Siglo VII

 

Cada siglo tiene su sorprendente impronta. El siglo VII mostró la rápida expansión del Islam. Fue pasando que, mientras el cristianismo cundía por las tierras del norte europeo, gracias a la acción evangelizadora de los monjes irlandeses y anglosajones, por el sur apareció la invasiva corriente musulmana. En efecto, los discípulos y más fieles seguidores de Mahoma, tras haber conquistado Arabia, el Medio Oriente y el norte de África, cruzaron el estrecho de Gibraltar, en el año 711 (ya siglo VIII), y acabaron con el reino visigodo hispano, iniciándose la historia de Al-Ándalus. Córdoba habría de erigirse en capital del muy afianzado califato que se impondría. Cabrá destacar también la importancia de los cristianos en su calidad de mozárabes.

Digamos que fue Papa destacado en este siglo, precisamente abriéndolo, San Gregorio I Magno (590-604). Entre otras cosas, lograr o completar la conversión de los pueblos bárbaros fue uno de los desafíos más importantes que supo afrontar. Envió a San Agustín de Canterbury a predicar en Gran Bretaña, en donde estableció siete obispados. Procuró que los francos y los lombardos fueran catequizados. Logró que los visigodos dejaran el arrianismo, siguiendo el ejemplo del rey Recaredo (586-601). Impulsó y difundió también el canto litúrgico que lleva su nombre: gregoriano.

Ante el avance musulmán, ¿qué hizo la Iglesia? En un principio no tuvo conciencia de la peligrosidad de esta nueva religión, pues estaba preocupada por sus divisiones internas. Más tarde, la Iglesia hubo de afrontar el avance arrollador de los árabes. En Oriente, los emperadores cristianos de Constantinopla trataron de contener su expansión y defender los territorios sobre los que tenía influencia. Esta tarea los apartó poco a poco del Papa y de la vida de la Iglesia en Occidente. Los Papas veían la incrementada connivencia entre los emperadores y los patriarcas bizantinos; y acabaron recurriendo a los francos y pactando alianza con ellos. En Europa se fue configurando cada vez más la sociedad como cristiandad, impregnándose la vida de valores cristianos.

Pero también hubo en este siglo herejías que hubieron de ser combatidas, en la actitud de la mejor enmienda posible. De este modo, antes de finalizar el siglo VII, quedaba cerrada o solucionada la última cuestión cristológica que se planteó, completándose el dilatado esfuerzo por formular la doctrina de la fe. Sí hubo naturalmente conflictos y tensiones, pues en ese tiempo era grande el apasionado interés que los cristianos de aquella época sentían por la verdad divina, por conocerla y por expresarla del modo más adecuado posible. Sin embargo, a través de estos conflictos y tensiones Dios escribía derecho o correctamente, llevando la historia hacia delante, y así pudo avanzar la formulación de las doctrinas trinitaria y cristológica.

De otra parte, ¿qué podemos pensar los cristianos hoy en día acerca del Islam? En la declaración sobre las relaciones con las religiones no cristianas, la “Nostra aetate” del Concilio Vaticano II, en el número 3, se dice esto: “La Iglesia mira con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, Creador del cielo y de la tierra, que habló a Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Los musulmanes veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal. Esperan el día del juicio, cuando Dios remunerará a los hombres resucitados. Por eso honran a Dios, sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno. Si en el transcurso de los siglos surgieron desavenencias y enemistades entre cristianos y mu-sulmanes, el sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren sinceramente una mutua comprensión y actuando en común, defiendan y promuevan la justicia social, los bienes morales, la paz y libertad para todos los hombres”.

He aquí, al término de esta presentación del siglo VII e invitación a adentrarnos en él, la oración inicial o exordio con que se abre el Corán: “¡En el nombre de Dios clemente y misericordioso! ¡Alabanza a Dios, el señor de los mundos, el clemente, el misericordioso, el rey del día del juicio! A ti te adoramos; de ti imploramos ayuda. Condúcenos por el camino recto, el camino de aquellos en los que te complaces y no de los que son objeto de tu cólera ni de los que están en el error”. 

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