ÁMBITOS PASTORALES

ÍNDICE O SUMARIO DE CUANTO SE MUESTRA A CONTINUACIÓN
  • La transformadora alegría del Evangelio.
  • Jadear (pastoral y esperanza).
  • Saber (breves consideraciones y reflexiones varias).
  • Pastoral de Jóvenes (Panamá 2019).
  • Ganar (reflexión y catequesis).
  • Morada de Dios mediante el Espíritu.
  • Ladrar: ¿Cuándo sí y cuándo no?
  • Madurar.
  • Resumen de lo que el Papa Francisco presenta a los jóvenes y al pueblo de Dios en la Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit.
  • Breve historia del racionamiento.
  • No nos olvidemos del balar de las ovejas, y que huelan a ellas los pastores, como dice el Papa Francisco.
  • Hay personas que viven para figurar.

 

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LA TRANSFORMADORA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

 

   La transformadora alegría del Evangelio es la clave de toda la acción pastoral en la Iglesia. Se trata de la acción evangelizadora que parte siempre de la oración y la contemplación, en todo personal y comunitariamente. Van correlativas la oración y la misión.

El Papa Francisco nos lo recuerda tal como le vemos insistir en su Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual:

“Quiero dirigirme a todos los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (EG 1).

“Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera que no puede dejar las cosas como están” (EG 25).

Se han de revisar todas las áreas pastorales y todos los procesos, empezando por los catequéticos en las parroquias u otros ámbitos. De aquí surge -como actualmente se hace- la elaboración de nuevos Directorios de Iniciación Cristiana y de cuanto se refiere a la preparación sacramental, de modo que ha de replantearse cuanto viene valiendo hasta el momento para Bautizos, Primeras Comuniones, Confirmaciones, Bodas… El replanteamiento consiste en que ha de vivirse la fe como experiencia que implica a toda la persona e involucra en todas las dimensiones de la vida. Se mira al cese de la rutina sociológica que actualmente se viene arrastrando en lo pastoral, cayendo en lo frívolo y superficial…

Ha de celebrarse la liturgia (los sacramentos, el culto, las devociones, la religiosidad) como encuentro personal con Cristo Jesús Señor nuestro, Hijo de Dios y Salvador.

 

 

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JADEAR

(Pastoral y esperanza)
   Respirar anhelosamente por efecto del cansancio, la excitación, el calor excesivo o alguna dificultad debida a enfermedad o miedo. Es muy peculiar el jadeo en los perros, resultando ser un mecanismo de regulación de la temperatura en estos animales. No está de más saberlo. Pero nosotros nos vamos a situar aquí más en el plano bíblico y no tanto en el veterinario. 
   Vemos este verbo en el profeta Isaías (42, 14) diciendo: “Por mucho tiempo he guardado silencio, he estado callado y me he contenido. Pero ahora grito como mujer de parto, resuello y jadeo a la vez”.
   En esta audaz metáfora, Isaías habla de Dios como de una mujer que está embarazada de un futuro de liberación, con la esperanza fructificando. Después del tiempo de silencio de Dios, tiempo de gestación, ahora ha llegado el momento más doloroso del parto. Pero la vida nueva ya está muy cerca, aflorando…
   Es muy distinto de otro embarazo de la historia, la del pueblo infiel e insulso. “Como la preñada, cuando le llega el parto, se retuerce de dolor, así éramos en tu presencia, Señor: concebimos, nos retorcimos, dimos a luz… viento; no trajimos salvación al país” (Is 27, 17-18).

 

 

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SABER

   Según el Diccionario de la RAE, consiste en tener información, noticia o conocimiento de algo. Por ejemplo: Supimos que se había casado. Significa también entender de algo o estar instruido en algo, por ejemplo cuando se dice de alguien que sabe química. Se recurre también al verbo saber para indicar que se tiene habilidad o capacidad para algo, por ejemplo cuando se dice de alguien que sabe guardar un secreto. Y lo mismo se utiliza saber expresar que se tiene seguridad o certero convencimiento de algo futuro, al decirse, por ejemplo: Sabíamos que no nos fallarías. Se indica también con este verbo que alguien es listo, astuto, despierto, instruido… Por ejemplo: Este niño (o esta niña) sabe mucho.
   Saber tiene que ver con sabor, pero en este caso el verbo es más bien saborear. Incluyen estos significados el sentido de un efecto en el ánimo. Por ejemplo: Me supo mal que no vinieras; me sabe mal que digas eso.
   Con saber hay muchas expresiones, como por ejemplo, entre otras, las siguientes:
   A saber (cuatro son los puntos cardinales, a saber: norte, sur, este y oeste; vete tú a saber; ¡a saber cuándo vendrá!).
   No sé qué (tiene un no sé qué que…).
   Qué sé yo.
   Quién sabe (lo más seguro es que quién sabe).
   Tú qué sabes.
   No sabemos por dónde anda.
   Saber estar.
   Saber hacer.
   Saber vivir (relacionado con el socrático “sólo sé que no sé nada”).
   Se las sabe todas.
   Etc.

DEL SALMO 138

Señor, tú me sondeas y me conoces:
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares;
no ha llegado la palabra a mi lengua,
y ya la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
Tanto saber me sobrepasa es sublime no lo abarco.
   En este Salmo se nos invita a penetrar en nuestro interior, de la única manera que puede hacerse, humildemente, constatando un no tener escapatoria, como entre la espada y la pared, por detrás y por delante. Dios sabe bien lo que hace, hasta en lo más recóndito, siempre protegiendo: “Me cubres con tu palma”. Ahí está Él, con pleno conocimiento, sabiendo.

 

UN TEXTO DEL EVANGELIO

(Jn 21, 15-19)
“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”
   Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después le dijo: “Sígueme”.
Reflexión o comentario del Papa Benedicto XVI
   Simón comprende que a Jesús le basta su amor pobre, el único del que es capaz, y sin embargo se entristece porque el Señor se lo ha tenido que decir de ese modo. Por eso le responde: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero… Desde aquel día, Pedro siguió al Maestro con la conciencia clara de su propia fragilidad [pues una cosa es amar y otra cosas es querer]; pero esta conciencia no lo desalentó, pues sabía que podía contar con la presencia del Resucitado a su lado. Del ingenuo entusiasmo de la adhesión inicial, pasando por la experiencia dolorosa de la negación y el llanto de la conversión, Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que se adaptó a su pobre capacidad de amor. Y así también a nosotros nos muestra el camino, a pesar de toda nuestra debilidad. Sabemos que Jesús se adapta a nuestra debilidad. Nosotros lo seguimos con nuestra pobre capacidad de amor y sabemos que Jesús es bueno y nos acepta. Pedro tuvo que recorrer un largo camino hasta convertirse en testigo fiable, en piedra de la Iglesia, por estar constantemente abierto a la acción del Espíritu de Jesús.

 

EL SABER DE SAN FRANCISCO JAVIER

   San Francisco Javier es el navarro más navarro de todos los navarros y el más universal de todos ellos. Nació en el Castillo de Javier, muy cerca de Pamplona, y a sus 18 años se trasladó a Francia para estudiar en la Universidad de París. Allí conoció a San Ignacio de Loyola, que le repetía la frase de Jesús: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”.
   Al aceptar la entrega sugerida en esta frase, aquel universitario de París se transformó en uno de los grandes Santos de la Historia de la Iglesia. San Francisco Javier tenía posibilidades y medios para ser grande en otros escenarios, pero acertó con el mejor. Sin duda, la elección del gran navarro fue de las más inteligentes, como refrenda la verdad de esta conocida coplilla:
La ciencia más acabada
es que el hombre en gracia acabe,
pues al fin de la jornada,
aquél que se salva, sabe,
y el que no, no sabe nada.
En esta vida emprestada,
do bien obrar es la llave,
aquel que se salva sabe;
el otro no sabe nada.
 

EL FAMOSO DICHO DE SÓCRATES

“Yo sólo sé que no sé nada”

    En efecto, “Yo solo sé que no sé nada”, ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα, hèn oîda hóti oudèn oîda en griego clásico, es un conocido dicho que se deriva de lo relatado por el filósofo griego Platón sobre Sócrates. Asimismo está relacionado con una respuesta oracular de la pitonisa de Delfos, que a la pregunta “¿Quién es el hombre más sabio de Grecia?” respondió: “Sócrates”.
   Sócrates, que llegó a ser juzgado como socialmente peligroso, murió, como bien sabemos, bebiendo sabiamente la cicuta.
   Puede afirmarse que Sócrates es, entre todos los filósofos griegos, el primer gran representante de esa idea de la filosofía como modo de vida coherente, filosofía según la cual el discurso y la práctica se confunden realmente en una sola unidad. Sócrates se convirtió a partir de su muerte en el ideal del filósofo para toda la tradición de la Antigüedad, donde la obra filosófica era la vida misma del filósofo.
   ¿Qué significa “sólo sé que no sé nada”?
   He aquí –a continuación– una buena manera de explicarla, desde la referencia socrática, según el libro de Pierre Hadot ¿Qué es la Filosofía Antigua?
   En su Apología de Sócrates, en la que Platón reconstruye a su manera el dis-curso que Sócrates pronunció ante sus jueces durante el proceso en el que fue condenado, éste relata cómo uno de sus amigos, Querefón, preguntó al oráculo de Delfos si había alguien más sabio (sophos) que Sócrates, y el oráculo le con-testó que nadie era más sabio que Sócrates. Este último se pregunta entonces lo que quiso decir el oráculo y se lanza a una larga indagación dirigiéndose a per-sonas que, conforme a la tradición griega, poseen la sabiduría, es decir, el saber hacer, hombres de Estado, poetas, artesanos, para descubrir a alguien más sabio que él. Se da cuenta entonces de que todas estas personas creen saberlo todo, cuando no saben nada. De ello concluye pues que si él es el más sabio, es porque, por su parte, no cree saber lo que no sabe. Lo que el oráculo quiso decir es pues que el más sabio de los seres humanos es “aquel que sabe que no vale nada en lo que se refiere al saber”. Ésta será precisamente la definición platónica del filósofo en el diálogo titulado El Banquete: el filósofo no sabe nada, pero es consciente de su no saber.
   La tarea de Sócrates, la que le fue confiada, dice la Apología, por el oráculo de Delfos, es decir, finalmente por el dios Apolo, será pues hacer que los demás hombres tomen conciencia de su propio no saber, de su no sabiduría. Para llevar a cabo esta misión, Sócrates tomará, él mismo, la actitud de alguien que no sabe nada, es decir, la de la ingenuidad. Es la famosa ironía socrática: la ignorancia fingida, el semblante cándido con el cual, por ejemplo, indagó para saber si alguien era más sabio que él.
   Solo sé que no sé nada, entonces, es una conciencia de la propia ignorancia. En otras palabras, la famosa frase de Sócrates expresa una docta ignorancia, según la cual él siempre se presenta como un sabio ignorante que pregunta a los demás sobre lo que saben, para así mostrarles que en realidad tienen un conocimiento técnico sobre las cosas, pero que desconocen lo verdaderamente importante: la sabiduría del cómo vivir y la sabiduría del estar aprendiéndolo siempre.
   Hemos de adentrarnos en el método de la mayéutica socrática, un método de interrogación para desvelar o poner de manifiesto la ignorancia sobre el cómo se vive (y por qué se vive de cierta manera), resultando ser un método principalmente irónico. Es decir, que trata de no tomarse tan serio o con tanta solemnidad a uno mismo. Así no los explica Pierre Dadot:
   Para Sócrates, el saber no es un conjunto de proposiciones y de fórmulas que se pueden escribir, comunicar o vender ya hechas; […] el saber no es un objeto fabricado, un contenido terminado, transmisible directamente por medio de la escritura o de cualquier discurso.
   Cuando Sócrates pretende que no sólo sabe una cosa, a saber, que no sabe nada, es pues porque rechaza la concepción tradicional del saber. Su método filosófico consistirá no en transmitir un saber, lo que equivaldría a contestar las preguntas de los discípulos, sino, por el contrario, a interrogar a los discípulos, porque él mismo no tiene nada que decirles, nada que enseñarles, en lo tocante al contenido teórico del saber. La ironía socrática consiste en fingir querer aprender algo de su interlocutor para llevarlo a descubrir que no conoce nada en el campo en el que pretende ser sabio.
   Pero esta ironía socrática termina por afectar al individuo mismo:
   El diálogo socrático llega a una aporía, a la imposibilidad de concluir y de formular un saber. O más bien, debido a que el interlocutor descubrirá la vanidad de su saber, descubrirá al mismo tiempo su verdad, es decir, al pasar del saber a él mismo, empezará a cuestionarse a sí mismo. Dicho de otra manera, en el diálogo “socrático” la verdadera pregunta que está en juego no es aquello de lo que se habla, sino el que habla […].
   Se trata pues mucho menos de poner en duda el saber aparente que se cree poseer que de un cuestionamiento de sí mismo y de los valores que rigen nuestra propia vida. Pues en resumidas cuentas, después de haber dialogado con Sócrates, su interlocutor ya no sabe en lo absoluto por qué actúa. Toma conciencia de las contradicciones de su discurso y de sus propias contradicciones internas. Duda de sí mismo. Llega, al igual que Sócrates, a saber que no sabe nada […].
   El verdadero problema no es pues saber esto o aquello, sino ser de tal o cual manera:
   He abandonado las cosas de las que la mayoría se preocupa: los negocios, la hacienda familiar, los mandos militares, los discursos en la asamblea, cualquier magistratura, las alianzas y luchas de partidos […] sino que me dirigía a hacer el mayor bien a cada uno en particular, según yo digo; iba allí, intentando convencer a cada uno de vosotros de que no se preocupara de ninguna de sus cosas antes de preocuparse de ser él mismo lo mejor y lo más sensato posible.
   Este llamado [o vocación] a “ser” lo ejerce Sócrates no sólo por medio de sus interrogaciones, de su ironía, sino también y sobre todo por su manera de ser, por su modo de vida, por su propio ser.
   El efecto de este yo solo sé que no sé nada, de la irónica mayéutica, es el cuestionamiento de uno mismo. Por ejemplo, puedo saber mucho sobre cómo se construye un puente, o por qué una guitarra emite un sonido y no otro, pero no sé mí mismo. ¿Por qué actúo de un modo y no de otro? ¿Cómo me he comportado en el pasado? ¿He sido, o soy, justo? ¿Cómo saberlo?
   Se abre todo un abanico de preguntas que, por lo general, evitamos por su dificultad intrínseca, pero que para Sócrates es necesario examinar para poder desarrollar una vida justa y orientada a hacer el bien. Como dice en la Apología: “Una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre”.
   Así pues, teniendo conclusivamente en cuenta la filosofía como una decisión existencial o para involucrarse, el peculiar saber que no se sabe es una manera de conocer muy particular:
   El saber no es una serie de proposiciones, una teoría abstracta, sino la certeza de una elección, de una decisión, de una iniciativa; el saber no es un saber a secas, sino un saber-lo-que-hay-que-preferir, luego un saber-vivir. Y es este saber del valor el que lo guiará en las discusiones llevadas con sus interlocutores.
   Este saber del valor procede de la experiencia de una elección que lo implica en su totalidad. Aquí, de nuevo, no hay, pues, saber más que por medio de un descubrimiento personal que procede del interior.
   Se trata de una sabiduría que aspira a aprender a vivir. Todos aparentemente damos por hecho que sabemos cómo se ha de vivir, cuál es la mejor manera, de qué modo tenemos que movernos por el mundo. Sócrates viene a decirnos, gritando desde esa distancia de más de dos mil quinientos años atrás, que no, que en verdad no sabemos vivir, que más bien hacemos como que sabemos. Si nos examinamos bien, descubriremos nuestra ignorancia. Y esta conciencia, casi por completo una conciencia moral, cambia totalmente la existencia del individuo, contextualizándolo como es debido.
   Así pues, “sólo sé que no sé nada” significa que, si examinamos bien y de manera honesta aquello que somos, nos daremos cuenta de que no sabemos nada del conocimiento más importante: cómo hemos de vivir.
   La mayéutica (socrática) es un método de falsa ingenuidad, es decir, irónico, que permite llegar a reconocer que no se sabe nada.
   “Sólo sé que no sé nada” viene a ser o implicar una decisión existencial que lo cambia o transforma todo, pues la sabiduría tiene una dimensión eminentemente práctica, la vida misma es el lugar de la filosofía, y nuestras acciones son su mayor y mejor expresión.
   A pesar del asombroso avance técnico de la humanidad desde la época de Sócrates, seguimos estando tan perdidos con respecto al arte de vivir como entonces. Por eso las enseñanzas y ejemplos de vida de estos filósofos, el saber que viene de ellos, siguen teniendo valor, y por eso es necesaria también hoy en día la filosofía.
   Es muy interesante al respecto de todo esto último el blog de un tal Pablo (Pablo Matilla), que parece buena gente y que se encuentra como Historias Minimalistas. Es un escritor que dice que lo que nos contamos, cuenta.

 

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PASTORAL DE JÓVENES

   El Papa Francisco, en la JMJ celebrada en Panamá, transcurriendo el mes de enero de 2019, pidió que lo más esperanzador “no sea un documento o un programa que ejecutar”, sino los rostros y los corazones de estos jóvenes “llenos del Espíritu Santo para recordar y mantener vivo ese sueño que nos hermana y que estamos invitados a no dejar que se congele en el corazón del mundo: allí donde nos encontremos”.

 

 

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GANAR

(Reflexión y catequesis)

   Ganar es adquirir algo, generalmente dinero, incremento económico, algo ventajoso y bueno, conseguido mediante el trabajo, el esfuerzo o también por la suerte. También significa avanzar (ir ganando terreno). Nunca pares, nunca te conformes, hasta que lo bueno sea mejor y lo mejor excelente. Y cuando se pasa una mala racha suele alguien decir: “No gano para disgustos”.

   Con el verbo ganar, contra el perder, podemos motivarnos al empeño por algo: “Si luchas, puedes perder; pero si no luchas, ya estás perdido”. Nadie espere ganar si no se prepara para ello.

   Ganar supone no tener miedo de perder. Pero no siempre hemos de confundir ganar con triunfar, pues con el fracaso, tanto aparente como real, también se puede salir ganando. No hay mal que por bien no venga. Ganar es lo mejor que consigue quien sabe lo que es perder.

   Ganar es un verbo de los que irnos con cuidado. Con la paz se gana todo, mientras con la guerra se pierde todo. Como dijera Aristóteles, preceptor de de Alejandro Magno, “no es suficiente ganar la guerra, es más importante organizar la paz”. Lo mejor es que ganemos todos, no unos sobre otros. Y también es un arte necesario el saber perder, para sobreponerse en justicia, sin dañar ni perjudicar a nadie.

   Siempre gana el que sabe amar. Mucho de esto puede leerse en el gran escritor Hermann Hesse (1887-1962), o en tantos otros autores y autoras. Pero siempre nos vendrá mucho mejor el Evangelio: “Todo el que pierda su vida por causa de mí –dice el Señor–, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” (Mt 16, 25-26).

El monje y el escorpión

    Hace mucho tiempo, cuando los Estados Unidos de América todavía se estaban previamente colonizando, se fundó en un lugar un pequeño poblado costero. Su puerto, amplio y seguro, era muy frecuentado por los buques que iban y venían transitando, trayendo pasajeros, mercancías y noticias de otras tierras. Este movimiento hizo prosperar al poblado, que se fue convirtiendo en ciudad.

   Los comercios y las tiendas se multiplicaron. Con el tiempo, construyeron los residentes y diocesanos del lugar una catedral, grande y hermosa, junto a la cual levantaron los monjes benedictinos un austero monasterio.

   Por allí, con su familia, se estableció Carlos, un inmigrante recién llegado de Europa, el Viejo Continente, habiendo portado sus pocas pertenencias, con no pocas esperanzas de que en el Nuevo Mundo estaba el próspero futuro con el que soñaba.

   No se engañó, pues su pequeño negocio creció ante los ojos de todos.

   No habiendo transcurrido mucho tiempo, Carlos se convirtió en un rico comerciante. Pero… el comercio no es sólo la prosperidad afortunada. El gran progreso de la ciudad hizo aumentar la competencia y cada nuevo año los negocios de Carlos iban disminuyendo y siendo menos rentables en sus beneficios.

   Se dejó mal aconsejar por falsos amigos, fue a consultar a magos adivinos y a brujas, dándose a las supersticiones y a llevar todo tipo de amuletos, sin que nada remediase el declive de su negocio. No iba sino de mal en peor, de fracaso en fracaso y de pérdida en pérdida. No ganaba sino muy poco y se arruinaba cada vez más.

   Ya le iban a ser confiscados sus bienes, incluida su casa, para poder hacer frente a las deudas.

   Una noche, derrumbándose su ánimo en la desesperación, decidió decirle a su esposa, Dolores, como en confesión, todo lo que había hecho y errado. La señora, que ya sospechaba y hacía mucho tiempo que estaba preocupada por la extraña conducta de su esposo, no salía de su asombro, sorprendiéndose cuando escuchaba los detalles. Pero supo dominarse y escuchar pacientemente, porque amaba mucho a Carlos. Le hizo ver, muy amablemente, que si humildemente reconocemos nuestros pecados, Dios nos perdona siempre y puede proveer el remedio.

   Al día siguiente, Dolores acompañó a su marido a la iglesia, donde se confesó; y ambos se comprometieron a rezar juntos, todos los días, pidiéndole a Dios con toda confianza la ayuda para poder salir de la situación tan triste en que se hallaban.

   Iba pasando el tiempo y dijo Dolores en una ocasión a su marido:

   –Hoy, mientras rezábamos, tuve como una inspiración. Quien sabe: si fueras al monasterio y los monjes nos ayudaran de alguna manera…

   A Carlos le pareció bien, como venido de Dios, cuanto le dijo su esposa. Inmediatamente se puso en camino hacia el monasterio, ya cada vez más destacado como construcción, convenciéndose de que allí podría encontrar buen auxilio.

   Llamó a la puerta y no tardó en abrirle el monje portero, dándole muy amable bienvenida:

   –¡Alabado sea Dios! ¿En qué podemos servirle?

   Carlos, postrado a sus pies, le contó al monje portero toda su historia. El monje le miró complacido y benevolente, asiéndolo con su brazo y diciéndole mientras lo incorporaba:

   –¡No se desespere, buen hombre! Tenga siempre confianza en Dios y en Santa María. Ya tendrá la ayuda celestial para reconstruir su vida. Nuestro Señor dijo: “Si tenéis la fe del tamaño de un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘transpórtate de aquí a allí’, y él irá; y nada os será imposible”. Y si Él cuida con tanto afecto los lirios del campo, ¿va a abandonar a uno de sus hijos?

   Mientras el religioso procuraba consolar a Carlos, vio arrastrarse a un escorpión en las rocas, junto a la pared, fuera del monasterio. Sin mostrar ningún temor, cogió al venenoso animal y éste… instantáneamente se convirtió en un escorpión de oro cuajado de piedras preciosas. Una joya, ¡como nunca se había visto hasta entonces!

   –¡Tenga ánimo, hombre! Este don que Dios le regala podrá hacer que salga usted de sus dificultades más graves e inmediatas –dijo el monje mientras le entregaba la valiosa pieza a Carlos, mirándola éste estupefacto y lleno de asombro.

   Carlos dio las gracias al monje y volvió a casa muy contento, contándole luego a Dolores todo lo ocurrido, dando los dos gracias a Dios por el milagro. Sus problemas estaban resueltos. Vendida la joya por un buen precio, pudieron saldar todas las deudas y reemprender la vida acertando más en las ganancias.

* * *

   Pasaron varios años. En una brillante mañana de primavera, un distinguido y elegante caballero, bien vestido, tocó la campanilla de entrada a la puerta del monasterio benedictino, trayendo una caja en sus manos. Salió el portero y, como siempre hacía, saludó amablemente, dando la bienvenida:

   –¡Alabado sea Dios! ¿En qué podemos servirle?

   –¡Sea Dios por siempre bendito y alabado! Mi buen hermano, soy Carlos, el comerciante que anduvo por aquí ya hace tiempo. Como su reverencia me atendió muy bien, escuchándome y socorriéndome, vengo ahora para agradecer a Dios los favores y beneficios que recibí.

   Hace unos años –prosiguió Carlos–, si usted, reverendo hermano, recuerda bien, vine desesperado a este monasterio y le pedí ayuda. Y he recibido no sólo los medios para reconstruir mi fortuna, las ganancias y beneficios de cuanto emprendo. Pero aquel día caí en la cuenta de algo más valioso que el dinero para que seamos felices. Eso más valioso es la fe y la confianza en el Señor, con la amorosa protección de María. Comprendiendo y practicando esto, mi vida cambió.

   Dicho esto, abrió Carlos la caja que traía, un precioso estuche aterciopelado, portando dentro un escorpión de oro, diamantes y piedras preciosas, más valioso que aquél que el monje le había regalado años atrás. Carlos le dio la rica joya al monje.

   Por un momento contemplo el monje tranquilamente el precioso objeto, diciéndole con gratitud a Carlos, mientras ensalzaba la belleza áurea de la joya:

   –Acuérdese, hermano, de las palabras de Nuestro Señor: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Y también esto otro: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”.

   El monje, con total delicadeza y esmero, puso el escorpión de oro y pedrería fina en el mismo lugar donde, años antes, se arrastraba su predecesor, sobre una piedra. El escorpión de oro recobró su vida de animalito, adoptando su natural movimiento. Sin hacer daño emprendió su camino y desapareció por entre las piedras.

 

 

 

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MORADA DE DIOS MEDIANTE EL ESPÍRITU

   HABITAR: Significa vivir o morar habitualmente en algún lugar, incluso con sentido espacio-temporal y algo en sentido de frecuentar, ocupar una casa, tener un domicilio.
   No hay que llenar vacíos… ¡Hay que habitar espacios! Me gusta habitar en tu mirada…, sobre todo cuando soy yo quien se refleja en ella.
   Con resonancia bíblica este verbo se halla referido o utilizado en textos o citas como: Sal 22, 6 (“Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”); Sal 26, 4 (“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: Habitar en la casa del Señor por los días de mi vida”); Jn 14, 23 (“Si algunos me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará; y vendremos a él y haremos morada en él”); 1 Cor 3, 16 (“¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”); 2 Tim 1, 14 (“Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros”); Ef 2, 20-22 (“Y la piedra angular es Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros con ellos [apóstoles y profetas] estáis siendo edificados, para ser morada de Dios mediante el Espíritu”); Ef 3, 17 (“Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones”); Heb 3, 6; (Cristo es Hijo sobre la casa de Dios que somos nosotros).
   La presencia de Dios, merced a la Encarnación del Hijo por obra y gracia del Espíritu Santo, se observa más íntima a nosotros y en nosotros según el Nuevo Testamento y no tanto según el Antiguo. Se tiene en cuenta, sin que entremos aquí en detalles o pormenores al respecto, pues podríamos echar mano de la Teología a lo largo de los siglos, desde la Patrística, los Concilios, la Liturgia, la Espiritualidad y la Mística, alcanzando su cima en Santa Teresa de Jesús y en San Juan de la Cruz por cuanto a España respecta, sin que la mística se restrinja sólo o exclusivamente a España.
   La vida trinitaria en la existencia cristiana, desde el Bautismo, tiene hoy en día mucha resonancia espiritual y eclesial, como puede apreciarse en el Magisterio del Papa San Juan Pablo II considerando sus encíclicas al respecto: Dives in misericordia, Redemptor hominis, Dominum et vivificantem.
   Y ahí están –también– los sin techo, los que viven o malviven en la calle, en el desamparo, en la intemperie, en la precariedad…

 

 

 

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LADRAR: ¿CUÁNDO SÍ Y CUÁNDO NO?

   LADRAR: Se refiere a dar o proferir ladridos, atribuido normalmente a los perros. Pero nosotros nos vamos a detener en las respectivas consideraciones que hacemos a continuación, empezando en primer lugar por la expresión “ladrar a la luna”, que viene a significar protestar inútilmente o quejarse para nada. Ladrar a la luna es perder el tiempo de manera tonta e inútil, comprender o pensar que sirve de algo quejarse contra alguien o contra algo cuando no hay disposición a tu escucha, a que te atiendan, a que te satisfagan sobre lo que reclamas.
   La expresión tiene su antiguo precedente latino que dice: Quo plus lucet luna, magis ladrat molossus, siendo ésta su traducción: Cuanto más luce la luna, más le ladra el mastín”. Se sabe o se tiene por creencia popular que los perros y los lobos ladran o aúllan a la luna atraídos por su influjo luminoso y llamativo. No saben estos pobres animales que ladran y aúllan a algo sobre lo que no tienen efecto y que no les responde.

 

 

   Hay sobre esto una composición poética de Marcos Zapata Mañas (1845-1913), que dice así:
¿No desmayes jamás ante una guerra
de torpe envidia y miserables celos!
¿Qué le importa a la Luna, allá en los cielos,
que le ladren los perros en la Tierra?
Si alguien aspira a derribarte, yerra
y puede ahorrarse inútiles desvelos;
no tan pronto se abate por los suelos
el Escorial que tu talento encierra.
¿Que no cede el ataque ni un minuto?
¿Que a todo trance buscan tu fracaso?
¿Que te cansa el luchar…? ¡No lo discuto!
Mas, oye, amigo, este refrán de paso:
¡Se apedrean las plantas que dan fruto!
¿Quién del árbol estéril hace caso?

 

   El pintor Joan Miró (1893-1983) pintó en 1926 “Perro ladrando a la Luna”, una composición que tiene la escalera de la evasión y está representando un paisaje horizontalmente dividido en dos partes. Ante un fondo de los colores de la tierra, tratado de manera bastante plana, destacan figuras y objetos que parecen recortados como siluetas para un collage. Se evidencia la influencia del pintor Hans (o Jean) Arp (1886-1966). Miró lanza el mensaje del sobreponerse. Subir una escalera para alcanzar la infinita oscuridad de la noche ya no da miedo; Miró ha desafiado el temor colectivo a lo desconocido, a lo tenebroso, con la ironía de una burla. Así de fácil parece todo en este mundo surreal, donde incluso elementos que siempre han formado parte de nuestro universo adquieren mayor intensidad y significado, tanto poético como real.

 

 

 

   De otra parte –he aquí nuestra tercera y última consideración– puede que a todos o a una gran mayoría no resulte familiar la siguiente expresión (realmente apócrifa): “Ladran, Sacho, señal que cabalgamos”. ¿Sabías que esta expresión –realmente apócrifa– no pertenece, como muchos creen, a la inmortal obra El Quijote?
   Lo que importa de la expresión es que algo que nos proponemos o alguien que camina y avanza en lo que se propone, lo hace con perseverancia, con ahínco y constancia, a pesar de las críticas, los impedimentos, los problemas, los obstáculos, etc., que se puedan presentar.
   Parece ser que la atribución quijotesca de la expresión se debe al habérsele incorporado el nombre de Sancho. ¿Quién lo hizo y por qué? ¿Cuál es la procedencia de esto?
   Los expertos o especialistas sobre el particular señalan que la primera constancia escrita de una expresión similar, y que podría haber dado origen a ésta, se debe a Goethe (1749-1832), el cual publicó en 1808 su poema titulado Ladran (Kläffer), que decía y dice:
En busca de fortuna y de  placeres
más siempre atrás nos ladran,
ladran con fuerza…
Quisieran los perros del potrero
por siempre acompañarnos,
pero sus estridentes ladridos
sólo son señal de que cabalgamos.

 

 

   Parece ser –o parece desprenderse– que de este poema sacó, Rubén Darío (1867-1916), casi un siglo después, la inspiración para acuñar una expresión que solía decir cuando era criticado debido al mestizaje de su origen. Dicha expresión ya traía incorporado el nombre de Sancho, pero lo que no se sabe es por qué el poeta nicaragüense se lo añadió: “Si los perros ladran, Sancho, es señal que cabalgamos”.
   Hubo también quien atribuyó esta expresión a Miguel de Unamuno (1864-1936).
   Esta forma proverbial, tal vez de mucha antigüedad, pudo haber adoptado varias formas, evolucionando bajo diversos términos y formulaciones: “Ladran, señal que cabalgamos”, “Ladran, luego cabalgamos”.
   Sin que podamos ofrecer datos precisos, parece ser que hay fuentes indicando la existencia de un viejo proverbio turco, que pudo haber inspirado a Goethe, diciendo: “Los perros ladran, pero la caravana avanza”.
   Y haciendo la correspondiente consideración pastoral siempre podremos preguntarnos acerca del mutismo y del dormitar como para no alarmar: ¿Qué y cómo silenciamos los cristianos en general y los predicadores o catequistas en particular? ¿Qué callamos y no deberíamos callar? ¿Qué no denunciamos y deberíamos denunciar? ¿Cuál es o puede ser nuestra pastoral de mirar para otro lado? ¿Cómo hubiera sido la predicación de San Juan Bautista si no se hubiera echado en cara su pecado a Herodes? ¿Qué pasamos por alto condescendiendo? ¿Es real y moralmente justo condescender con todo? ¿Con qué hay que condescender y con qué no? ¿Cuándo hay que ladrar y cuándo no?

 

 

 

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MADURAR

   Con el significado de este verbo intransitivo nos adentramos en un proceso vital que podemos expresar como el arte de alcanzar la madurez, desarrollo completo o en plenitud. Madurar es afianzarse en la propia personalidad.
   Lo más natural que nos viene primariamente a la mente cuando nos referimos a madurar es evocarnos las frutas, o también cuanto se procesa y elabora natural o artesanalmente, como mediante unos correspondientes cultivos: los frutos del aliso maduran al final del verano y se mantienen en el árbol hasta el final del invierno”; “sus vinos de reserva maduran en grandes tinas de madera”; “este queso debe permanecer varios meses madurando en cuevas para obtener su sabor característico”.
   El diccionario de la Real Academia Española (RAE) señala tres usos o acepciones del término madurez: 1) un cierto estado de las frutas, 2) el juicio prudente o sensato, y 3) la edad de un individuo que disfruta plenamente de sus capacidades y que todavía no llegó a la ancianidad (en su sentido de decrepitud).
   Al definir la madurez podemos referirnos al carácter emocional, señalando que dicha madurez se tiene o alcanza poseemos la capacidad de aceptar la realidad de las personas y de las cosas, lo que ocurre, etc., tal como son, tal como suceden, sin que tengamos por qué reclamar un guión preestablecido. Que se sepa, la vida no es un film o película sobre la que hay un guión previo.
   Hay, de otra parte, todo un proceso psicológico que nos encamina al logro (o frustración) de la madurez. Puede hablarse de una vida lograda o de una vida fracasada, o como incompleta, deficiente, insatisfecha, malograda… Podemos hablar de madurez (o inmadurez) psicológica, refiriéndose esta madurez a la edad o momento en el cual una persona adquiere buen juicio y prudencia, implicando esto: “autonomía”, “conductas apropiadas o acordes a las circunstancias”, “ponderación y equilibrio”, “estabilidad”, “responsabilidad”, “cercanía afectiva”, “empatía”, “claridad en objetivos y propósitos”, “dominio de sí mismo”.
   La madurez es el cincel que termina de dar forma a nuestra vida, troquelando nuestra personalidad, la que supone ser uno mismo, con identidad por sí misma. La madurez te capacita para cuidar lo que dices (cómo, a quién, cuándo, etc.), respetar lo que escuchas y meditar lo que callas, con discreción y prudencia.
   Siendo correspondiente a la edad, sin embargo la madurez trasciende a un período cronológico concreto, vinculándose a una actitud y a un estado de la mente. Una persona incluso puede madurar en ciertos aspectos de su personalidad y no en otros. Somos maduros y a la vez inmaduros. Se llegó a decir que los defectos son al menos como el culo: todos (y todas) tenemos uno. Por cierto, madurar es también aceptar que no te ca-be el culo en el columpio.
   ¿Cómo es, pues, la persona madura? Veamos:
   La persona madura es alguien que por lo general no se altera. No pierde el control de sus emociones. La persona madura es alguien que responde, no que tiene reacciones, mucho menos airadas. No reprime sus emociones, pero sí sabe expresarlas en sus debidas modulaciones, sin griterío, con sosegado volumen de voz. Sus expresiones emocionales son cordiales, pero no viscerales desde las tripas.
   La persona madura se responsabiliza de sus actos, de su vida. Asume las consecuencias de sus actuaciones, no arremetiendo con culpar a nadie. De haberlos, reconoce sinceramente sus errores.
Aparta de sí los resentimientos, pues pertenece a la madurez ser conscientes de que las relaciones humanas conllevan discusiones y desacuerdos, sin que por ello nos desarbolemos o pensemos que se hunde el mundo.
   La madurez conlleva que una persona se conoce, no propiciando que los demás desconfíen. La persona madura conoce sus fuerzas y sus debilidades, sus características positivas o de buen  talante y sus rasgos por los que humanamente falla, comprendiendo que todos cometemos errores y nos equivocamos, o nos podemos equivocar, no poco. Una persona madura sabe esto y por lo mismo se relaja ante otras personas, no imponiendo ni imponiéndose en expectativas y demandas absurdas, no creando altercado inútil.
   Las personas con madurez no hacen las cosas para quedar bien con todo el mundo o para complacer a los demás. Hacen las cosas por su propia satisfacción y no actúan de manera aduladora. No están motivadas por lo que piensen los otros; sus acciones están motivadas por un sincero deseo de mejorar, aprender, progresar y crecer en la dirección que por sí mismos eligen, siguiendo sus propias opciones.
   Saben que madurar es aceptar la realidad de la vida y de las personas tal cual es. Tienen asumida la que se conoce como Oración de la Serenidad: “Señor, concédeme la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor de cambiar las cosas que sí puedo y la sabiduría para discernir la diferencia”.
   Las personas maduras saben estar solos/as, disfrutando de la fecundidad de la soledad, no amargados, dominando provechosamente el tiempo; ni aburren ni se aburren. Valoran la familia y las amistades, sin renunciar al tiempo que se dan para sí. Es preferible una soledad digna que una relación no completa.
   Aceptan con gracia que no siempre se puede ganar. Las personas maduras aprenden de sus errores en vez de quejarse de los resultados. Más que competir en la vida, juegan en ella y se divierten, sin ser mediocres ni frívolas.
Más de la moderación que del radicalismo fanático, son capaces de ver las diferentes tonalidades de gris entre los extremos de blanco y negro en cada situación. Han aprendido que en esta vida nada es absoluto, todo tiene su punto medio, que las situaciones no siempre tienen que ser sólo o del todo malas o sólo o del todo buenas.
   Las personas con madurez no se quejan ni se desesperan ante los retos que la vida presenta. Utilizan su energía en encontrar la solución correcta y en ser sujetos asertivos. Toman decisiones y emprenden acciones necesarias. Saben que madurar es poderle sonreír a quien no supo otra cosa que hacer llorar.
   El Papa Francisco, en mayo de 2015, catequizaba sobre el noviazgo como tiempo para la madurez en el amor y en la confianza mutua que conlleva. El amor exige un camino, que en cristiano quiere decir un catecumenado.
   La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza por la vida –decía el Papa–, no se improvisa, no se hace de un día al otro, no existe el matrimonio exprés, es necesario trabajar sobre ese amor. Es necesario caminar. La alianza del amor entre el hombre y la mujer se aprende y se perfecciona. Es una alianza artesanal. El amor, en su madurez, no es algo meramente psicofísico. Y se encamina a la familia, a ser familia, a ser iglesia doméstica, poquito a poco, paso a paso, sorpresa a sorpresa, bendición a bendición. Tómese en serio, porque no se juega con el amor.
   La preparación al matrimonio requiere tiempo y seriedad, no zanjarse en un cursillo a la ligera, porque estamos en tiempos digamos que inmaduros en muchos casos, de poca fidelidad y de mucha inestabilidad.

 

 

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Resumen de lo que el Papa Francisco presenta a los jóvenes y al pueblo de Dios en la Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit.

   El martes 2 de abril de 2019 publicó el Papa Francisco la Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit, dirigida a los jóvenes y a todo el Pueblo de Dios, suponiendo el nuevo gran reto de la Iglesia. Convendría acompañar su lectura también con la del discurso del Papa en la clausura del Sínodo que produjo la Exhortación.
   Este documento está inspirado en las reflexiones y diálogos de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, reunida en octubre del año 2018 con el tema: “Los jóvenes, la fe el discernimiento vocacional”.
   He aquí una síntesis de los 299 puntos que contiene la Exhortación, síntesis elaborada y articulada por el Prefecto del Dicasterio para la Comunicación, el periodista Paolo Ruffini:
    Cristo vive. Él es nuestra esperanza y la juventud más hermosa de este mundo. Todo lo que toca se hace joven, se hace nuevo, se llena de vida. Por lo tanto, las primeras palabras que quiero dirigir a cada joven cristiano son: ¡Él vive y te quiere vivo!
   Así, con estas palabras, comienza la Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit, del Papa Francisco, firmada el lunes 25 de marzo de 2019 en la Santa Casa de Lo-reto y dirigida “a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios”. En el documento, compuesto por nueve capítulos divididos en 299 párrafos, el Papa explica que se dejó “inspirar por la riqueza de las reflexiones y diálogos del Sínodo” de los jóvenes, celebrado no hacía mucho en el Vaticano.

   Primer capítulo: “¿Qué dice la Palabra de Dios sobre los jóvenes?”

   Francisco recuerda que “en una época en que los jóvenes contaban poco, algunos textos muestran que Dios mira con otros ojos” y presenta brevemente figuras de jóvenes del Antiguo Testamento: José, Gedeón, Samuel, el rey David, Salomón y Jeremías, la joven sierva hebrea de Naamán y la joven Rut. Luego pasamos al Nuevo Testamento.
   El Papa recuerda que “Jesús, el eternamente joven, quiere darnos un corazón siempre joven” y añade: “Notamos que a Jesús no le gustaba que los adultos miraran con desprecio a los más jóvenes o los mantuvieran a su servicio de manera despótica. Al contrario, preguntaba: ‘El que es mayor entre vosotros, se hace como el más joven’ (Lc 22, 26). Para él, la edad no establecía privilegios, y que alguien fuera más joven no significaba que valiera menos”. Francisco afirma: “No hay que arrepentirse de gastar la propia juventud en ser buenos, en abrir el corazón al Señor, en vivir de otra manera’”.

   Segundo capítulo: “Jesucristo siempre joven”

    El Papa aborda el tema de los años de juventud de Jesús y recuerda la historia evangélica que describe al Nazareno “en su adolescencia, cuando regresó con sus padres a Nazaret, después de que lo perdieron y lo encontraron en el Templo”. No debemos pensar, escribe Francisco, que “Jesús era un adolescente solitario o un joven que pensaba en sí mismo. Su relación con la gente era la de un joven que compartía la vida de una familia bien integrada en el pueblo”, “nadie lo consideraba extraño o separado de los demás”.
   El Papa señala que el adolescente Jesús, “gracias a la confianza de sus padres… se mueve libremente y aprende a caminar con todos los demás”. Estos aspectos de la vida de Jesús, no deben ser ignorados en la pastoral juvenil, “para no crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la familia y del mundo, o que los conviertan en una minoría seleccionada y preservada de todo contagio”. En cambio, se necesitan “proyectos que los fortalezcan, los acompañen y los proyecten hacia el encuentro con los demás, el servicio generoso y la misión”.
   Jesús “no les ilumina a ustedes jóvenes, desde lejos o desde fuera, sino desde su propia juventud, que comparte con ustedes” y en él se reconocen muchos aspectos típicos de los corazones jóvenes. Cerca de Él “podemos beber de la verdadera fuente, que mantiene vivos nuestros sueños, nuestros planes, nuestros grandes ideales, y que nos lanza al anuncio de una vida digna de ser vivida”. “El Señor nos llama a encender estrellas en la noche de otros jóvenes”.
   Francisco habla entonces de la juventud de la Iglesia y escribe: “Pidamos al Señor que libere a la Iglesia de los que quieren envejecerla, que la quieren anclada en el pasado, que la quieren lenta e inmóvil. También le pedimos que la libere de otra tentación: creer que es joven porque se rinde a todo lo que el mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su mensaje y se mezcla con los demás. No. Ella es joven cuando es ella misma, cuando recibe cada día la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu”.
   Es verdad que “los miembros de la Iglesia no debemos ser tipos extraños”, pero al mismo tiempo, “debemos tener el valor de ser diferentes, de mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, de dar testimonio de la belleza, de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social”. La Iglesia puede ser tentada a perder su entusiasmo y buscar “una falsa seguridad mundana”. “Son precisamente los jóvenes los que pueden ayudarla a permanecer joven”.
   El Papa vuelve entonces a una de sus enseñanzas más queridas, explicando que la figura o persona de Jesús ha de ser presentada “de una manera atractiva y eficaz”, por lo que “la Iglesia no debe estar demasiado concentrada en sí misma, sino que debe reflejar sobre todo a Jesucristo”. “Esto significa que debe reconocer humildemente que algunas cosas concretas deben cambiar”.
   La Exhortación reconoce que hay jóvenes que sienten la presencia de la Iglesia “como molesta e incluso irritante”. Una actitud que tiene sus raíces “en razones serias y respetables: escándalos sexuales y económicos; la falta de preparación de los ministros ordenados que no saben captar adecuadamente la sensibilidad de los jóvenes;… el papel pasivo asignado a los jóvenes dentro de la comunidad cristiana; el esfuerzo de la Iglesia por dar cuenta de sus posiciones doctrinales y éticas frente a la sociedad”.
   Hay jóvenes que “piden una Iglesia que escuche más, que no condene continuamente al mundo”. No quieren ver una Iglesia silenciosa y tímida, pero tampoco quieren verla siempre en guerra por dos o tres temas que la obsesionan. Para ser creíble a los ojos de los jóvenes, a veces la Iglesia necesita recuperar la humildad y simplemente escuchar, reconocer en lo que otros dicen una luz que pueda ayudarla a descubrir mejor el Evangelio. Por ejemplo, una Iglesia demasiado temerosa puede criticar constantemente “todos los discursos sobre la defensa de los derechos de la mujer y poner constantemente de relieve los riesgos y los posibles errores de tales afirmaciones”, una Iglesia “viva puede reaccionar prestando atención a las legítimas reivindicaciones de las mujeres”, mientras que “está en desacuerdo con todo lo que proponen algunos grupos feministas”.
   Francisco presenta entonces a “María, la chica de Nazaret”, y su como el de “los que quieren comprometerse y arriesgarse, los que quieren apostarlo todo, sin otra garantía que la certeza de saber que son portadores de una promesa”. Y les pregunto a cada uno de ustedes: ¿Sienten que están llevando una promesa?”. Para María, “las dificultades no eran motivo para decir ‘no’, y al ponerse en juego, se convirtió en la influencer de Dios”.
   El corazón de la Iglesia también está lleno de jóvenes santos. El Papa recuerda a San Sebastián, a San Francisco de Asís, a Santa Juana de Arco, al Beato mártir Andrew Phû Yên, a Santa Kateri Tekakwitha, a Santo Domingo Salvador, a Santa Teresa del Niño Jesús, al Beato Ceferino Namuncurá, al Beato Isidoro Bakanja, al Beato Pier Giorgio Frassati, al Beato Marcel Callo y a la joven Beata Chiara Badano.

   Capítulo tercero: “Tú eres la hora de Dios”

   Sigue indicándonos el Papa que no podemos limitarnos a decir cómo “los jóvenes son el futuro del mundo”, pues “son el presente” y “lo enriquecen con su aportación”. Por eso es necesario escucharlos, aunque “a veces prevalece la tendencia a dar respuestas previamente envasadas o preconcebidas y recetas preparadas o ya precocinadas, sin dejar que las preguntas de los jóvenes surjan en su novedad y acepten su provocación”.
   “Hoy los adultos corremos el riesgo de hacer una lista de desastres, de defectos en la juventud de nuestro tiempo… ¿Cuál sería el resultado de esta actitud? Una distancia cada vez mayor”. Quien está llamado a ser padre, pastor y guía juvenil debe tener la capacidad de “identificar caminos donde otros sólo ven muros, es saber reconocer posibilidades donde otros sólo ven peligros”. Esta es la mirada de Dios Padre, capaz de valorar y alimentar las semillas del bien sembradas en los corazones de los jóvenes. Por lo tanto, el corazón de cada joven debe ser considerado “tierra sagrada”. Francisco también nos invita a no generalizar, porque “hay una pluralidad de mundos juveniles”.
   Hablando de lo que les sucede a los jóvenes, el Papa recuerda y les recuerda que muchos de ellos viven en contextos de guerra, explotados y víctimas de secuestros, del crimen organizado, de la trata de seres humanos, de la esclavitud y la explotación sexual, de la violación. Y también están los que viven de la delincuencia y de la violencia.
   “Muchos jóvenes son ideologizados, instrumentalizados y utilizados como carne de matadero o como fuerza de choque para destruir, intimidar o ridiculizar a otros. Y lo peor es que muchos se convierten en sujetos individualistas, enemigos y desconfiados de todos, presa fácil de propuestas deshumanizadoras y planes destructivos elaborados por grupos políticos o poderes económicos”.
   Aún más numerosos son los que sufren formas de marginación y exclusión social por razones religiosas, étnicas o económicas. Francisco cita a las adolescentes y a las jóvenes que “se embarazan y el flagelo del aborto, así como la propagación del VIH, las diferentes formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.) y la situación de los niños y jóvenes de la calle”.
   Todas estas situaciones hacen doblemente dolorosas y difíciles las vidas de las mujeres. “No podemos ser una Iglesia que no llora ante estos dramas de sus hijos e hijas jóvenes. Nunca debemos acostumbrarnos a ello… Lo peor que podemos hacer es aplicar la receta del espíritu mundano que consiste en anestesiar a los jóvenes con otras noticias, con otras distracciones, con banalidad”. El Papa invita a los jóvenes a aprender a llorar por sus compañeros que están peor que ellos.
   Es verdad –explica Francisco– que “los poderosos proporcionan alguna ayuda, pero a menudo a un alto costo. En muchos países pobres, la ayuda económica de algunos países más ricos u organismos internacionales suele estar vinculada a la aceptación de propuestas occidentales en materia de sexualidad, matrimonio, vida o justicia social. Esta colonización ideológica es particularmente perjudicial para los jóvenes”. El Papa también advierte contra la cultura actual que presenta el modelo juvenil de belleza y utiliza cuerpos jóvenes en la publicidad. Él afirma: “no es un elogio para los jóvenes. Sólo significa que los adultos quieren robar a los jóvenes para sí mismos”.
   Refiriéndose a “los deseos, las heridas y las investigaciones”, Francisco habla de la sexualidad: “En un mundo que sólo hace hincapié en la sexualidad, es difícil mantener una buena relación con el propio cuerpo y vivir en paz las relaciones afectivas. También por esta razón la moralidad sexual es a menudo la causa de ‘incomprensión y alejamiento de la Iglesia’ percibida ‘como un espacio para el juicio y la condena’, a pesar de que hay jóvenes que quieren discutir estos temas”.
   Ante el desarrollo de la ciencia, de las tecnologías biomédicas y de las neurociencias, el Papa recuerda que “pueden hacernos olvidar que la vida es un don, que somos seres creados y limitados, que podemos ser fácilmente explotados por los que tienen el poder tecnológico”.
   La exhortación se centra entonces en el tema del “entorno digital”, que ha creado “una nueva forma de comunicación” y que “puede facilitar la circulación de información independiente”. En muchos países, la web y las redes sociales son “ya un lugar indispensable para llegar e implicar a los jóvenes”. Pero esto “es también un territorio de soledad, manipulación, explotación y violencia, hasta el caso extremo de la red oscura. Los medios digitales pueden exponerlos al riesgo de adicción, aislamiento y pérdida progresiva de contacto con la realidad concreta”.
   Se están extendiendo nuevas formas de violencia a través de los medios sociales, como el ciberacoso. La web es también un canal para difundir la pornografía y explotar a las personas con fines sexuales o a través de los juegos de azar. No hay que olvidar que en el mundo digital “existen intereses económicos gigantescos”, capaces de crear “mecanismos de manipulación de las conciencias y del proceso democrático”. Existen circuitos cerrados que “facilitan la difusión de información y noticias falsas, fomentando el prejuicio y el odio…”. La reputación de las personas se ve amenazada por juicios sumarios en línea. “El fenómeno concierne también a la Iglesia y a sus pastores”.
   En un documento preparado por 300 jóvenes de todo el mundo antes del Sínodo se afirma que “las relaciones en línea pueden llegar a ser inhumanas” y que la inmersión en el mundo virtual ha favorecido “una especie de ‘migración digital’, es decir, una distancia de la familia, de los valores culturales y religiosos, que lleva a muchas personas a un mundo de soledad”.
   El Papa presenta a continuación “los migrantes como paradigma de nuestro tiempo”, y recuerda a los muchos jóvenes que participan en la migración. “La preocupación de la Iglesia concierne en particular a quienes huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución política o religiosa, de las catástrofes naturales debidas también al cambio climático y a la extrema pobreza”: los jóvenes andan buscando una oportunidad, realizar el sueño de un futuro mejor.
   Otros, migrantes, son “atraídos por la cultura occidental, a veces con expectativas poco realistas que los exponen a grandes desilusiones. Los traficantes sin escrúpulos, a menudo vinculados a los carteles de la droga y las armas, explotan la debilidad de los migrantes… Cabe señalar la especial vulnerabilidad de los menores migrantes no acompañados… En algunos países de llegada, los fenómenos migratorios provocan alarma y temor, recelos a menudo fomentados y explotados con fines políticos. De esta manera se está extendiendo una mentalidad xenófoba, de cierre y de repliegue egoísta, a la que hay que reaccionar con decisión”.
   Los jóvenes migrantes también experimentan a menudo un desarraigo cultural y religioso. Francisco pide, “en particular a los jóvenes, que no caigan en las redes de los que quieren ponerlos en contra de otros jóvenes que vienen a sus países, describiendolos como sujetos peligrosos”.
   El Papa habló también de los abusos contra los niños e hizo suyo el compromiso del Sínodo de adoptar medidas rigurosas de prevención y expresó su gratitud “a quienes tienen el valor de denunciar el mal que han sufrido”. El Papa recuerda que, “gracias a Dios”, los sacerdotes que han sido culpables de estos “horribles crímenes no son la mayoría, sino que ésta está formada por aquellos que ejercen un ministerio fiel y generoso”. Pide a los jóvenes, si ven a un sacerdote en peligro porque ha tomado el camino equivocado, que tengan el valor de recordarle su compromiso con Dios y con su pueblo.
   Sin embargo, el abuso no es el único pecado en la Iglesia. “Nuestros pecados están ante los ojos de todos, se reflejan sin piedad en las arrugas del rostro milenario de nuestra Madre”, pero la Iglesia no recurre a ninguna cirugía estética, “no tiene miedo de mostrar los pecados de sus miembros”. “Recordemos, sin embargo, que no abandonamos a la Madre cuando está herida”. Este momento oscuro, con la ayuda de los jóvenes, “puede ser realmente una oportunidad para una reforma de las que hacen época, reseñable para abrirse a un nuevo Pentecostés”.
   Francisco recuerda a los jóvenes que, al igual que en la mañana de la resurrección, ante todas las situaciones oscuras y dolorosas, hay una salida. Y afirma: aunque el mundo digital puede exponernos a muchos riesgos, hay jóvenes que saben ser creativos y brillantes en estas áreas. Como el Venerable Carlo Acutis, que “supo utilizar las nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio”, no cayó en la trampa y dijo: “Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”. “No dejes que esto te suceda”, advierte el Papa. “No dejen que les roben la esperanza y la alegría, no dejen que les narcoticen y les usen como esclavos de sus intereses”, busquen el gran objetivo de la santidad.
   “Ser joven no sólo significa buscar placeres pasajeros y éxito superficial. Para que los jóvenes alcancen su meta en el camino de la vida, la juventud debe ser un tiempo de donación generosa, de ofrenda sincera”. “Si eres joven, pero te sientes débil, cansado o decepcionado, pide a Jesús que te renueve”. Pero recordando siempre que “es muy difícil luchar contra… las trampas y tentaciones del diablo y del mundo egoísta si estamos aislados”. Por ello se necesita una vida comunitaria.

   Capítulo cuarto: “El gran anuncio para todos los jóvenes”

   El Papa anuncia a todos los jóvenes tres grandes verdades. La primera: “Dios que es amor” y por tanto “Dios te ama, no lo dudes nunca”. Puedes “arrojarte con seguridad en los brazos de tu Padre divino”. Francisco afirma que la memoria del Padre “no es un ‘disco duro’ que registra y archiva todos nuestros datos, su memoria es un tierno corazón de compasión, que se alegra de borrar definitivamente todo rastro de nuestro mal…”. “Porque él te ama. Trata de permanecer un momento de silencio dejándote querer por Él”. Y su amor es el que “sabe más de ascensos que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nuevas oportunidades que de condenar, del futuro que del pasado”.
   La segunda verdad es que “Cristo te salva”. “Nunca olvides que Él perdona setenta veces siete. Vuelve a llevarnos sobre sus hombros una y otra vez”. Jesús nos ama y nos salva porque “sólo lo que amamos puede salvarse”. Sólo lo que abrazamos puede ser transformado.
   “El amor del Señor es mayor que todas nuestras contradicciones, todas nuestras debilidades y todas nuestras mezquindades”. Y “su perdón y salvación no son algo que hayamos comprado o debamos adquirir a través de nuestras obras o esfuerzos. Él nos perdona y nos libera libremente”.
   La tercera verdad es que “¡Él vive!”. Debemos recordar esto…, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Esto no nos haría ningún bien, nos dejaría como antes, no nos liberaría. Si “Él vive, esto es una garantía de que el bien puede entrar en nuestras vidas…”. “Entonces podemos dejar de quejarnos y mirar hacia adelante, porque con Él siempre podemos mirar hacia adelante”.
   En estas verdades aparece el Padre y aparece Jesús. Y donde están, también está el Espíritu Santo. “Cada día invocas al Espíritu Santo… No pierdes nada y Él puede cambiar tu vida, iluminarla y darle una mejor dirección. No te mutila, no te quita nada, al contrario, te ayuda a encontrar lo que necesitas de la mejor manera”.

   Capítulo quinto: “Los caminos de la juventud”

   El amor de Dios y nuestra relación con el Cristo vivo no nos impiden soñar, no nos pi-den que estrechemos nuestros horizontes. Al contrario, este amor nos estimula, nos estimula, nos proyecta hacia una vida mejor y más bella.
   La palabra “inquietud” resume muchas de las aspiraciones del corazón de los jóvenes. Pensando en un joven, el Papa ve a aquel que tiene los pies siempre enfrente del otro, dispuesto a salir, a lanzarse siempre lanzado hacia delante. La juventud no puede seguir siendo un “tiempo suspendido”, porque es la “edad de elección” en el ámbito profesional, social, político y también en la elección de la pareja o en la de tener los primeros hijos.
   La ansiedad puede convertirse en una gran enemiga cuando nos lleva a rendirnos porque descubrimos que los resultados no son inmediatos. Los mejores sueños se ganan con esperanza, paciencia y compromiso, renunciando a la prisa. Al mismo tiempo, no debemos bloquearnos ante la inseguridad, no debemos tener miedo de correr riesgos y cometer errores.
   Francisco invita a los jóvenes a no observar la vida desde el balcón, a no pasar la vida frente a una pantalla, a no ser reducidos a vehículos abandonados y a no mirar al mundo como turistas: “¡Deja que te escuchen! Aleja los miedos que te paralizan… ¡vive!”. Los invita a “vivir el presente” disfrutando con gratitud de cada pequeño don de la vida sin “ser insaciables” y “obsesionados con los placeres sin límite”. En efecto, vivir el presente “no significa lanzarse a una disolución irresponsable que nos deja vacíos e insatisfechos”.
   “No conocerás la verdadera plenitud de ser joven si… no vives la amistad con Jesús”. La amistad con Él es indisoluble porque no nos abandona y, al igual que con nuestro amigo, “hablamos, compartimos las cosas más secretas, con Jesús, también conversamos”. Al orar, “jugamos su juego, dejamos espacio para que Él pueda actuar, entrar y ganar”.
   “No priven a su juventud de esta amistad” y “vivirán la hermosa experiencia de saberse siempre acompañados”, como decían los discípulos de Emaús. San Óscar Romero decía: “El cristianismo no es un conjunto de verdades en las que hay que creer, de leyes que hay que observar, de prohibiciones. Esto resulta repugnante. El cristianismo es una persona que me amó tanto como para reclamar mi amor. El cristianismo es Cristo”.
   El Papa, hablando de crecimiento y maduración, indica la importancia de buscar “un desarrollo espiritual”, de “buscar al Señor y guardar su Palabra”, de mantener “la ‘conexión’ con Jesús… porque no crecerás en felicidad y santidad sólo con tu fuerza y tu mente”. Incluso el adulto debe madurar sin perder los valores de la juventud: “En ca-da momento de la vida podemos renovar y aumentar nuestra juventud”.
   Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor amplió mis horizontes y me dio una juventud renovada. Lo mismo le puede suceder a un matrimonio que lleva muchos años casado, o a un monje en su monasterio. Crecer “significa conservar y alimentar las cosas más preciosas que la juventud te da, pero al mismo tiempo significa estar abierto a purificar lo que no es bueno”.
   “Pero os recuerdo que no serán santos y no se sentirán realizados copiando a los demás”. “Deben descubrir quiénes son y desarrollar su manera personal de ser santos”. Francisco propone “caminos de fraternidad” para vivir la fe, recordando que “el Espíritu Santo quiere empujarnos a salir de nosotros mismos, a abrazar a los demás”.
   Por eso, es mejor que vivamos juntos nuestra fe y expresar nuestro amor en una vida comunitaria, una vida que ayude a superar “la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas, en nuestros sentimientos heridos, en nuestras quejas y en nuestra comodidad”. Dios “ama la alegría de los jóvenes y los invita sobre todo a la alegría que se vive en la comunión fraterna”.
   El Papa se dirige a los “jóvenes comprometidos”, afirmando que a veces pueden correr “el riesgo de encerrarse en pequeños grupos…”. Sienten que están viviendo en amor fraterno, pero quizás su grupo se ha convertido en una simple extensión de su ego. Esto se agrava “si la vocación del laico se concibe sólo como un servicio dentro de la Iglesia…, olvidando que la vocación del laico es ante todo caridad en la familia y caridad social o política”.
   Francisco propone “que los jóvenes vayan más allá de los grupos de amigos y construyan la amistad social, buscando el bien común. La enemistad social destruye. Y una familia es destruida por la enemistad. Una aldea es destruida por la enemistad. El mundo es destruido por la enemistad. Y la mayor enemistad es la guerra. Hoy vemos que el mundo está siendo destruido por la guerra. Porque somos incapaces de sentarnos y hablar”.
   “El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para el descubrimiento o la profundización de la fe y el discernimiento de la propia vocación”. El Papa cita el ejemplo positivo de los jóvenes de las parroquias, grupos y movimientos que “tienen la costumbre de ir a acompañar a los ancianos y a los enfermos, o a visitar las zonas pobres”.
   Mientras que “otros jóvenes participan en programas sociales destinados a la construcción de viviendas para personas sin hogar, o a la recuperación de áreas contaminadas, o a la recolección de ayuda para los más necesitados”. Sería bueno que esta energía comunitaria se aplicara no sólo a acciones esporádicas sino de manera estable.
   Los estudiantes universitarios “pueden unirse de manera interdisciplinaria para aplicar sus conocimientos a la resolución de problemas sociales, y en esta tarea pueden trabajar codo con codo con jóvenes de otras Iglesias o de otras religiones”.
   Francisco anima a los jóvenes a comprometerse, a ser “luchadores por el bien común, servidores de los pobres, protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial”.
   Los jóvenes están llamados a ser “misioneros valientes”, testimoniando en todas partes el Evangelio con su propia vida, lo que no significa “hablar de la verdad, sino vivirla”. La palabra, sin embargo, no debe ser silenciada: Hay que “ser capaz de ir contra corriente y saber compartir a Jesús, comunicar la fe que Él te ha dado”. ¿A dónde envía Jesús? “No hay límites: nos envía a todos. El Evangelio es para todos y no para algunos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores. Es para todos”. Y añade: “Y a ustedes, jóvenes, los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza, porque quiere contar con vuestra valentía, frescura y entusiasmo”. Y no se puede esperar que “la misión sea fácil y cómoda”.

   Capítulo sexto: “Jóvenes con raíces”

   Francisco dice que le duele “ver que algunos proponen a los jóvenes construir un futuro sin raíces, como si el mundo empezara ahora”. Si alguien “te hace una propuesta y te dice que ignores la historia, que no atesores la experiencia de los ancianos, que desprecies todo lo que ha pasado y que mires sólo hacia el futuro que te ofrece, ¿no es ésta una forma fácil de atraerte con su propuesta de hacerte hacer sólo lo que él te dice? Esa persona necesita que estés vacío, desarraigado, desconfiado de todo, para que puedas confiar sólo en sus promesas y someterte a sus planes. Así funcionan las ideologías de colores diferentes, que destruyen (o des-construyen) todo lo que es diferente y de esta manera pueden dominar sin oposición”.
   Los manipuladores utilizan también la adoración de la juventud: “El cuerpo joven se convierte en el símbolo de este nuevo culto, por lo que todo lo que tiene que ver con ese cuerpo es idolatrado y deseado sin límites, y lo que no es joven se mira con desprecio. Pero esta es un arma que acaba degradando en primer lugar a los jóvenes”. “Queridos jóvenes, no dejen que usen su juventud para fomentar una vida superficial, que confunde la belleza con la apariencia”, porque hay una belleza en el trabajador que vuelve a casa, sucio del trabajo, en la esposa anciana que cuida de su marido enfermo, en la fidelidad de las parejas que se aman en el otoño de la vida.
   “Hoy se promueve una espiritualidad sin Dios, una afectividad sin comunidad y sin compromiso con los que sufren, un miedo a los pobres vistos como seres peligrosos, y una serie de ofertas que pretenden hacerles creer en un futuro paradisíaco que siempre se postergará para más adelante”.
   El Papa invita a los jóvenes a no dejarse dominar por esta ideología que conduce a “auténticas formas de colonización cultural” que erradica a los jóvenes de las afiliaciones culturales y religiosas de las que proceden y tiende a homogeneizarlos transformándolos en “sujetos manipulables en serie”.
   Lo fundamental es “tu relación con los ancianos”, relación que ayuda a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, en su memoria. “La Palabra de Dios recomienda que no perdamos el contacto con los ancianos, para que podamos recoger su experiencia”. Esto “no significa que debas estar de acuerdo con todo lo que dicen, ni que debas aprobar todas sus acciones”, es “simplemente una cuestión de estar abierto a recoger la sabiduría que se comunica de generación en generación”. “Al mundo nunca le ha servido y nunca le servirá la ruptura entre generaciones… Es la mentira que te hace creer que sólo lo nuevo es bueno y bello”. La relación entre generaciones “constituye marcos de referencia para cimentar sólidamente una sociedad nueva. Como dice el refrán: ‘Si el joven supiese y el viejo pudiese, no habría cosa que no se hiciese’”.
   Hablando de “sueños y visiones”, Francisco observa: “Si jóvenes y viejos se abren al Espíritu Santo, juntos producen una maravillosa combinación. Los ancianos sueñan y los jóvenes tienen visiones”; si “los jóvenes están arraigados en los sueños de los ancianos, logran ver el futuro”. Por lo tanto, es necesario “arriesgarse juntos”, caminar juntos jóvenes y viejos: las raíces “no son anclajes que nos atan”, sino “un punto de arraigo que nos permite crecer y responder a nuevos desafíos”.

   Capítulo séptimo: “La pastoral juvenil”

   El Papa explica que la pastoral juvenil ha sido asaltada por los cambios sociales y culturales y que “los jóvenes, en sus estructuras habituales, a menudo no encuentran respuestas a sus preocupaciones, a sus necesidades, a sus problemas y a sus heridas”. Los mismos jóvenes “son actores de la pastoral juvenil, acompañados y guiados, pero libres para encontrar nuevos caminos con creatividad y audacia”.
   Necesitamos “hacer uso de la astucia, el ingenio y el conocimiento que los propios jóvenes tienen de la sensibilidad, el lenguaje y los problemas de otros jóvenes”. La pastoral juvenil debe ser flexible, y es necesario “invitar a los jóvenes a acontecimientos que de vez en cuando les ofrezcan un lugar donde no sólo reciban formación, sino que también les permitan compartir sus vidas, celebrar, cantar, escuchar testimonios concretos y experimentar el encuentro comunitario con el Dios vivo”.
   La pastoral juvenil sólo puede ser sinodal, es decir, capaz de configurar un “camino común”, e implica dos grandes líneas de acción: la primera es la investigación y la segunda el crecimiento.
   Para la primera, Francisco confía en la capacidad de los propios jóvenes para “encontrar formas atractivas de invitar”: “Sólo tenemos que estimular a los jóvenes y darles libertad de acción”. Más importante aún es que “cada joven encuentre el valor de sembrar el primer anuncio en esa tierra fértil que es el corazón de otro joven”.
   Se debe dar prioridad al “lenguaje de la cercanía, el lenguaje del amor desinteresado, relacional, existencial, que toca el corazón”, acercándose a los jóvenes “con la gramática del amor, no con el proselitismo”.
   En cuanto al crecimiento, Francisco advierte en contra de proponer a los jóvenes afectados por una intensa experiencia de Dios “encuentros de ‘formación’ en los que sólo se abordan cuestiones doctrinales y morales…”. El resultado es que “muchos jóvenes se aburren, pierden el fuego del encuentro con Cristo y la alegría de seguirlo”. Si todo proyecto de formación “debe incluir ciertamente una formación doctrinal y moral”, es igualmente importante “que se centre” en el kerigma, es decir, “la experiencia funda-dora del encuentro con Dios a través de Cristo muerto y resucitado” y en el crecimiento “en el amor fraterno, en la vida comunitaria, en el servicio”.
   Por eso, “la pastoral juvenil debe incluir siempre momentos que ayuden a renovar y profundizar la experiencia personal del amor de Dios y de Jesucristo vivo”. Y debe ayudar a los jóvenes “a vivir como hermanos, a ayudarse unos a otros, a hacer comunidades, a servir a los demás, a estar cerca de los pobres” (215).
   Las instituciones de la Iglesia deben, por tanto, convertirse en “ambientes adecuados”, desarrollando “la capacidad de acogida”: “En nuestras instituciones debemos ofrecer a los jóvenes lugares apropiados, que puedan manejar a su antojo y donde puedan entrar y salir libremente, lugares que los acojan y a los que puedan acudir espontánea y confiadamente para encontrarse con otros jóvenes tanto en momentos de sufrimiento o de aburrimiento, como cuando deseen celebrar sus alegrías”.
   En relación a los jóvenes, describe Francisco “la pastoral de las instituciones educativas”, afirmando cómo “la escuela es sin duda una plataforma para acercarse a los niños y a los jóvenes”, pero la escuela tiene “una urgente necesidad de autocrítica”. Y recuerda que “hay algunas escuelas católicas que parecen estar organizadas sólo para preservación. La escuela transformada en un ‘búnker’ que protege de los errores ‘fuera’ es la expresión caricaturesca de esta tendencia”.
   Cuando los jóvenes salen, sienten “una discrepancia insuperable entre lo que les han enseñado y el mundo en el que se encuentran viviendo”. Mientras que “una de las mayores alegrías de un educador consiste en ver a un alumno que se constituye como una persona fuerte, integrada, protagonista y generosamente capaz de darse”. La formación espiritual no puede separarse de la formación cultural: “Ésta es vuestra gran tarea: responder a los coros paralizantes del consumismo cultural con opciones dinámicas y fuertes, con la investigación, el conocimiento y el compartir”. Entre las “áreas de desarrollo pastoral”, el Papa indica las “expresiones artísticas”, la “práctica del deporte” y el compromiso con la protección de la Creación.
   Necesitamos “una pastoral juvenil popular”, más amplia y flexible, que estimule, en los distintos lugares en los que se mueven concretamente los jóvenes, a aquellos guías naturales y a aquellos carismas que el Espíritu Santo ya ha sembrado entre ellos.
   En primer lugar, se trata de no poner tantos obstáculos, normas, controles y marcos obligatorios en el camino de los jóvenes creyentes que son líderes naturales en los barrios y en los diferentes entornos. Debemos limitarnos a acompañarlos y estimularlos animosamente.
   Al exigir “una pastoral juvenil aséptica, pura, caracterizada por ideas abstractas, alejada del mundo y preservada de toda mancha, reducimos el Evangelio a una propuesta insípida, incomprensible, distante, separada de las culturas juveniles y apta sólo para una élite juvenil cristiana que se siente diferente, pero que en realidad flota aislada, sin vida ni fecundidad”.
   Francisco nos invita a ser “una Iglesia con las puertas abiertas”, y “ni siquiera es necesario aceptar completamente todas las enseñanzas de la Iglesia para participar en algunos de nuestros espacios dedicados a los jóvenes”.
   “También debe haber lugar para todos aquellos que tienen otras visiones de la vida, profesan otras creencias o se declaran extraños al horizonte religioso”. El icono de este enfoque nos lo ofrece el episodio evangélico de los discípulos de Emaús: Jesús los interroga, los escucha pacientemente, los ayuda a reconocer lo que viven, a interpretar a la luz de la Escritura lo que han vivido, acepta quedarse con ellos, entra en su noche. Y son ellos mismos los que deciden reanudar sin demora el viaje en la dirección opuesta, de retorno a la comunidad…
   “Siempre misioneros”. Para que los jóvenes se conviertan en misioneros no es necesario hacer “un largo camino”: “Un joven que peregrina para pedir ayuda a la Virgen e invita a un amigo o a un compañero a acompañarlo, con este sencillo gesto está llevando a cabo una preciosa acción misionera”.
   La pastoral juvenil “debe ser siempre una pastoral misionera”. Y los jóvenes necesitan ser respetados en su libertad, “pero también necesitan ser acompañados” por adultos, empezando por la familia y luego por la comunidad. “Esto implica que los jóvenes sean mirados con comprensión, estima y afecto, y no que sean continuamente juzgados o que se les exija una perfección que no corresponde a su edad”.
   Faltan personas experimentadas, dedicadas al acompañamiento, y “algunas jóvenes perciben una falta de referentes femeninos en la Iglesia”.
   Lo que esperan de un tutor de pastoral juvenil es que “sea un auténtico cristiano comprometido con la Iglesia y con el mundo; que busque constantemente la santidad; que comprenda sin juzgar; que sepa escuchar activamente las necesidades de los jóvenes y pueda responderles con gentileza; que sea muy bondadoso, y consciente de sí mismo; que reconozca sus límites y que conozca la alegría y el sufrimiento que todo camino espiritual conlleva. Una característica especialmente importante en un mentor es el reconocimiento de su propia humanidad. Que son seres humanos que cometen errores: personas imperfectas, que se reconocen pecadores perdonados”. Deben saber cómo “caminar juntos” con los jóvenes respetando su libertad.

   Capítulo octavo: “Vocación”

   “Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que Jesús quiere de cada joven es sobre todo su amistad”. La vocación es una llamada al servicio misionero de los demás, “porque nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda”.
   “Para realizar nuestra vocación es necesario desarrollarnos, hacer crecer y cultivar todo lo que somos. No se trata de inventarse, de crearse de la nada, sino de descubrirse a la luz de Dios y de hacer florecer el propio ser”. Y “este ‘ser para los demás’ en la vida de cada joven está normalmente ligado a dos cuestiones fundamentales: la formación de una nueva familia y el trabajo” (258).
   En cuanto al “amor y la familia”, el Papa recoge que “los jóvenes sienten fuertemente la llamada al amor y sueñan con encontrar a la persona adecuada con la que formar una familia”, y el sacramento del matrimonio “envuelve este amor con la gracia de Dios, enraizándolo en Dios mismo”. Dios nos creó sexualmente, Él mismo creó la sexualidad, que es su don, y por lo tanto “no hay tabúes”. Es un don que el Señor da y “tiene dos objetivos: amarse unos a otros y generar vida”. Es una pasión… “El verdadero amor es apasionado”.
   Francisco observa que “el aumento de las separaciones, de los divorcios… puede causar grandes sufrimientos y crisis de identidad en los jóvenes. A veces tienen que asumir responsabilidades que no son proporcionales a su edad” (262). A pesar de todas las dificultades, “quiero decirles…. que vale la pena apostar por la familia y que en ella encontrarán los mejores incentivos para madurar y las mejores alegrías para compartir. No dejes que te roben la oportunidad de amar seriamente”. “Creer que na-da puede ser definitivo es un engaño y una mentira… Les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contra corriente”.
   En cuanto al trabajo, el Papa se expresa así: “Invito a los jóvenes a no esperar vivir sin trabajo, dependiendo de la ayuda de los demás. Esto no es bueno, porque el trabajo es una necesidad, es parte del sentido de la vida en esta tierra, del camino hacia la madurez, el desarrollo humano y la realización personal. En este sentido, ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre un remedio temporal para las emergencias”.
   Después de observar cómo los jóvenes experimentan en el mundo del trabajo formas de exclusión y de marginación, afirma esto el Papa con respecto al desempleo juvenil: “Es una cuestión… que la política debe considerar prioritaria, sobre todo hoy en día, cuando la velocidad del desarrollo tecnológico, junto con la obsesión por reducir los costes laborales, puede llevar rápidamente a la sustitución de innumerables puestos de trabajo por maquinaria”. Y a los jóvenes les dice: “Es verdad que no puedes vivir sin trabajo y que a veces tendrás que aceptar lo que encuentras, pero nunca renuncies a tus sueños, nunca entierres definitivamente una vocación, nunca renunciar”.
   Francisco concluye este capítulo hablando de “vocaciones a una consagración especial”. En el discernimiento de una vocación “no se debe excluir la posibilidad de consagrarse a Dios…”. ¿Por qué excluirlo? “Ten la certeza de que si reconoces una llama-da de Dios y la sigues, será lo que dé plenitud a tu vida”.

   Capítulo noveno: “El discernimiento”

   El Papa recuerda que “sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en títeres a merced de las tendencias del momento”. “Una expresión de discernimiento es el compromiso de reconocer la propia vocación. Es una tarea que requiere espacios de soledad y silencio, porque es una decisión muy personal que nadie más puede tomar en nuestro lugar”. “El don de la vocación será, sin duda, un don exigente. Los dones de Dios son interactivos, y para disfrutarlos hay que ponerse en juego, hay que arriesgarse”.
   Se requieren tres sensibilidades de quienes ayudan a los jóvenes en su discernimiento. La primera es la atención a la persona: “se trata de escuchar al otro que se nos da a sí mismo con sus propias palabras”.
   La segunda consiste propiamente en discernir, es decir, “se trata de captar el punto correcto en el que se discierne la gracia de la tentación”.
   La tercera consiste “en escuchar los impulsos que el otro experimenta en su querer o sentir ir “adelante”. Es la escucha profunda de “donde el otro realmente quiere ir”. Cuando uno escucha al otro de esta manera, en algún momento debe desaparecer para dejar que él (o ella) siga el camino que ha descubierto. Desaparecer como el Señor desaparece de la vista de sus discípulos. Debemos “despertar y acompañar los procesos, no imponer caminos”. Y estos son procesos de personas que siempre son únicas y libres. Por eso es difícil crear “libros de cocina”.
   La exhortación concluye con “un deseo” del Papa Francisco: “Queridos jóvenes, me alegrará verles correr más rápido que los que son lentos y temerosos. Corran y sean atraídos por ese rostro tan amado, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne de nuestro hermano que sufre… La Iglesia necesita de vuestros impulsos, de vuestras intuiciones, de vuestra fe… Y cuando lleguen a donde todavía no hemos llegado, tengan la paciencia de esperar por nosotros”.

 

BREVE HISTORIA DEL RACIONAMIENTO

   RACIONAR: Significa distribuir ordenadamente raciones de una cosa o proveer de ellas. Si se trata de algo escaso, saber repartirlo adecuadamente.
   También significa, por parte de la correspondiente autoridad, limitar la cantidad de algún producto (alimento, combustible, etc.) que puede adquirirse sobre todo circunstancialmente, regulando la distribución o el consumo.
   Presentamos brevemente algo de la historia relacionada con el racionar o el raciona-miento, valiéndonos puntualmente de la siguiente foto (de Cecilio Sánchez del Pando), mostrando un buen grupo de gente ante un despacho de cartillas de racionamiento en Sevilla, en junio de 1940, iniciándose la década de hambre, desgracia y posguerra.

 

 

   Para hacer frente a la penosa situación, el Régimen franquista estableció el remedio en la famosa cartilla de racionamiento, como la pensó, entre fuertes críticas, Nicolás Maduro en Venezuela en pleno siglo XXI. Pero la Venezuela del año 2013 en adelante poco tiene que ver con la España de la posguerra en el siglo XX. La reducción salarial de 1939 y el posterior estancamiento de los sueldos –que en 1950 aún se situaban en torno al 50% de los existentes en 1936– adquirieron tintes dramáticos por la escasez de los alimentos, mientras los comedores de Auxilio Social acogían a cientos de miles de familias cada día.
   Las raciones eran por lo general del todo insuficientes. El sistema de racionamiento de artículos de primera necesidad se estableció en España, el 14 de mayo de 1939, mediante una orden del Ministerio de Industria y Comercio, para asegurar el abastecimiento de las familias. Poco después, otra orden fijó las cantidades que debían ser entregadas a precio de tasa, las cuales variaban si se trataba de un hombre adulto, una mujer adulta, una persona de más de 60 años (el 80% de lo que recibía un hombre adulto) o un menor de 14 (el 60% del mismo).
   Las cartillas estaban clasificadas en tres categorías que iban desde la que correspondía a los que más recursos tenían, hasta la de los más pobres. Sin embargo, las cantidades establecidas oficialmente por el decreto del Gobierno (un hombre adulto, por ejemplo, debía recibir 400 gramos de pan, 250 de patatas, 200 de pescado fresco, 100 de legumbres, 125 de carne, 30 de azúcar, 25 de tocino y 10 de café al día), nada tenían que ver con las que finalmente se entregaban a cada ciudadano. El racionamiento no cumplió su función casi nunca, ni en cantidad ni en calidad. Y se prodigó el mercado negro (estraperlo), negociando con un sueldo que podía ser de 300 pesetas al mes.
   En 1943 entraba en vigor la cartilla individual, en sustitución de la familiar, con el objetivo de llevar un control más exhaustivo del reparto. Pero aquello tampoco hizo que la situación mejorase. El racionamiento siguió siendo insuficiente durante la mayor parte de la década de los 40 y los alimentos distribuidos eran de muy mala calidad y llegaban con cuentagotas. La corrupción y el mercado negro siguieron creciendo, y el malestar de la población se hizo evidente a pesar del régimen dictatorial, según reflejaban los distintos informes oficiales.
   Fueron 13 años de hambre y miseria aquellos de la cartilla de racionamiento, oficialmente vigente hasta abril de 1952. En esa fecha desapareció para los productos alimenticios, en una época en la que el consumo de carne per cápita se había duplicado. Pero, ¡cuánta hambre se había pasado!

 

 

 

Ésta era una cartilla de cupones de racionamiento.
Comisaría General de Abastecimientos y Transportes.
Primer semestre de 1952

 

   Las consecuencias de la Guerra Civil Española (1936-1939) se alargaron en el tiempo. Durante la posguerra, años de hambre, era imprescindible presentar la cartilla para poder adquirir víveres de primera necesidad. Pero, al no ser suficiente con los cupones, quienes contaban con más recursos acudían al mercado negro, al estraperlo, a menudo controlado por cargos o simpatizantes del Régimen.
   Las cartillas de racionamiento se convirtieron en un símbolo de la cotidianidad para generaciones enteras que se afanaban por subsistir en el contexto de una fuerte política de represión y persecución política, lo propio de aquel franquismo.
   He sacado de Pedro Fernández Barbadillo (libertaddigital), para una historia del racionamiento, que las correspondientes cartillas no las aportó Franco sino que ya las habían traído a España los de izquierda.
   Dice Pedro Fernández que, a diferencia de la Wikipedia en inglés y alemán, el nivel de la Wikipedia en español parece el de Twitter, sobre todo en asuntos como la II República, la guerra de 1936-39 y el régimen franquista. Por ejemplo, la entrada dedicada al racionamiento en España informa al desprevenido lector de que éste se empezó a aplicar por una orden ministerial del 14 de mayo de 1939, publicada en el BOE del día 17. A cualquiera que la lea le debería llamar la atención el siguiente párrafo en el artículo 1º: “Las provincias en que ya esté implantado (el régimen de racionamiento), lo conservarán, acomodándolo a lo que se dispone en la presente Orden”.
   En cambio, el redactor de la entrada de la Wikipedia no siente curiosidad en averiguar por qué había provincias ya sometidas al racionamiento. La explicación es que el primer sistema de racionamiento en España lo estableció el que se tituló a sí mismo como “Gobierno de la Victoria”, presidido por el socialista Largo Caballero, mediante un decreto de 5 de marzo de 1937, publicado el día 7 en la Gaceta de la República: “Art. 1º: Se crea en todos los Municipios de la España leal la tarjeta de racionamiento familiar”.
   De manera digamos que asombrosa para nuestra actual mentalidad, la zona nacional no sufrió ni escasez, ni racionamiento, ni hiperinflación. Las únicas limitaciones oficiales a la alimentación fueron el Día sin Postre y el Plato Único, que disminuían las raciones en los almuerzos y destinaban el dinero sobrante a subsidios para los combatientes y sus familias.
   Desde 1937, cada vez que las tropas de Burgos entraban en una ciudad, fuese Bilbao, Santander, Tarragona, Barcelona, Madrid o Cartagena, entraban también cocinas de campaña y camiones cargados de pan y conservas.
   El profesor estadounidense Michael Seidman estudió (y publicó en La victoria nacional, 2012) las economías y las retaguardias de ambos bandos en la guerra civil y las puso en relación con las guerras civiles rusa y china de la primera mitad del siglo XX, resultando que “los nacionales españoles destacan entre todos los beligerantes por haber evitado la escasez que afligió a sus adversarios republicanos, por no mencionar a los rusos blancos y los nacionalistas chinos. […] La propaganda de los nacionales dirigida a los soldados republicanos puso el énfasis en los estómagos repletos de los insurgentes más que en ningún otro tema, aunque el dinero republicano ‘carente de valor’ le siguió de cerca. Los nacionales se jactaban del ‘pan blanco de Franco’ sin adulterar”.
   La abundancia de comida en la zona nacional se aprovechó en una genial maniobra de propaganda, admirada incluso en Berlín. La aviación de Franco realizó en el otoño de 1938 varios bombardeos de pan blanco sobre Madrid, Barcelona y Alicante. