Siglo XI

 

En el siglo XI, superándose el eclesialmente más bien descalabrado siglo X, muchos religiosos salidos de los monasterios reformados, como los que dependen de Cluny, se muestran deseosos de una Iglesia más santa y buscan la manera de hacer una reforma general. Era necesario para eso que los pastores se preocupasen más de sus responsabilidades, pero la gran mayoría carece de las debidas cualidades, están mundanizados, son nombrados por los príncipes y a conveniencia de intereses poco dignos.

En este siglo hubo la primera de ocho destacadas cruzadas que se fueron sucediendo por el siglo XII y buena parte del XIII. El Papa Urbano II (1088-1099) convocó dicha primera cruzada en el Concilio de Clermont (año 1095), pretendiendo reconquistar los santos lugares de Jerusalén que estaban en poder musulmán desde 1071. Pedro el Ermitaño la promovió entre el pueblo y así logró reunir un ejército enorme de 20.000 cruzados. Fue la cruzada de los pobres. Con hambre y desorientados, llegaron al Imperio Bizantino que los miraba con recelo por las tropelías y desórdenes que cometían a su paso. Después de ellos llegó un ejército de 60.000 hombres al mando de Godofredo de Bouillon. Los cruzados tomaron plazas importantes, tales como Antioquía y también la misma Jerusalén, a la que arrasaron. Establecieron allí un reino, pequeño islote rodeado de turcos y bizantinos. Fue llamado reino cristiano de Jerusalén, el cual se perdería ya del todo en 1290.

En cuanto al arte y su pedagogía de cristiandad, este siglo fue muy destacadamente el del románico, erigiéndose catedrales grandiosas y torres de iglesias por doquier a cuya sombra se agolpan todavía hoy humildes aldeas. Sus edificios no eran sólo recintos sagrados o litúrgicos, pues servían también como centros de la vida social, útiles como  escuela, teatro, hogar común de todos los convecinos, escenario de los principales momentos de la existencia terrena y cementerio donde, junto a sus mayores, descansaría su cuerpo al llegar la muerte. La población medieval, analfabeta en su gran mayoría, no tenía acceso a los libros. Por eso, toda la catequesis la recibía esta gente sencilla a través del arte sacro.

Destaquemos también que las relaciones entre la Santa Sede en Roma y la Patriarcal Constantinopla fueron más de enfriada caridad que de entendimiento; fueron relaciones tensas y en cierto modo hasta agresivas, tanto que en el año 1045 se produjo el gran cisma, la ruptura total entre la iglesia griega y la iglesia romana. La iglesia griega desde ese momento rechaza toda obediencia al Papa de Roma. Hay explicación histórica de todo ello, sin que por lo mismo justifiquemos la ruptura. El cisma se dio por razones políticas, culturales y dogmáticas. Por supuesto, sigue siendo un reto ecuménico el de la unidad de los cristianos.

En lo religioso destaca también el auge de dos nuevas órdenes de renovada intensidad: San Romualdo fundó la Orden de la Camáldula en 1018; y San Bruno estableció la Cartuja, para que sus miembros dedicaran su vida a la oración en silencio y soledad, aun viviendo en vida de comunidad. Concebida como una fusión de la vida solitaria y la cenobítica, la Cartuja fue desde sus orígenes una orden austera y penitente, cuyos miembros viven en continuo silencio, teniendo como principal y casi exclusiva ocupación la contemplación divina.

La vida monástica de Cluny llegaba al apogeo. A finales de este siglo se desarrolla un fuerte movimiento eremítico. Llevados de una voluntad de penitencia y de pobreza, algunos hombres y mujeres se retiran a lugares aislados (bosques, cuevas, precipicios, islas, etc.) para expiar sus pecados. Pero la fama de su santidad atrae a las gentes, y ellos se convierten muchas veces en predicadores populares. Si Pedro el Ermitaño es el más conocido o popular, la acción de Roberto de Arbrissel, entre los años 1045-1116, es más profunda; acaba fijando a sus discípulos en Fontevrault (Maine-et-Lore): comunidad de hombres y comunidad de mujeres, por separado. Pero es la abadesa la que tiene autoridad sobre el conjunto.

Entre otras experiencias floreció también la Orden del Císter, hundiendo sus raíces en la iniciativa de San Roberto de Molesmes y sus compañeros. Intentaron volver al rigor y genuina identidad que Cluny parece olvidar a finales del siglo XI. Fundaron así la abadía de Citeaux (Císter) en 1098, logrando, entre otras cosas, la sencillez de la liturgia y la soledad contemplativa en medio de los bosques. Para dedicarse especialmente a las labores agrícolas en las tierras del monasterio, el Cister creó una nueva clase de monjes, los legos o hermanos conversos, que estaban dispensados de varias obligaciones, entre ellas la asistencia al coro.

Superado para bien el que fuera Imperio Monástico Cluniacense, la Orden Cisterciense recibió un formidable impulso con el renovado advenimiento de San Bernardo de Claraval, clave e importante figura histórica.

Mientras tanto, el siglo XI será el de un pontificado de gran calado, el de Hildebrando Aldobrandeschi, el Papa San Gregorio VII (1073-1085). Buen conocedor del caos que reinaba en la Iglesia, esquivó el cargo de Papa durante un cuarto de siglo, pero silenciosamente se constituyó en el alma de seis papas consecutivos para realizar la reforma moral en la Iglesia. Muerto el Papa Alejandro II, fue inútil su resistencia. Cardenales, clero y pueblo lo eligen por aclamación el 22 de abril de 1073. Luchó contra las intromisiones que supusieron las querellas de las investiduras. Gregorio VII no buscó que la Iglesia fuera superior al Imperio, pero no permitió que continuase la compraventa de cargos eclesiásticos y el nombramiento (investiduras) de hombres deshonestos para regir la Iglesia. Se dirigió a todos defendiendo los derechos de la Iglesia y promoviendo una reforma en profundidad de las costumbres. Las normas y directrices de Gregorio VII constituyen mucho de lo que es el derecho canónico de la Iglesia.

Es de todos bien conocida la lucha que entabló con el emperador alemán Enrique IV y cuál fue el resultado al respecto. Y sabemos de la muerte de Gregorio VII, en Salerno, el 25 de mayo de 1085, el mismo día de la muy importante reconquista de Toledo por parte del rey Alfonso VI, un hecho de gran repercusión en las taifas y Al-Ándalus. Todo tuvo sus consecuencias.

 

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