?…

 

   Cada mañana, cada acontecimiento, la calle, la casa, el desván, la piedrita, el caracol, el barco, el velero, el globo, la cometa, el juguete, el pájaro, el gatito, el perro, la persona, la luna, el sol, el mar, todo es fuente de sorpresas, descubrimientos, maravillas, admiración. El sentimiento de admiración hace del niño un artista que siente y ve el mundo con un corazón encantado. Siente el brillo de un nuevo día en que todo puede suceder. Encuentra el misterio en todas las cosas que ama, las trata como hermanas, y habla con los ríos y las rocas, las raíces y los árboles, las plantas y las piedras como si fueran gente.
   –Mamá, la pelota me quiere mucho.
   –¿Por qué lo dices, hijo mío?
   –Porque cuando tiro la pelota a la pared, vuelve de nuevo a mí.
   El mundo maravilloso de los niños se revela en la creación de todos los pintores, poetas, escritores, místicos y artistas.
   Los niños viven, como la primavera, en éxtasis, encantados ante la tierra. Como aque-lla niña a la que llevaron a ver un “nacimiento navideño”. Queriendo saborear la Navidad, preguntó:
   –Mamá, mamá, ¿por qué el Niño-Dios nació entre animales, si yo que no soy Dios, nací entre tanta gente buena?

 

 

   Interiorización
Nací para amar, mi única necesidad y vocación.
Nací para compartir mis sueños y esperanzas,
mis dones y talentos, mi vida y mi amor.
Nací para donarme.
Nací para cantar.
Nací para sonreír.
Nací para abrazar.
Nací para crecer.
Nací para florecer.
Nací para estar en comunión con todos.
Nací para manifestar la primavera del amor.
Nací para ser trigo y vino para mi hermano.
Nací para dar testimonio del milagro de la vida.
   Ser niño es ser amor
    El amor es el fundamento medular de la existencia. Amar es ser. La gloria del amor florece en el jardín de la gratuidad.
   El niño nace del amor y vive para amar.
   Su necesidad fundamental es ser amado para poder amar. El amor es nuestra esencia. Amor y felicidad son hermanos gemelos, inseparablemente unidos. Sólo podemos ser felices amando.
   Cuando nos sentimos amados, descubrimos razones para vivir y cantar. El que ama y se siente amado, se levanta con una canción de bienaventuranza y se acuesta con una oración de agradecimiento.
   Amamos a un niño por el simple hecho de de que existe, por el existir.
   En su mundo –el del niño– no cuentan diferencias de género, de riqueza, de apariencias, de eficacia, de dinero, de títulos, de poder, de prestigio, de autoridad, de posesiones, de fama, de éxito, de grandezas. En su mundo no existen fronteras, ni muros, ni celos, ni envidia, ni mentira, ni maldad.
   En el niño todo es gracia, pura gratuidad, dádiva inmensa, total, y transparencia, esplendor de la gloria de Dios. En su corazón florece siempre la primavera.
   Una niña de cuatro años se inclina sobre la cuna de su hermanito recién nacido y le pregunta:
   –¡Dime! ¿Cómo es Dios? A mí ya se me está olvidando.
   El niño todavía no produce nada, no posee nada, no sabe nada, no quiere impresionar, no quiere a parecer, no trata de conseguir aplausos y admiración, no se compara y no compite con nadie. Vive la bienaventuranza de su propia identidad. Es amado y aceptado incondicionalmente, como un ser único, precioso, especial.
   Cuando esa exigencia básica es atendida, la energía del amor del niño fluye ilimitadamente como un río que abraza a piedras y peces con la misma ternura.
   Nada ni nadie le es extraño, peligroso y ajeno, todo es bienvenido, amigo, familiar. El sentimiento de utilidad, de valía y dignidad depende de la confianza y seguridad de ese amor. Cuando el niño no es amado por sí mismo, sufre una gran frustración y un gran trauma capaz de bloquear toda su vida en adelante, sin que pueda llegar a saborearla.
   No hay quien resista la ternura, la sonrisa, la sencillez de un niño. Dios quiso nacer niño para que nadie tuviera miedo, para que todos pudieran tomar este niño en brazos y amar como él nos amó.
   Todos los niños son vida, esperanza, alegría, amor, luz, confianza en un mundo nuevo y mejor. Sobre todo, cuando ese ser maravilloso y niño es, desde aquella noche de Navidad, propiamente el mismo Dios.

 

   Interiorización
   Señor Dios, Padre Amoroso, renueva y conserva mi niño feliz con sus dones maravillosos:
. el don de ser creativo y flexible, que enfrenta los obstáculos con valor y entusiasmo;
. el don de vivir la vida como una aventura feliz;
. el don de jugar, cantar, bailar, soñar;
. el don de contemplar las cosas con mirada pura;
. el don de admirar todas las criaturas con júbilo y gratitud;
. el don de vivir el presente, sin fantasmas del pasado, sin miedo al futuro;
. el don de sentir emociones y comunicarlas sin tapujos;
. el don de madurar en tu presencia;
. el don de ser sencillo y espontáneo, natural, libre y alegre;
. el don de ser como un niño en tus manos de infinita ternura;
. el don de volver a empezar.

¤  ¤

CUIDA DE LO QUE DICES,

DE LO QUE ESCUCHAS

Y DE LO QUE VES

   TAPAR: Con este verbo transitivo indicamos la acción de poner algo para cubrir o cerrar lo que está descubierto o abierto. Ese algo se refiere a una tapa, una tapadera o un tapón. Tapar significa también cubrir o llenar un agujero o cavidad, una hendidura, etc., y así puede decirse: “tapar las grietas de la pared con yeso”, “tapar los baches de una carretera”, etc. Tapar es también cubrir (o cubrirse) algo o en parte con la intención de que no se vea, o para proteger (por ejemplo del frío, del polvo, de golpes, etc.).
   Con la expresión TAPAR LA BOCA A ALGUIEN queremos indicar coloquialmente dos cosas: 1) Cohechar con dinero o de cualquier manera, o por medio de algo, para que alguien se calle o no diga lo que nosotros no queremos que diga. 2) Citarle un hecho o darle una razón tan concluyente que no tenga qué responder.
   Y con la expresión TAPAR BOCAS indicamos la acción o actuación de impedir que algo se difunda indebidamente, evitando así que se continúe censurando a alguien. Es dejar de rumorear, de murmurar, de chismorrear.
   A este respecto puede ser recurrente la devoción al mercedario y presbítero San Ramón Nonato (1204-1240), quien, además de patrón de partos, matronas, embarazadas, bebés prematuros y neonatología en general, es también patrón contra chismorreos y murmuraciones.
   Como redentor de cautivos viajó al norte de África, pagó rescate por varios prisioneros y, siguiendo el cuarto voto de los mercedarios, cuando se agotó el dinero que llevaba, se quedó como rehén a cambio de la liberación de otro cristiano.
   Estando cautivo, y para impedirle que predicara, sus carceleros musulmanes lo hicieron pasar por el martirio de perforarle los labios con hierro candente y le colocaron en la boca un candado. San Ramón fue rescatado por su Orden y regresó de África cuando transcurría el año 1239.

 

 

   Se dice que San Ramón Nonato defiende o protege contra chismorreos, intrigas, murmuraciones, habladurías… Existe a tal efecto la siguiente oración, entre otras, a San Ramón Nonato, contra las malas lenguas y difamaciones:
Oh gloriosos San Ramón Nonato,
tú que por predicar la Palabra de Dios
te impusieron como cruel martirio
llevar un candado en la boca prendido,
escucha, te ruego, mi oración;
intercede ante Dios Padre de misericordia
para que quienes hablan mal de mí,
quienes me difaman y no dicen la verdad,
cesen en su intento y yo sea protegido siempre
de toda palabra e intención mala y dañina.

 

Dios todopoderoso,
que concediste a San Ramón Nonato
el ardiente deseo de liberar esclavos,
te pido por su muy eficaz intercesión
que me apartes siempre
de la esclavitud del pecado y de los errores
que me separan de Ti,
y que pueda vivir en paz, con bienestar,
y distanciado de todos aquellos
que me acechan, lastiman y atormentan…
Y líbrame de chismorrear repartiendo habladurías.
Amén.

 

 

   También puede ser provechoso el mensaje de los tres monos sabios (representados en una escultura japonesa del siglo XVII), para que nos preservemos de cuanto decimos, de cuanto oímos y de cuanto vemos.
   La explicación la he sacado del diario El País (26 de marzo de 2017, de Francesc Miralles), basándome también en otras fuentes, resultando más o menos lo siguiente:
   Casi todo el mundo ha podido ver alguna vez la conocida reproducción de los mencionados tres monos, los que respectivamente se tapan los ojos, los oídos y la boca.
   Se mostraron esos monos en cierto lugar montañoso de un santuario confucionista japonés, en Toshogu, al norte de Tokio. La traducción de cada nombre respectivo de los monos es Mizaru (no veas), Kikazarue (no oigas) Iwazaru (no digas), respondiendo todo ello al siguiente proverbio: “No veas lo malvado, no escuches lo malvado, no digas nada con maldad”. Dicho también de otra manera: “No digas todo lo que sabes, no escuches todo lo que dicen, no creas todo lo que ves”. No es bueno que andes recreándote en lo que es malo.

 

 

   Existe un paralelismo entre el mensaje de los tres monos y aquel otro anecdótico-socrático de los tres filtros. Es atribuida a Sócrates la historia o enseñanza de los tres filtros. Se cuenta que un discípulo del filósofo acudió a él para comunicarle que un amigo suyo le había estado criticando, contándole cosas malas o negativas de Sócrates. Antes de que el mensajero pudiera proseguir, Sócrates le preguntó si ya había pasado por los tres filtros aquello que quería decirle, correspondiéndose esos filtros con estas tres preguntas:
   Verdad: ¿Has examinado con detenimiento si aquello que quieres decir es verdadero en todos sus puntos?
   Bondad: ¿Lo que quieres explicar es por lo menos bueno?
   Necesidad: ¿Es imprescindible que cuentes esto?
   En el caso de Sócrates, su discípulo contestó a los tres filtros con un “no”, a lo que el sabio contestaría: “Si lo que querías contarme no es verdadero, ni bueno ni necesario, mejor enterrémoslo en el olvido”. Sócrates enseñaba que, “si quieres encontrarte a ti mismo, debes pensar y razonar bien por ti mismo”.
   Pero, ¿cómo aplicar bien la enseñanza de los tres filtros? Añadiendo lo siguiente:
   Frente a lo verdadero: ¿Me consta? ¿En qué grado de duda o certeza? ¿Puedo probarlo? ¿Sería capaz de sostenerlo ante cualquier persona? ¿Estaría dispuesto a arriesgarme, a jugarme mi reputación por esto?
   Frente a lo bueno: ¿Beneficia o hace sentir mejor a la persona destinataria o a mí mismo? ¿Suscitará los mejores sentimientos o emociones positivas? ¿Mejorará la situación de las personas involucradas? ¿Se trata de algo obsceno?
   Frente a lo útil o necesario: ¿Será lo mejor o más ventajoso para los demás y para mí? ¿En qué podría ser perjudicial? ¿Es calificable de tontería?

 

Sócrates con sus discípulos

 

   Pongamos en práctica lo siguiente: Cuando alguien se disponga a contarnos cosas sin buena intención o sin necesidad acerca de otra persona, podemos desviar la conversación hacia otros temas o asuntos que sean de agradar.

 

Θ  Θ  Θ

ULULAR

   Hecha la consulta de diccionario sobre el verbo ulular, intransitivo, tenemos un par de significados: 1) Aullar o dar alaridos, a modo de griterío, ciertos zumbidos, etc. Y 2) Producir [sobre todo el viento] un silbido largo, semejante al alarido, cuando se introduce con fuerza por entre rendijas u otros sitios.
   Hechas otras consultas varias o diversos rastreos por Internet se pudieron obtener resultados como los siguientes:
   Que los perros ladran, los gatos maúllan, los burros rebuznan y las gallinas cacarean, eso lo sabemos todos. Los sonidos de estos animales son de conocimiento general e incluso se estudian en el cole. Lo difícil es saber cómo se le llama al ruido o sonido que emite, entre otros, un saltamontes, un zorro o un jabalí.
   Muchos de ellos pueden parecernos divertidos y, a veces, hasta nos gusta imitarlos. Pero más allá de este sentido cómico, los sonidos que reproducen los animales pueden ayudar a los expertos a conocerlos mejor. Tan importante resulta esta cuestión que ya existen laboratorios de bioacústica u otras entidades semejantes al respecto. He aquí algunos ejemplos de los logros resultantes:
   Ulular: Se refiere sobre todo a lo que hacen o emiten los búhos, las lechuzas y otras aves nocturnas semejantes.
   Arruar: Es el sonido parecido a los gritos que emiten los cerdos, pero a modo de fuertes gemidos y en tonos más graves. Es lo más propio de los jabalíes que se sienten amenazados o perseguidos.
   Zurear: Lo propio que hacen como sonidos las palomas.
   Gañir: Propio de los zorros, comunicándose mediante unos como ladridos cortos que se denominan gañidos.
   Barritar: El proceder sonoro de los elefantes.
   Graznar: Es lo que hacen aves o pájaros como los cuervos o las urracas, entre otros.
   Estridular: Lo que hacen algunos insectos, como los grillos.
   Pero centrémonos, ahora literariamente, en el verbo que de momento nos viene al caso: ulular. Son múltiples los ejemplos literarios en los que aparece este término o voz verbal. Veamos esto a continuación.
   He aquí su uso por Miguel Delibes en su novela Las ratas (cap. 11):
   “¡Va a llover! ¡Mañana lloverá! ¡El Nini lo dijo!”
   En la taberna corrió el vino aquella noche. Los hombres exultaban y hasta Mamés, el Mudo, se obstinaba en comunicar su euforia haciendo constantes aspavientos con sus dedos sobre la boca. Mas la impaciencia no les permitía a los hombres del pueblo traducir su lenguaje y Mamés gesticulaba cada vez más vivamente hasta que el Antoliano le dijo: “Mudo, no vocees así, que no soy sordo”. Y todos, hasta el Mamés, rompieron a reír y, a poco, el Virgilín comenzó a cantar “La hija de Juan Simón” y todos callaron, porque el Virgilín ponía todo su sentimiento, y sólo el Pruden le dio con el codo al José Luis y musitó: “Eh, tú, hoy está cantando como los ángeles”.
   Al día siguiente, la Resurrección de la Santa Cruz, un nubarrón cárdeno y sombrío se asentó sobre la Cotarra Donalcio y fue desplazándose paulatinamente hacia el sudeste.
   Y el Nini, apenas se levantó, lo escudriñó atentamente. Al fin se volvió hacia el ratero y le dijo:
   –Ya está ahí el agua.  
   Y con el agua se desató el viento y, por la noche, ululaba lúgubremente batiendo los tesos.
   En su libro El último coto el viento es ululante (palabra que no registra la Academia):
   Hoy, por el contrario, la jornada fue lúgubre, por diversas razones: falta de luz, horizonte sombrío, viendo ululante, eclipse de caza.
   De Antonio Machado, en su poema VI, sobre los Campos de Soria, de su libro Campos de Castilla, tenemos retratada una desolación con ulular de perros:
¡Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!

 

¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.

   En el mismo libro se encuentra el romance de La tierra de Alvargonzález. Cuando poetiza el momento en que los asesinos se acercan a los dos hermanos, con nocturnidad y alevosía, cerca de la Laguna Negra, aparece un lobo:
                     V
Un lobo surgió, sus ojos
lucían como dos ascuas.
Era la noche, una noche
húmeda, obscura y cerrada.

 

Los dos hermanos quisieron
volver. La selva ululaba.
Cien ojos fieros ardían
en la selva, a sus espaldas.

   Para Pío Baroja quien ulula es el aire en su terrible cuento titulado La sima, perteneciente a su primer libro, Vidas sombrías:
   Se oía a lo lejos el ruido de los cencerros de las vacas, que pasaban por la cañada, el ladrido de los perros, el ulular del aire; y todos estos rumores, unidos a los murmullos indefinibles del campo, resonaban en la inmensa desolación del paraje, como voces misteriosas nacidas de la soledad y del silencio.
   Para Dámaso Alonso es el recuerdo el que ulula en su poema El último Caín, incluido en su gran libro Hijos de la ira:
¿Adónde huirás, Caín, postrer Caín?
Huyes contra las sombras, huyendo de las sombras,
huyes
cual quisieras huir de tu recuerdo,
pero, ¿cómo asesinar el recuerdo
si es la bestia que ulula a un tiempo mismo
desde toda la redondez del horizonte,
si aquella nebulosa, si aquel astro ya oscuro,
aun recordando están,
si el máximo universo, de un alto amor en vela
también recuerdo es sólo,
si Dios es sólo eterna presencia del recuerdo?
   Rafael Alberti pone al viento otoñal un recuerdo de tiempos de guerra. Lo describe en su largo poema, dividido en 19 partes, El otoño otra vez, incluido en su libro Abierto a todas horas, expresándose así:
18
Como puntas sangrantes de lanzas rueda el viento
del otoño las hojas de los robles.
Se oyen ayes de heridos entre el polvo
cárdeno de la niebla
y un ulular de carros guerreros y, de súbito,
un silencio profundo y nuevamente el viento
solitario, en la niebla, del otoño.
   Para Pablo Neruda son los trenes los que ululan (Crepusculario. Aromos rubios en los campos de Loncoche):
El agua entró en la tierra mientras la tierra huía
abiertas las entrañas y anegada la frente:
hacia los cuatro vientos, en las tardes malditas,
rodaban –ululando como tigres– los trenes.
   Valle Inclán, en su obra teatral Romance de Lobos (Escena Segunda de la Jornada Primera, cuando Don Juan Manuel recibe una carta de un marinero) escribe:
   Retírase de la ventana, que el viento bate locamente con un fracaso de cristales, y entenebrecido recorre la antesala de uno a otro testero. La vieja y el bufón, hablando quedo y suspirantes, bajan a franquear la puerta al marinero. En la antesala el viento se retuerce ululante y soturno…
   Gonzalo Torrente Ballester también escribe esta voz, ululante, en la segunda parte de Los gozos y las sombras, parte titulada Donde da la vuelta el aire:
   ¡Cómo había soplado el viento toda la noche! Seguramente habría arrancado tejas y descuajado algún árbol. Tendría que recorrer los pinos en cuanto se hiciese el día. Si alguno hallaba derribado lo vendería. Y si era de los nuevos haría leña. El viento tenía que haber dañado también las tierras y los montes. Viento como aquél no lo recordaba. Había llegado a tener miedo, arrebujada en la cama; miedo de que las paredes cayesen, de que el techo entero volase. El viento parecía una cabalgata de demonios ululantes. Hacía las cuatro se había calmado un poco. Ahora volvía a arreciar.
   Max Aub, que recurre a menudo a este verbo en sus obras, se refiere al ulular de las sirenas en su novela Campo de los almendros:
   El señor agente de Francia se ha quedado asombrado cuando el cónclave de sus congéneres le ha escogido para formar parte de la importante Comisión Internacional que ha de intervenir en el asunto de la evacuación de los restos del ejército republicano y mandamases político-obrero-sindicales. Está acostumbrado a firmar, sin grandes trabajos por enterarse de lo que se trata, lo que le traen los jefes de la oficina de la compañía de aviación Air France y un secretario que se la sabe todas. El señor Adrián Fleurot no tiene grandes ambiciones como no sea el fin de la guerra, porque le gusta dormir y las sirenas –que nada respetan– le cortan no sólo el sueño sino el resuello a pesar de que las bombas no le preocupan, que vive en el barrio de San Juan y allí no llegan. Hubo –lo supo por casualidad, porque don Adrián no se molesta nunca en enterarse– un intento de la Falange, restablecido por un gobernador cuco y comunista, el intento de volar las inacabadas instalaciones de la CAMPSA, a la entrada del Cabo de las Huertas; pero llegaron órdenes de Burgos para que no se llevara a cabo el proyecto porque “al fin y al cabo han de ser nuestras y nos costaría volverlas a construir; es una garantía más para el barrio, como si fuese el de Salamanca, en Madrid. Pero llega el ulular de las sirenas, que le despierta, y no hay alusión malévola…”.
   Camilo José Cela (y así lo hacen también otros autores) escribió el gerundio del verbo ulular en su cuento La naranja es un fruto de invierno, uno de los más trágico –según dice él mismo– que escribió en su vida. Está incluido en su Nuevo retablo de don Cristobita, mostrando esta descripción del viento:
   Un vientecillo que pincha baja por la ladera, husmea como un can con hambre por las callejas y se escapa ululando por el olivar del Cura, el olivar que se pinta con el ceniciento color de la plata vieja, la plata de las monedas antiguas, el confuso color del recuerdo.
   Hay un cuento, interesante y valioso, ciertamente educativo y todo un clásico, de Ro-bert Fisher (y Beth Nelly), que puede leerse con fruición y provecho: El búho que no podía ulular. Veamos:

   Mama Búho –así empieza el libro-cuento– descansaba sobre la rama de un árbol en el bosque. Junto a ella se encontraba Bebé Búho. Era su primer hijo: hacía cuatro semanas que había salido del cascarón, y ahora ella lo contemplaba con orgullo.
   Papá Búho estaba sentado sobre una rama cercana y miraba a su hijo con el mismo orgullo. Era un gran momento en las vidas de los tres búhos, porque Mamá Búho y Papá Búho se disponían a enseñar a su hijo a ulular.
   Mamá Búho se aclaró la garganta para atraer la atención de su pequeño hijo y dijo: “Who”

 

   El búho que no podía ulular es una recopilación de cuatro cuentos por los que los autores recuerdan al niño que hay dentro de todos nosotros algunas ideas importantes que hemos perdido en nuestro viaje hacia la edad adulta y transcurriendo por ella.
   Escritos en clave de fábula, estos cuentos nos ayudan a identificar nuestros temores, nuestras inquietudes y nuestras dudas.
   En primer lugar se nos ofrece como relato El búho y el pato, siendo éste el resumen: El bebé búho, que no es capaz de entonar el tradicional “who” (quién, en inglés), sino que dice “whi” (por qué), es expulsado del bosque y se encuentra con un patito que afronta el mismo problema, ya que en lugar de decir “cuac” dice “cuic”. Los dos se alejan en busca de aventuras, felices de encontrarse acompañados. Se dirigen a la ciudad, pues el pato está decidido a estudiar medicina y el búho, para no quedarse sólo decide acompañarlo. Allí descubren que, para poder ingresar en la universidad, antes habrán de estudiar muchos años. Se plantean entonces ir preguntando a las personas a qué se dedican, mostrando interés sobre qué les podrá agradar. Entonces llegan a una primera conclusión: que la gente no es feliz. Ven que las personas llevan una vida vacía y ellos no quieren vivir así. Descubren entonces que deben aceptarse como son, valorarse en su identidad como búho y como pato, dejarse de aventuras y volver donde sus familias. Pero ambos han querido ya romper moldes y rutinas.
   Sigue luego el relato de El Cuclillo (o cuclilla) que no quería cantar cucú. Era un pajarito que se llamaba Talluah y se encontraba muy triste porque le había cantado su “cucú” a una ardilla, y a ésta no le había gustado el canto. Entonces el cuclillo buscó el modo de perfeccionarse, recorriendo para eso muchos lugares. Tras muchos recorridos se encontró con un ave lira que cantaba a la perfección. Talluah le manifestó su problema y el ave lira le dijo que estaba triste sin razón, pues él y su canto también eran importantes, pues cada cual canta según la propia identidad.
   Aprendamos, pues, que no nos afecte tanto una opinión ajena, que gustemos o no a los demás, porque no podemos agradarle a todo el mundo. Que las críticas no nos amilanen.
   En vez de quejarnos, vivamos agradecidos con lo que tenemos, con nuestra manera de ser, con nuestras dotes y cualidades, diferentes de otras pero ni mejores ni peores. Aprendamos a valorarnos, independientemente de cómo nos valoren.
   Continúa el relato por el de La más pequeña de las mariposas, un cuento que enseña cómo podemos vivir intensamente cada momento y ser felices, a pesar de todo, en cada situación, libres de miedos o temores infundados.
   Luego sigue La perrita preocupada y el grillo consciente. Dina era la perrita, la cual se echaba a templar ante las nuevas y desconocidas situaciones. Era una perrita realmente miedica. Le pasa un poco de todo cuando su dueña se traslada de lugar, a vivir en otro sitio. Entonces conoce la perrita a un grillo, representativo también de su conciencia, que le ayuda a superarse y a encajar debidamente las cosas y los aconteceres de la vida, no teniendo miedo a los cambios, no exagerando sobre lo que nos pueda pasar.
   Hemos de aprender a amar y a confiar, venciendo los miedos, los odios, los recelos… Y Dios se cuida de todos nosotros, sus criaturas. Nos ama. Es inefable su amor.

