Siglo IX

 

El siglo IX, de sufridos ataques vikingos por Europa, se ve declinar con gran deterioro el Imperio Carolingio. Y la Iglesia, mostrando también mucho deterioro, no parecía destacar precisamente por el esplendor de su santidad. Pero los muy numerosos monjes, con su rezar y trabajar –menos mal– sí la mantuvieron santificándola.

Dios seguía alumbrando las espesas tinieblas que se cernían sobre Europa. El Espíritu Santo seguía iluminando y conduciendo la evangelización por Hamburgo, Bremen y los países escandinavos.

Hubo incluso un destacado impulso monástico. En el año 963, el monje Atanasio fundó el primer monasterio en el monte Athos, al norte de Grecia, que se convertirá en una república de monjes y en la cumbre de la espiritualidad ortodoxa. Y destacó también el Papa Sergio II (844-847), que procuró aliviar mucho los sufrimientos de la gente, del pueblo víctima de invasiones y guerras. Para luchar contra los piratas sarracenos que amenazaban continuamente las zonas costeras del Mediterráneo, se formó una liga compuesta por Amalfi, Gaeta y Nápoles, a la que se unió también Ludovico II (844-875). El mismo Papa San León IV (847-855) apoyó el ataque contra los sarracenos, que fueron derrotados. Agradecido por la victoria el Papa coronó emperador a Ludovico II.

Se preludió la teocracia del poder en la figura del Papa San Nicolás I (858-867), anticipándose un tanto a posteriores pontífices tales como San Gregorio VII (1073-1085) e Inocencio III (1198-1216), sosteniendo que ninguna potestad en la tierra se sobrepone a la suprema potestad de la Iglesia. El Papa San Nicolás I se mostró en el gobierno de la Iglesia como siendo monarca espiritual absoluto e incuestionable, dictando leyes e imponiendo condiciones lo mismo a obispos y príncipes como a emperadores. Todo ello sin recursos de violencia, antes al contrario: aboliendo procedimientos de tortura y poniendo en su sitio lo judicial, pero abarcando en uno los dominios de ámbito civil y religioso.

Puede decirse que fue en el pontificado del Papa San Nicolás I cuando cristalizó ya la formulación conceptual de “cristiandad”, en el sentido de la gran comunidad que constituían los pueblos cristianos, más allá de sus divisiones políticas y nacionales. La noción de cristiandad cobró creciente y medieval importancia a partir de la restauración imperial de Otón I (962-973). Consciente, además, de los deberes inherentes a su suprema autoridad, Nicolás I dio pruebas de una energía indomable ante los difíciles problemas que le tocó afrontar durante su pontificado, muy particularmente en relación a la Iglesia Oriental o Bizantina.

En los años finales del siglo IX comenzó un largo período de aguda decadencia en la Santa Sede, preludiándose el que vino a llamarse “siglo oscuro” o “siglo de hierro”, hasta mediados del siglo XI, aun cuando en la segunda mitad del siglo X, bajo la égida de los emperadores Otones, se registrara una transitoria mejoría.

El porqué de esto se explica por cuanto la Santa Sede cayó en manos de las facciones que dominaban la ciudad de Roma, auténticos clanes nobiliarios romanos. Sometida al tiránico dominio de estas familias, la Sede de Pedro fue ocupada durante una época por una larga serie de Papas que fueron, en su mayoría, individuos insignificantes o indignos, y que hicieron descender al pontificado a los más bajos niveles que ha conocido en su historia dos veces milenaria. Durante siglo y medio, desfilaron en veloz sucesión cerca de cuarenta Papas y antipapas, muchos de los cuales tuvieron pontificados efímeros o murieron de muerte violenta, sin dejar apenas memoria de sí. Hubo entre ellos algunos que no estuvieron a la altura de su misión y varios observaron una conducta re-probable, totalmente impropia de su dignidad.

Uno de los modos más claros de ver que el primado papal es de institución divina y no mera invención humana quizá sea considerar cómo pudo sobrevivir a la prueba del siglo de hierro; y más todavía comprobar que durante esta época el pontificado siguió cumpliendo su misión al frente de la Iglesia universal, sin desviarse un ápice de la doctrina ortodoxa en materia de fe y de costumbres.

En conclusión, cualquier cristiano podría desalentarse al saber estas cosas de su Santa Madre la Iglesia. Incluso llevarse las manos a la cabeza en señal de estupor y escándalo. No obstante, la madurez nos hace ser reflexivos y decir: la Iglesia está compuesta por hombres, pero quien la dirige es el Espíritu Santo. Los hombres podrán fallar, pero Dios no. También hubo hombres de Iglesia ejemplares en su testimonio de santidad y misión, destacando entre ellos, por ejemplo, los monjes Cirilo y Metodio, íntegros constructores de Europa.

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