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OBJETIVAR

   OBJETIVAR: Consiste en dar carácter objetivo a algo, a una idea o sentimiento, expresándolo con claridad, con certeza incluso implícita, sin tergiversar con una total imparcialidad, prescindiendo de las consideraciones más propiamente personales o subjetivas.

 

Como pude leer en el blog de Alberto Jimeno (10 – febrero –  2006), no es fácil ser crítico, imparcial, objetivo y acertado en las propias opiniones. Es difícil encontrar gente objetiva, gente que sepa ser crítica. Es difícil encontrar gente que forme su opinión evaluando por sí misma cada situación. En asuntos de política es difícil formarse una opinión completa de ellos, porque sería necesario evaluar toda la información y no sólo alguna. Y evaluar toda la información es imposible, no se pueden conocer todos los hechos, y por tanto es imposible tener una visión absolutamente objetiva del todo. ¿Cómo puedes crearte una opinión sólida sobre un asunto si sólo conoces el 1% de toda la información sobre dicho asunto? Quizá hayas leído o escuchado unos titulares o un par de noticias. Sólo con eso es imposible tener certeza, objetivar, sobre algo.
   Sin embargo existen otros aspectos de la vida en los que sí puedes tener acceso a casi toda la información y por tanto puedes crearte una opinión sólida. Pero aún así la gente no es objetiva, no es crítica, se deja llevar por prejuicios y favoritismos, por una tendenciosidad. Pero en muchos casos estamos abocados a discusiones en las que no pueden objetivar quienes discuten, porque ninguna de las partes aporta argumentos de peso. En todo caso, tiene que ver con objetivar la actitud y conducta de respetar, tolerar, valorar desapasionadamente, críticamente…
   Nuestra objetividad procede muchas veces de nuestra inercia, de hacer y pensar lo de siempre, lo que nos ha sido habitual o heredado, la rutina, el no complicarnos, el no ser críticos, el ser crédulos, el dar por seguro lo ya conocido o lo ya creído. Independientemente de nuestra “fe teologal”, tenemos también nuestra “fe ciega” ante demasiadas cosas sin que ejerzamos nuestro (carente) sentido crítico.
   Para objetivar hay que ejercitarse en la apertura mental, saliendo de toda cerrazón. Hemos de saber reflexionar sobre lo que pensamos, revisar y volver a evaluar nuestras posturas o ideas cada vez que nos lleguen nuevas informaciones. Hay que evaluar toda la información que podamos y hemos de plantarnos cuantas posibilidades se nos presenten por delante. Objetivar no es cosa de empecinados y tercos o cabezotas.
   A nivel informativo y comunicativo (periodístico) suele decirse que la tarea de objetivar es definitoria. Por encima de todo ha de buscarse la objetividad, la verdad objetiva. ¡La búsqueda de la verdad! Eso es lo que ha de perseguir también la ciencia y la filosofía. ¿Cómo será esto posible?
   Cuenta Marcelo Colussi que el oficio del periodismo es algo moderno, muy reciente en nuestra historia como especie. Tiene que ver con las sociedades masificadas, cuando los medios de comunicación hacen su entrada triunfal (imprenta ante todo; luego, mucho más tarde, la radio, después la televisión). La figura del periodista moderno, si desechamos todas las tradiciones orales de las distintas civilizaciones -que no podríamos equiparar al periodismo moderno en sentido estricto-, es algo intrínseco al capitalismo naciente, cuando las novedosas tecnologías permiten la difusión masiva de noticias e información y cuando una persona comienza a ocuparse regularmente de ese oficio. En ese sentido, el periodista y toda la parafernalia con que se guía en su práctica cotidiana (preparación académica, códigos técnicos de trabajo, axiología específica) pasan a tener un estatuto propio. Surge ahí, entonces, la ética periodística, por la que hay que velar y en la que hay que formarse.
   Al tener que contarle a otro lo que pasó, al informarle a un tercero sobre un hecho, la objetividad y la neutralidad no pueden mantenerse así como así. Quien relata está siempre posicionado y considerando, pues ve “un” mundo, ve “una” realidad. ¿Acaso no tienen ideologías y pre-comprensiones inevitables los periodistas?
   Consideremos como fundamental que el ejercicio del periodismo no es una práctica autónoma. Salvo contadísimas excepciones (la excepción confirma la regla), los periodistas son trabajadores en relación de dependencia con las grandes empresas o entidades de comunicación; por tanto deben amoldarse a las exigencias patronales, y la línea conceptual del medio para el que trabajan no la fijan ellos. Se abre ahí, entonces, un dilema: el periodista profesional no informa lo que ve sino lo que el medio para el que trabaja le exige que informe. Disyuntiva muy difícil de superar, por cierto.
   En todo caso, en atinada expresión de Victoria Camps, tal vez no sea tanto ser objetivo lo que el buen informador debe proponer, pero sí al menos que honestamente sea creíble.
   Distintos códigos de conducta profesional recalcan el deber de la absoluta objetividad en el ejercicio de la práctica periodística, así como el derecho del público a esa clase de información, o la necesidad de despojar el ánimo de prejuicios, o el rechazo de presiones de los empleadores para que se acomode la versión de los hechos a sus intereses, o el repudio de la mentira como práctica profesional, o la técnica de consultar documentos probatorios y de buscar los hechos mismos; o, incluso, la apelación a la conciencia y a la responsabilidad ante la opinión para informar verazmente. Pero ninguna de estas tablas de valores garantiza la neutralidad. Los seres humanos no somos neutros, ni podremos serlo nunca. Tomamos partido. Pero ello no quiere decir que el entramado mediático que se fue forjando en este desarrollo del gran capital con modernas tecnologías de punta –una enorme empresa que mueve cifras astronómicas y que dispone de un poder de penetración cultural casi infinito– tenga el derecho de “vendernos la realidad que el poder desee”.
   Hoy por hoy –lo vemos a diario con crueldad desoladora– los medios masivos de comunicación sólo en contadas ocasiones informan con altura; en general son, por el contrario, grandes empresas lucrativas dedicadas a la manipulación emotiva, a la venta de espacios publicitarios y a la transmisión de cualquier cosa menos objetividad. No puede equipararse a todos los periodistas y decir que todos por igual son parte de esa gran maquinaria mediática engañosa que se ha ido creado. La disyuntiva para todos ellos es o buscar esa pureza objetiva, o sobrevivir. Así de simple, así de crudo. Y el sobrevivir se impone, por cierto. Pero por el sobrevivir –huelga decirlo– se pueden cometer las peores barbaridades; veamos, por caso, las brutalidades a que ya nos tienen acostumbrados los medios masivos de comunicación: mentiras, engaños, manipulaciones, informaciones parciales, programaciones tontas, superficiales, sensacionalismo sentimentalista, bajo nivel ético y estético, tontera barata sobre reflexión seria, chisme sobre conocimiento profundo, estupidez, cretinismo. Todo eso es lo que hacen los periodistas empleados por las grandes empresas de la industria mediática.
   Que se objetive aspirando a una superación en calidad. Sea este el mensaje y en lo posible el compromiso.
   Otro asunto es el de la objetividad como problema y posibilidad en el hacer historia, en el arte o profesión de historiador. Se trata de uno de los problemas más controvertidos en relación a la calificación de la Historia como un verdadero conocimiento científico. Actualmente está comúnmente aceptado que es imposible estudiar el hecho histórico desde un formalismo meramente objetivo y se impone una visión relativista que se genera en el conflicto entre la propia visión del pasado del historiador, basada siempre en su conocimiento y experiencia propia, y el cuadro ofrecido por el método científico de acercamiento al conocimiento histórico.
   Desde el inicio del método científico el historiador tiene la obligación de intervenir “subjetivamente” en el proceso, pues tras elaborar la hipótesis de partida, necesita seleccionar los hechos históricos que son relevantes para su finalidad. Después tiene que someterlos a un análisis y a una… ¡interpretación! de los mismos. A partir de entonces establecer las causalidades y las posibles conclusiones que corroborarán o no las hipótesis de partida. Con la mera descripción del proceso y los elementos experimentales que posee el historiador se comprenderá que siempre existirá esa subjetividad.
   Evidentemente los resultados del proceso cognoscitivo van a depender de una serie de condicionantes del investigador, de los cuales se pueden señalar como determinantes los siguientes: 1) la posición social del historiador (lo que conlleva una ideología, una mentalidad, una opción social y política, una religiosidad, etc.); 2) los valores de referencia del historiador (con sus tendencias al investigar, etc.); 3) los conocimientos generales que posea; 4) su personalidad, carácter, manera de ser, etc., todo ello susceptible de un modo de interpretar y de una maneras de redactar o presentar.
   Por consiguiente, puede afirmarse que es muy difícil y hasta imposible encontrar verdades absolutas o leyes inmutablemente objetivas que puedan explicar el devenir de la Historia. Ha de buscarse el valor de la Historia en el rigor y en la honradez del historiador, su honesta aplicación de metodología científica en su investigación, siendo consciente de que su resultado estará siempre sometido a revisión. Parafraseando a Edward H. Carr se puede afirmar que: La Historia es un diálogo continuo entre el pasado y el presente, entre los hechos históricos y el historiador. Ciertamente puede considerarse muy acertado lo que sostiene como historiador el francés Anatole France: que la Historia no es tanto una Ciencia, sino un Arte; en sus aciertos siempre interviene la imaginación. ¿Será esto lo que la haga tan apasionante? (© Francisco Arroyo Martín. 2009, citándose esto como https://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/08/23/el-problema-de…en-la-historia/).

 

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