Θ  Θ  Θ

 

   CABREAR: ¿Tiene este verbo algo que ver o alguna relación con las cabras? ¿Hace referencia a meter ganado cabrío o caprino en un terreno? Sí y no. Ahora nos adentramos en unas breves explicaciones al respecto, sobre todo recalando o partiendo de una historia o etimología de esta palabra, muy utilizada para expresar enfado o que se está de muy mal humor.
   Cabrear vendría a tener como verbo sinónimo cabrevar, siendo la acción que se deriva la del cabreo o cabrevación, consistente en el acto jurídico de deslindar terrenos o fincas, los mismos que, estando sujetos al pago de laudemios u otras cargas reales semejantes (según lugares), habían ya escapado de la obligación de efectuar dichos pagos, demorándose tal morosidad por olvido, por transcurrir mucho tiempo, etc. Además del proceso de deslinde, es también cabreo el acto de exigir los pagos atrasado de censos o laudemios, que se estimaban ya indebidos por hallarse prescritos u olvidados.
   Se entiende también por cabrear, o cabrevar, la acción y efecto de apear en los terrenos realengos aquellas fincas que estaban sujetas al pago de los derechos del patrimonio real. También lo es, en definitiva, el derecho del dueño directo para obtener del enfiteuta el reconocimiento del censo.
   La expresión cabreo se ha traspasado al acervo popular, y forma parte del lenguaje coloquial, con otro significado más inmediato con el que se define, no la restauración de una situación jurídica olvidada sino, el estado emocional negativo que sufre una persona por el que manifiesta, como ya dijimos, un fuerte enfado (como se supone que muy enfadados quedaban aquellos campesinos y enfiteutas que repentinamente se veían enfrentados a pagos de cargas que estimaban extinguidas, agravados con incrementos de réditos por atrasos históricos seculares).
   Etimológicamente hablando, la palabra cabreo, derivada de cabrear, proviene del latín capibrevium, que suma las expresiones capi (del verbo coger, tomar, recuperar) y brevis (breve, rápido), de modo que capibrevium define o determina la acción de recuperar rápidamente, tomar algo por vía breve, rápida, expedita.
   Hay toda una historia del cabreo, tal como podrá irse viendo en el Cronicón que se compone en esta web. Anímense a recorrerlo, sobre todo a partir del reinado de Alfonso XI (1311-1350) y hasta nuestros días.
   De cabrear bien también en nuestro lenguaje cabrearse, que es enfadarse mucho, ponerse furioso (o furiosa), coger mucho mosqueo. Pero que uno esté cabreado no significa que esté como una cabra. Son cosas distintas. Veámoslo a continuación.
   Cuando nos entra un enfado descomunal se nos compara con una fiera, un demonio, un ogro o un basilisco (monstruo mitológico muy agresivo y dañino). Cabreado quiere decir enfurecido, que es como se supone que está siempre un ser diabólico. Cuando nos enojamos mucho, estamos lo que se dice de muy mal rollo: disgustados, fastidiados, molestos, irritados, malhumorados, mosqueados, rebotados, escopeteados, encolerizados, desabridos, abroncados, etc., etc.
   Para expresar el cabreo, usamos además frecuentemente otras frases. Solemos decir que una persona (que puede ser uno mismo o una misma) “está que se sube por las paredes”, o bien que “está que trina”. Lo de subirse por las paredes está claro que es una hipérbole que representa el estado de loca ingravidez que imaginamos ante un sonado disgusto. En cambio, no parece muy lógico que se aluda al canto de los pájaros para decir que estamos iracundos. Trinar y trino tienen un origen onomatopéyico, a imitación del gorjeo trenzado de las aves. Por eso extraña comprobar que en nuestra lengua se utilice esta armoniosa cantinela ornitológica, que tiene lugar cuando dichos animales se hallan en estado de felicidad, bien en celo, fabricando sus nidos o dando de comer a las crías. Lo que ocurre en español es que el trinar de los pájaros se interpreta provocado por su estado de excitación, en su sentido negativo. Cuando alguien está que trina, se supone que vocifera constantemente, que no se calla, que imita toscamente, sin armonía, el gorjeo de los pájaros, siendo éste un vuelco semántico que no puede explicarse de otra manera. Mientras el pájaro trina con alegría y regocijo, el ser humano está que trina, lleno de enfado e irritación, lanzando improperios, insultos, insensateces, estando cabreado.
   Pero no es lo mismo estar cabreado que estar como una cabra, aunque ambas locuciones parezcan referirse a este animal de carácter tozudo, inquieto y descontrolado, en el que algunos han querido ver el reflejo de alguien que se enfada o es díscolo. Gregorio Doval nos da otra explicación para la génesis de este dicho. En su interesante libro Del hecho al dicho (1995) el autor nos remite a una anécdota histórica, según el cual los vasallos de los duques de Medinaceli y de Alcalá que poseyeran cabras estaban obligados a pagar un impuesto suplementario, ya que aquellos señores nobiliarios pensaban que era justo hacerlo, por lo mucho que comen y lo esquilmados que dejan los campos las cabras. Pero las palabras cabrear, cabreo y derivados, entendidas con la idea de enojo o enfado, nada tienen que ver con una sola cabra o con muchas de ellas, como ya hemos expuesto y explicado.
   En realidad, pocas veces se siente uno tan cabreado como cuando le toca atender las obligaciones tributarias, pagos de IVA y demás impuestos y gravámenes locales, regionales y estatales. No podía ser otro, por tanto, el origen de esta expresión que tan bien nos refleja a los sufridos contribuyentes en ese estado momentáneo de enfado descomunal, que más que simple enojo o molestia es un cabreo en toda regla. 
   Las expresiones referidas a “estar como una cabra” se utilizan para indicar un comportamiento extraño, una conducta rara, incoherente, extravagante, como de loco o loca. ¿Por qué la locura se asocia con las cabras? Lo más probable es que la expresión “estar como una cabra” provenga de los campesinos cabreros, acostumbrados a observar diariamente el comportamiento de sus cabras, un comportamiento que es, ciertamente, bastante desconcertante. Se sabe y se dice que cuando las crías de ovejas, vacas o yeguas se destetan se quedan tranquilamente al lado de sus madres, mientras que los pequeños cabritos y cabritas salen corriendo desaforadamente mostrando una descomunal inquietud. Y muchas veces las madres cabras corren desesperadas como locas detrás de sus crías temiendo que se dañen o les ocurra algo malo. De aquí viene lo de estar como una cabra, siendo también indicativo de portarse de un modo extraño o de hacer algo raro (o un funcionar bien un objeto). Ejemplos: “Se está bañando en el río, con el frío que hace: ¡está como una cabra!”; “este reloj, que se atrasa o se adelanta sin ton ni son, está como una cabra”. A veces se utiliza también la expresión “estar como un cencerro”, o “como una chota” (una cabra joven o una ternera).

 

 

   El caso es que, emocionalmente hablando, todo lo que llevamos dicho puede suponer un problema para nosotros y para las personas que nos rodean. Todos los días y a todas horas nos vemos envueltos en situaciones emotivas o emocionales que hemos de saber gestionar y vivir acertadamente (inteligencia emocional). ¿Es un trastorno de nuestra conducta el enfado, el cabreo, la irritación? ¿Cómo resolverlo?
   Ciertamente detrás de todo enfado y cabreo hay un grado, el que sea, de frustración. Nos irritamos porque nos vemos incapaces o bloqueados ante ciertas situaciones o en la relación ante ciertas personas. Todos tenemos al menos momentáneamente ratos de enfado o mal humor, sin que por esto debamos dramatizar. Pero, ¿qué pasa cuando estamos en una situación crónica o perdurable de enfados y nos vemos o nos ven de manera inaguantable, más cabreados que una mona, como suele decirse cuando mostramos un pronto irascible y antipático? Nadie nos libramos de esto generalmente. Es posible que nos ocurra.

 

 

   Es ciertamente alarmante que nos sintamos en actitud demasiado frecuente de gritar, inquietar o inquietarnos, estar en tensión, censurando, criticando, murmurando, refunfuñando, con cara de perro…
   Lo que te suele estar ocurriendo no es que te molesten los demás o la realidad que te rodea. Lo que te pasa es que puedes estar enfadado contigo mismo, siendo la solución que te aceptes, te perdones y te ayudes comprensivamente. La paz y el perdón, en todos los sentidos, de ida y vuelta e incluso sacramentalmente, suelen ir de la mano. Abrirse y disponerse a realizar tareas positivas, de ayuda a los demás, de colaboración y en desinterés liberan de todo cabreo. ¡Vive feliz! No hay que enfadarse ¿Qué adelantas con la ridiculez en la que puedes vivir, cabreado o cabreada, triste y sin alegrías? ¡Vive alegre y feliz! ¿A qué esperas?

 

 

GENERAR DEBATES

ES MEJOR QUE DIFUNDIR CALUMNIAS

O MURMURAR CON FALACIAS

 

   DEBATIR: Discutir dos o más personas sobre uno o varios temas exponiendo sus respectivas ideas y defendiendo sus opiniones e intereses. También viene a significar luchar o combatir, siendo debatirse mantenerse en pugna, lucha resistiéndose, esforzarse, agitarse, inquietarse, como cuando se dice de alguien, por ejemplo, que “se debate entre la vida y la muerte”.
   Plantear o efectuar un debate, ciñéndonos a lo más común como técnica de comunicación, supone encaminarlo, también a modo de discusión, a una argumentación intencional, a compartir o hacer valer del modo más acertado posible. Los argumentos han de exponerse según una cantidad y calidad que resulten sólidos, de bien fundados motivos, llegándose a cuantos acuerdos sean posibles o dejando abiertos, sin acritud ni imposición, aquellos asuntos que pueden ser objeto de futuros o sucesivos debates, si se estiman o consideran posibles, convenientes, etc.
   Una primera clasificación de los debates puede establecerse en cuanto: debates formales (de un formato preestablecido y de temática específica, teniendo un moderador) y debates informales (que son más espontáneos que acordados de entrada, libres y sin moderador en las argumentaciones).
   De entre los formatos de debate existen el que se conoce como de Karl Popper y el denominado Lincoln-Douglas. Los tratamos a continuación (según voz “debate” en Wikipedia).
   El formato Karl Popper: está basado como propuesta en la de este filósofo (de la ciencia), europeo, nacido en 1902 y muerto en 1994. Es la forma de debate más clásico y generalmente el primero en aprenderse. Se basa en una contienda de dos puntos de vista argumentados como “afirmativo” y “negativo” sobre un tema polémico. El equipo afirmativo ofrece argumentos en apoyo a la propuesta, y una postura negativa discute contra ella. Se espera que ambos equipos respondan el uno al otro los argumentos, dando lugar a un intercambio de ideas a partir de la investigación neutral, que cada grupo hizo antes del debate. Por lo anterior, este formato suele necesitar respaldos y garantías empíricas en sus argumentaciones. Este formato puede dividirse en diez partes, consistiendo seis de ellas en discursos sin interrupción y siendo las otras cuatro partes consistentes en preguntas entre dos o más personas a modo de oradores, uno de cada equipo. Además, ambos bandos cuentan con una determinada cantidad de tiempo que pueden solicitar durante el transcurso del debate a fin de preparar su estrategia de equipo y coordinar las argumentaciones o refutaciones. Dicho tiempo, comúnmente no excede los ocho minutos y cada equipo puede solicitarlo por fracciones.
   El formato Lincoln-Douglas proviene de los debates que sostuvieron entre sí, en 1858, Abraham Lincoln (1809-1865) y Stephen A. Douglas (1813-1861), centrándose los temas en los tópicos asuntos acerca de la esclavitud, la moral y los valores éticos. Surgió también aquel formato como una reacción a la desmesura del debate de política de equipo, estableciéndose aquí una discusión de dos personas. Consecuente con la raíz de su nacimiento, este tipo de formato trata de controversias de índole axiológica, de valores. Así, a diferencia del debate político, el formato L-D no requiere de argumentos que se basen en estadísticas o datos empíricos, sino que es un debate de carácter eminente-mente axiológico, cuyo sustento son los principios morales y la lógica con que el orador los emplea o argumenta para sostener su postura. Consta de siete etapas, de las cuales dos corresponden a discursos argumentativos, tres a discursos de refutación y dos a preguntas cruzadas.
   En realidad o por lo general, he aquí los pasos a seguir durante la realización del debate:
  • Planteamiento del tema o problema a discutir.
  • Organización de equipos de trabajo.
  • Preparar participación para el debate.
  • Hipótesis y tesis planteada.
  • Realización del debate.
  • El moderador debe ayudar a completar el tema.
   Reglas para el moderador (suponiendo que quienes van a debatir saben de qué), durante el debate:
  • Poner en consideración el objetivo del tema.
  • Anunciar el tema y ubicarlo dentro del proceso.
  • Describir la actividad.
  • Formular la primera pregunta y dar la palabra en orden aleatorio.
   Para desarrollar y llevar a buen término los ejercicios de Debate, resulta muy importante que tanto el emisor como el receptor, consideren los siguientes puntos o reglas a tener en cuenta:
  • Ser breve y concreto al hablar (no enrollarse).
  • Ser tolerante respecto a las diferencias y discrepancias.
  • No subestimar al otro.
  • No hablar en exceso para así dejar intervenir a los demás, evitando la tendencia al monólogo y la monotonía.
  • No burlarse de la intervención de nadie.
  • Evitar los gritos para acallar al interlocutor.
  • Hablar con seguridad y libertad, sin temor a la crítica.
  • Acompañar las críticas con propuestas.
  • Escuchar atentamente al interlocutor para responder de forma adecuada.
  • Articular correctamente los sonidos, empleando un tono de voz adecuado a la situación concreta de entonación y al contenido del mensaje (interrogación, exclamación, sonidos indicativos de fin de enunciación, pausas, entre otras.).
   En cuanto a los argumentos:
  • Los argumentos a favor se llaman pruebas y los que están en contra se llaman objeciones.
  • Por los primeros, se intenta demostrar la validez de las afirmaciones o argumentos de la parte.
  • Por los segundos, se intentará mostrar los errores de la contraparte.
   Los argumentos sean lógicos y racionales:
  • Sintomáticos o por signo: Las razones se presentan en forma de indicios, signos o síntomas que conducen a una breve conclusión. Por ejemplo: “No sería extraño que Juan tuviese un infarto. Come, bebe, fuma en exceso, además trabaja demasiado”.
  • Nexos causales: Las razones se presentan como la causa que provoca la conclusión: uno es causa de otro. Por ejemplo: “Correr 5 kilómetros diarios produce un bienestar general del sistema cardiovascular. Corra por su vida”.
  • Analógicos: Razonamiento basado en la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes. Por ejemplo: “Debe haber una preocupación permanente por el medio ambiente, igual que por un auto. Éste se debe mantener limpio, repararlo cuando se requiera y usar de un modo racional sus beneficios”.
  • Por generalización: A partir de varios casos similares, se puede generalizar una tesis común a todos ellos, comprobándola mediante solución.
   Un buen argumento debe aportar apoyo suficiente para aceptar la conclusión, y las premisas deben estar relacionadas con la conclusión. Una argumentación insuficiente es considerada una falacia. Ejemplos: “Mi primera novia me traicionó, por lo que todas las mujeres son traidoras” (la cantidad de casos no es suficiente para concluir, por lo que se denomina conclusión apresurada). “Estoy en desacuerdo con las prácticas educacionales de la profesora” (las razones que plantea no tienen relación con la conclusión: razón irrelevante). “Sostengo que los extraterrestres existen. El otro día entrevistaron a Juanito Pérez en la tele, y contó cómo fue secuestrado por ellos” (la razón que plantea para concluir no puede ser aceptada universalmente: premisa problemática). Después sigue sin aclarar las cosas.
   Los debates nos pueden aportar gran virtualidad y hacernos mejorar en muchos aspectos.

 

 

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EJERCER LA AUTORIDAD EN LA EDUCACIÓN

   EJERCER: Es realizar las funciones propias de una profesión, de una facultad para la que una persona se supone capacitada, de una virtud a practicar. Es actuar, influir, impulsar… una acción sobre algo o sobre alguien, en pro de un efecto que se desea lograr y que se valora como bueno. Tengamos claro que hemos de ejercer nuestros derechos, pero también nuestros deberes.
   Ejercer es un verbo conceptualmente muy abierto, de modo que hemos de ceñirnos a algo en concreto. Lo haremos refiriéndonos al hecho de ejercer la autoridad (familiar) en la educación, de entrada teniendo en cuenta lo entresacado de la siguiente dirección:

https://www.revistamision.com/ejercer-adecuadamente-la-autoridad/

   Con quien escribe, Marta Peñalver, comencemos diciendo que no existe educación sin autoridad ni autoridad sin amor. Tanto padres como educadores necesitan aprender a ejercer su autoridad para desarrollar plenamente su labor educativa.

 

 

   En ocasiones, la frustración, la dejadez y el ritmo vertiginoso al que padres y profesores se ven sometidos provoca que bajen la guardia y “pierdan” la autoridad que les otorga su condición de educadores. Llegados a ese punto, pasan a convertirse en meros espectadores del desarrollo desbocado o sin control de los jóvenes. En el marco de esta problemática, se celebró en Madrid el VII Congreso Nacional de Educadores Católicos, durante el año 2016, bajo el lema “Educar con autoridad: en busca de la referencia perdida”. La revista Misión conversó con varios de los ponentes, quienes nos indicaron cuáles son las claves de un buen uso de la autoridad y contestaron, entre otras muchas, a estas cuestiones: ¿Se está perdiendo la autoridad? ¿Es necesario retomar las riendas de la educación? ¿Qué supone al respecto decir que el contexto es el de una crisis de autoridad o de una autoridad en crisis?
   No es lo mismo autoridad que autoritarismo. La autoridad no impone, el autoritarismo sí. La autoridad se ejerce del todo relacionada con la libertad. No se impone por fuerza o presión sino ganando en relación, no siendo otro el camino que el de la ternura, con bondad, con cariño, con afecto…, así, de entrada, porque de lo contrario la autoridad queda desvaída, se extingue, se pierde. Previamente a la autoridad está el ganarse la confianza.
   Muchos padres y profesores han renunciado en gran parte a su autoridad sobre sus hijos y alumnos, y esto se debe, entre otras razones, a que ellos mismos no tienen claro cómo deben ejercerla. A esto hay que añadir la sobreprotección a la que se somete, en muchas ocasiones, a los más pequeños. Un niño sobreprotegido y que apenas conoce los límites es un niño que, con seguridad, no se podrá desarrollar plenamente como persona.
   Hay que enseñar a los hijos cómo discernir entre lo que está bien y lo que está mal, y entre lo que es cierto o verdadero y lo dudoso o falso. Hay un error de los padres cuando pretenden por encima de todo una paz familiar que consiste en no meterse en líos, lo que a largo plazo trae sus consecuencias negativas, resultando niños caprichosos y personas inmaduras, sin ideas ni actitudes morales claras, sin capacidad de esfuerzo, sin compromisos, sin tolerancia a la frustración. Los padres y los educadores han de ser autoridad, que es mucho más que tener autoridad, siendo ésta siempre fruto y manifestación del amor, una primordial forma de servicio. Los padres no tienen autoridad, sino que, por ser padres, son una autoridad para sus hijos. Sin ejercer la autoridad no es posible educar.
   Nunca es aceptable ejercer la violencia. Corregir para educar ha de hacerse sin brusquedad, sin pegar, sin castigos violentos. Pero sí ha de haber normas, porque hay límites y no todo es permisible. Las normas, los límites, los premios y los castigos que ciertamente conllevan, siempre con amor, son indispensables para educar. Se ha de tener claro que cuando se fijan normas y límites hay que evitar caer en la tendencia de confundir entre autoridad y violencia. La violencia está muy presente en la sociedad y siempre es fruto de la injusticia, del abuso, de la carencia de autoridad y de la excedencia de autoritarismo, o de radicalismos.
   Para un test sobre si ejerces bien la autoridad, te pueden valer los siguientes puntos o condiciones:
  • Si defines acertadamente las normas que se han de cumplir.
  • Si aportas o propones con claridad a tus hijos cuáles son las consecuencias de no cumplir las normas.
  • Si no castigas o pones correctivos sin avisarlos antes, haciéndolos razonablemente comprensibles.
  • Si compruebas que los castigos o correctivos se cumplen, sin banalizar sobre ellos o suprimirlos tontamente.
  • Si todo lo que mandas lo ordenas con cariño.
  • Si no humillas.
  • Si evitas corregir en público y todo queda más bien en privado.
  • Si ordenas o mandas cosas que siempre sean posibles y buenas de cumplir.
   Ha de considerarse también que el ejercer la autoridad sea responsablemente comprartida. La educación de los hijos es una labor que padres-madres y formadores realizan de la mano. Aunque los padres son los primeros que capitanean el barco, tienen también su función compartida los abuelos, los monitores en ámbitos y actividades y, en definitiva, de todas aquellas personas que ejercen su autoridad sobre los pequeños. Los maestros y docentes, como han de querer educar, han de ejercer su autoridad, sin que ésta pueda discutirse. No sólo se hace docencia profesional o didáctica en la escuela o en los centros de enseñanza. También se va a dichos centros para ser mejores. Los centros de enseñanza son también centros educativos. Pero mucho de todo esto no aparece siempre o en nuestros días con total claridad. Cultivar o ejercer la autoridad (y poder ejercerla) es cultivas o ejercer el respeto.
   Padres y madres han de tener claro, si resultar pesados o cansinos, que educar conlleva favorecer el desarrollo de los hijos, para que sea competentes, autónomos, sociables y felices.
   Es bueno y del todo conveniente ejercer la cortesía, que tiene sus fórmulas o frases, tales como: “Por favor, tráeme…”.
   Igualmente es bueno mantener el contacto ocular, mirar bien, expresar afecto con la mirada, sin menoscabo de los gestos firmes o decididos en la comunicación.
   En vez de proferir amenazas o improperios, es mejor proporcionar informaciones, decir indicaciones. Por ejemplo, es mejor decir que “los papeles se han de tirar a la papelera y las cosas han de ordenarse”, no tanto decir “¡vaya guarrería de habitación que tienes: una pocilga!”.

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GAÑIR:

LLÉVATE BIEN CON TU PERRO

Y CON TODOS LOS ANIMALES

 

   GAÑIR: Referido sobre todo a los perros, pero también a otros animales, gañir es aullar, emitir aullidos lastimeros, agudos, tristes, prolongados, repetidos, emotivamente expresivos, como quejándose, alertando de sus temores, etc. Gañir es como chillar cuando el animal se ve maltratado. En el caso de las aves puede decirse graznar.
   Entiende a tu perro, usa su lenguaje canino, te lo agradecerá.
   He sacado lo que sigue, elaborándolo a mi manera, navegando un poco por Internet para ver qué me encontraba. Di con pautas publicadas por Matthew Hoffman, alguien asesorado, entre otros, por Paul McGreevy, veterinario de conducta animal que actúa en la Universidad de Sidney (Australia).
   Las personas no dominan mucho el lenguaje de los perros, pero un gruñido o un gañido pueden resultar más útiles que un discurso articulado. Un gañido de vez en cuando comunicará o hará saber a tu perro que lo aprecias.
   Los perros nunca sabrán hablar. Gran parte de lo que nos oyen decir les llega como un ruido, motivo que explica que algunas personas inviertan los papeles e intenten comunicarse con ellos a base de ladridos, aullidos o gañidos. Hablar con un perro es mucho más complicado que dominar una lengua extranjera, porque los perros no usan su voz para comunicarse, sino que recurren a lenguajes no verbales, como posturas, gestos y olores, por lo tanto, no tienen un ladrido especial para decir “quiero salir” o “coge la correa y sácame”. Además, las cuerdas vocales de las personas no pueden reproducir con precisión los sonidos del lenguaje canino. Aunque gruñas para indicarle que baje del sillón o le ladres para llamarle la atención, el mensaje no le llegará.
   Muchos perros se reirían de nosotros si les ladramos. Además, seríamos incapaces de reproducir los diversos tonos que usan los perros en sus ladridos y en sus gañidos. Pero ciertamente tu perro puede reaccionar a tu intento de ladrarle. Puede que te responda, a modo de comprensivo, con otro ladrido, o tal vez de mire con interés deteniéndose por un momento, pero no porque le hayas transmitido un mensaje descifrable por accidente o casualidad, sino como respuesta a tu lenguaje corporal, a tu tono de voz y al nivel general de entusiasmo que muestres. ¡Eso como que sí lo entiende!
   Fijémonos en el tono. Aunque un ladrido, gañido, aullido o resuello nunca reemplazará al adiestramiento u otras formas de comunicación no verbal, se dan situaciones en las que dominar el lenguaje canino, aunque sea un poco, permite enviar mensajes que de otra manera se perderían. La idea no es aprender a ladrar de varias maneras, sino usar los tonos e inflexiones de voz a las que los perros responden.
   Cuando los perros se enfadan, en ocasiones responden con un gruñido largo y grave. Entre cánidos, son los perros líderes los que suelen gruñir, mientras que los subordinados se muestran menos autoritarios y más silenciosos. Como resultado, los perros identifican los gruñidos con el poder y el dominio. Para inhibir el mal humor o el enfado del perro, no tienes que gruñir como él. Con que bajes la voz y pronuncies un “ehhh” en tono bajo, extendido y distendido, comunicarás el mismo mensaje y serás tenido en cuenta. Tu perro identificará este tono bajo como un gruñido de bien.
   Los cachorros aprenden a morder más flojo durante sus peleas juguetonas, cuando otro cachorro se queja con un oportuno gañido. Gañir es un modo eficaz de hacer ver a un cachorro que le está mordiendo fuerte. Significa: “no me muerdas tan fuerte, que me haces daño”.

 

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PACTAR: UN VALOR SOCIAL A PRACTICAR

   PACTAR: Usamos este verbo transitivo para significar que, desde dos o más partes, se decida algo en común acuerdo bajo el compromiso de cumplirlo, defenderlo y mantenerlo. Y como verbo intransitivo significa, desde dos o más partes, establecer un pacto o llegar a un firme acuerdo sobre algo, sabiendo ceder en el proceso negociador. Desde una autoridad significa también que ésta contemporice y se comprometa con quienes a ella se confían o le están confiados. Es importantísimo llegar a pactos políticos y de gobierno.
   En nuestra cultura occidental tiene mucha raigambre histórica y recurrencia la expresión “pactar con el diablo”, siendo muy recurrente también la representación, entre realmente constructiva y fantasiosa, de los “puentes del diablo”, por donde se arriesga todo al atravesarlos.
   Hoy en día sigue habiendo logros culturales, cinematográficos, musicales, etc., sobre el fenómeno y titularidad de pactar con el diablo.
   Basil Davenport (1905-1966) sostiene que el diablo como tal y según hoy es conocido arranca bastante de una invención comparativamente moderna. Este autor, académico estadounidense, sostiene con sorpresa, en base a sus recuerdos, cómo aprendió de pequeño que las Escrituras no suministran sino poca o ninguna equivalencia certera entre la Serpiente del Génesis, el Adversario del libro de Job, el Lucero de la mañana de Isaías, el Diablo que tienta a Jesús en el desierto del Evangelio de Mateo y el Dragón del Apocalipsis. Sostiene Basil a modo de concluyente que fueron los primeros exégetas del cristianismo quienes decidieron atribuir a todos estos personajes en su conjunto la forma del antiguo dios Pan, el macho cabrío del culto de la fertilidad que vino a ser luego el eje fundamental de la brujería.
   A lo largo de nuestra historia –sigue diciendo Basil–, este concepto de mítico macho cabrío ha evolucionado, convirtiéndolo Marlowe y Goethe en Mefistófeles, el personaje que tienta a Fausto haciéndole desear, claro está, riquezas, poder, pero… más concreta-mente juventud y virilidad para poder disfrutar de la rozagante piel de Margarita.
   Mientras hoy en día la Universidad aún no unifica criterios sobre si efectuar o no pactos con funcionarios políticos de gobiernos dadivosos, en 1398 la Universidad de París reconocía oficialmente la posibilidad de llegar a efectuar pactos con Satanás, pactos que ¿cómo habrían de ser?
   Johnannes Nider (1380-1438), en su maldita obra Formicarius, segundo libro que llegó a imprimirse sobre brujería, proporcionó pautas obligatorias o necesarias del pacto: “El futuro adepto debe ir a una iglesia con su maestro, un domingo antes de que el agua haya sido bendecida. Allí negará a Cristo, la doctrina cristiana, el bautismo y la Iglesia Católica. A continuación rendirá pleitesía al Magisterulus, es decir, al pequeño maestro, el diablo, y beberá de una botella que contiene rica orina de Satán y sangre de niños”.
   Guazzo (1570-1640), autor del famoso Compendium Maleficarum, de 1608, aporta las invocaciones que el adepto debe consignar para que todo esto cobre vigencia: “Niego al Creador… del cielo y de la tierra, niego mi bautismo, niego la veneración que profesaba a Dios, me acojo al Diablo y sólo creo en él”. Luego deberá ofrendar un trozo de su vestido al diablo, entrar en un círculo mágico, donde tocaba la mano y besaba el ano del diablo, jurando obedecerle ciegamente. Y ahora el plato fuerte, el texto del pacto diabólico del párroco de Loudun, Urbano Grandier (1590-1634), que está en la Biblioteca Nacional de París: “Señor y amo mío, te reconozco como mi Dios, prometo servirte toda mi vida y desde este instante negar a Jesucristo y a María, a todos los santos del cielo, y a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana; prometo rendirte homenaje al menos tres veces al día, así como hacer todo el mal posible, y perjudicar al mayor número de personas que pueda. De todo corazón niego la extremaunción y el bautismo, así como los méritos de Jesucristo. Te ofrezco mi cuerpo, mi alma y mi vida ya que de ti los recibí y por ello te los cedo sin el menor pesar”. Urbano Grandier lo firmó con su sangre.
   Pero… ¿por qué pactar con el diablo? ¿Por qué renegar de Dios?
   Creer en el diablo implica creer en Dios. Recordemos a Dante (1265-1321) en el último círculo del Infierno de su Divina Comedia, donde aparece Lucifer masticando a los tres grandes traidores, Judas, Casio y Bruto.
   ¿Estamos confundidos y vemos en un ángel caído algo que ni el propio Satanás asume ser?
   ¿O los ángeles caídos somos nosotros mismos, cegados por nuestra vanidad y soberbia, por nuestro narcisismo, que al quitarnos perspectiva nos impide darnos cuenta de nuestra auténtica grandeza y de nuestra real miseria?

 

 

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RACIONALIZAR: TENER SENTIDO DE LA REALIDAD

 

   RACIONALIZAR: Desde un punto de vista o descripción de diccionario, de este verbo pueden destacarse tres acepciones: 1) significando una reducción o un amoldarse a normas o conceptos racionales; 2) significando, respecto a lo laboral o empresarial, organizar la producción, el trabajo o las tareas, de manera que se aprecien u obtengan en aumento los rendimientos o, con mínimo esfuerzo, ahorrado éste, se reduzcan los costos; 3) significando en matemáticas operar para eliminar los radicales del denominador de una fracción.
   En lo que me fijo a continuación es en lo que he encontrado rastreando por la red, aportándolo Miguel Guzmán (http://www.exito-personal.com/miguel-guzman/), un apasionado del desarrollo personal, que me inspira lo que sigue.
   Hemos de empezar por la fábula de Esopo sobre La zorra y las uvas.
   Era una tarde muy soleada y calurosa, cuando una zorra que se había empleado bien en cazar durante todo el día estaba muy sedienta.
   “Cómo me gustaría encontrar agua”, pensó la zorra.
   Justo en ese momento vio un gran racimo de uvas muy jugosas colgando en lo alto de una parra. Las uvas se mostraban maduras y llenas de zumo delicioso.
   “¡Oh, mira qué bien!”, se dijo la zorra. “El zumo de estas uvas saciarán y calmarán mi sed”.
   La zorra se puso de puntillas y se estiró cuanto pudo hacia lo alto, pero no alcanzaba a las uvas.
   No queriendo abandonar ni desistir de su empeño, la zorra saltaba y renovaba sus impulsos intentando alcanzar las uvas. Pero fue inútil. No pudo lograrlas.
   Saltó y brincó repetidamente, pero no llegaba a las uvas. La zorra estaba cada vez más cansada y sedienta. Acabó argumentándose su desengaño y se dijo con mucha rabia y enfurecida resignación:
   “¡Qué tonta soy! De verdes que están, no se aprecia que estas uvas estén buenas y mucho menos que sean una delicia o quiten la sed. Me voy”.
   Y se fue. Dejándonos para nuestra enseñanza y provecho esta moraleja: Nunca traslades la culpa a los demás de lo que no eres capaz de alcanzar.

 

   Pasa con frecuencia que las cosas que tienes que hacer o que te propones no salen como prevés, de modo que ante los reveses te sale racionalizar. Se trata de una reacción o recurso cerebral, psicológico, que solemos tener.
   La racionalización es un fenómeno psicológico que consiste en buscar una explicación racional o lógica a una decisión tomada de forma emocional. Nuestro cerebro se inventa o propone excusas para justificar nuestro comportamiento.
   Nuestra parte más emocional nos hace decidir emocionalmente, hasta que nuestra parte más racional nos ayuda a “entrar en razones”, inventando o procediendo según una justificación real o aparentemente desde la lógica sobre nuestras decisiones y conductas. Hay que contar con esto y saber acertar en estos mecanismos para no frustrarnos tontamente. Tengamos paciencia y no nos frustremos. Estemos acordes con nosotros mismos, emocional y racionalmente. Actuemos acertadamente, con sensatez, sin precipitarnos, sin dejación, inteligentemente, con astucia. Ten en cuenta que legendariamente son cualidades de los zorros todas esas. No te equivoques, no te distorsiones, no te en-gañes ni te dejes engañar… Nos traen a mal traer con lo emocional. ¡Ojo! No podemos predecirlo todo, pero sí aprender a pensar como es debido. ¿Qué hay más: gente emocionalmente imbécil o gente racionalmente sensata? ¿Dónde te hallas tú? ¿Tienes verdadero y acertado pensamiento crítico o eres emocionalmente visceral? ¿Sabes tomar acertadamente tus decisiones?
   Imagina (tomando esto del buen blog Less Wrong) que hay ante ti dos cofres cerrados, a sabiendas de que uno tiene dentro un excelente diamante y otro tiene una caca.
   Aunque los cofres son aparentemente iguales, sin embargo contienen o conllevan pistas diferentes: peso, ruidos o sonidos que producen, olores que desprenden, etc.
   Te han dicho que tú sólo te puedes quedar con un cofre. ¿Acertarás con el del diamante o te quedarás con el de la caca?

 

 

 

   Tendrás que saber orientarte mediante pistas e intuiciones, poniendo en juego tu inteligencia y tu pensamiento crítico, ¿no te parece? ¿No tienes buen método respecto a los asuntos de la vida? En eso consiste y para eso sirve racionalizar bien, desde luego no discutiendo ni enardeciéndote o dando voces. Tampoco seas voluntarista a ultranza. No te impongas a lo bestia o torpemente sobre los demás. Ten sentido de la realidad. No deformes los hechos para encajarlos forzadamente a tus teorías, a tus creencias, a tus ideologías.
   Racionaliza bien y no renuncies a tus emociones, pero ten o coloca cada cosa en su sitio, dale a cada cosa su lugar, vive la vida ordenadamente. Ten claro lo que quieres, lo que te mueve. Ten clara las estrategias y tácticas que has de adoptar.
   En cuanto a tu fe, te valga, si te parece bien, este pensamiento de don Miguel de Unamuno: “¿Racionalizar la fe? Quise hacerme dueño y no esclavo de ella, y así llegué a la esclavitud en vez de llegar a la libertad en Cristo”.

 

SABOTEAR Y CÓMO NO ACTUAR CHAPUCERAMENTE

   SABOTEAR: Con este verbo transitivo nos referimos a efectuar o hacer actos de sabotaje interceptando contra un servicio, una instalación, un proceso, etc. Ejemplo: “Las autoridades acusaron a la guerrilla de haber intentado sabotear las conversaciones de paz; sabotearon las vías de comunicación para aislar la zona”.
   Como ejemplo referido desde este verbo, he hallado el siguiente artículo de Berto Pena, escrito en su blog ThinkWasabi, planteando acerca de gestionar todo de modo eficaz e inteligente, tratando sobre “cinco maneras infalibles (y típicas) de sabotear el propio trabajo”.
   Berto (que, abreviado, es Alberto, como él mismo explica) empieza este artículo diciendo que esfuerzo no equivale a resultados. No necesariamente. A veces nos lo complica el jefe y compañeros. A veces la tarea en sí, que se retuerce y se pone cuesta arriba. Y muchas veces somos nosotros mismos quienes, mediante actos de refinado saboteo o sabotaje, aunque no procedamos voluntariamente del todo, decidimos no conseguir lo que pretendíamos.
   ¿Puede ser uno tan “tonto” de sabotearse a sí mismo en el trabajo? Pues sí, aun cuando casi nadie lo hace de forma completamente deliberada. El propio saboteo o sabotaje lo forma ese conjunto de costumbres y rutinas que reproducimos de forma automática sin darnos cuenta de las consecuencias.
   Son muchas las maneras (malos hábitos) de sabotearse a sí mismo. Luego se aprende poco a poco a que esto tiene arreglo, sin que se llegue al grado de perfecto total. He aquí las cinco señaladas maneras de saboteo que repetimos habitualmente cada día, a veces de un modo concatenado:
   1.- Al no prepararnos bien las cosas o las tareas por anticipado, no obtenemos sino resultados propios de chapuceros. Porque empezamos la jornada, la semana o un período de tiempo sin planificar ni organizar bien. Es evidente que hay cosas que escapan a nuestro control, no pudiendo anticiparlas por ser imprevistas, pero hay cosas que sí. ¿Por qué no nos preparamos en condiciones?
   2.- Empezar como distraídos o de mala gana. Ya sabemos que una tarea puede ser dura, o hasta muy dura y engorrosa de por sí. Pues céntrate, no te distraigas. No te sabotees.
   3.- Correr, precipitarse, hacer las cosas sin pensar, sin un mínimo de reflexión siquiera. Hay que pararse a pensar, porque lo mismo no es tan urgente ni tan necesario eso que se te presenta como ineludible sin serlo. Vive más tranquilo y con calma, hombre. Si corres o te precipitas mucho es que piensas poco, deambulas, yerras, te saboteas a ti mismo.
   4.- Hay que saber decir “sí” a lo que es “sí” y “no” a lo que es “no”, pues de lo contrario puede que te estés saboteando y actúes chapuceramente, estrepitosamente, acarreándote estrés, saturándote innecesaria e infructuosamente. ¿Acaso no sabes que muchos de tus compromisos no merecen que los atiendas, al menos del modo que los atiendes, entre otras cosas porque puede que sean una “mierda”? ¿No te has parado a pensarlo? Si intentas llegar a todo, no llegarás a nada. Quien mucho abarca, poco aprieta. Si intentas contentar o agradar a todos, el primer descontento serás tú. Exígete y exige a los demás lo justo, ni mucho ni poco, lo normal.
   5.- No malgastes el tiempo. No te desgastes en tareas que ni cuentan o no han de contar o importar tanto. No todas las tareas ni todos los esfuerzos son lo mismo. No te creas infeliz o mediocre si no alcanzas lo inalcanzable o lo que no merece tanto alcanzarse. No te equivoques ni te pierdas en multitud de cosas que enervan para nada. No repares tanto en los fracasos sino en lo que aún tienes por delante, pero bien pensado, centrado, calmado… Date oportunidades, una y otra vez. Vive sin frustrarte, hombre de Dios. Contempla y considera la foto inserta a continuación.

 

 

 

TAPEAR

   TAPEAR es tomar tapas en bares y establecimientos hosteleros. Téngase en cuenta que los libros no se juzgan ni se califican por sus tapas, pero los bares sí. Podemos aprender que uno de los principales rasgos o aspectos de nuestra cultura española en lo referente a gastronomía es el tapeo. Las tapas son pequeñas cantidades de comida o porciones de alimento que se sirven en los bares para acompañar una bebida. En España es muy común ir de tapas: una tradición que consiste en ir de bar en bar, de un lado a otro en una población o ciudad, con amigos o familiares para comer y beber (normalmente cerveza o vino). El origen de esta tradición no está muy claro y existen diversas explicaciones. Se cree, por ejemplo, que nació por el interés económico de los taberneros, quienes ponían un poco de comida salada (por ejemplo, jamón) para que el cliente pidiera más bebida. Otros piensan que las tapas nacieron de la costumbre que tenían en las tabernas de tapar los vasos de bebida con una rebanada de pan para evitar la entrada de polvo o insectos. Otra explicación afirma que los Reyes Católicos obligaron a servir comida con la bebida para que la gente no se emborrachara fácilmente y evitar así altercados. Sea cual sea el origen, las tapas son conocidas en todo el mundo y constituyen un elemento esencial de la cultura española. Tapear o ir de tapas es sinónimo de salir con los amigos a divertirse y es una deliciosa manera de hacer vida social. Las tapas son tan importantes que existen concursos anuales o eventuales para elegir la mejor tapa del año o de los diversos lugares.

 

 

 

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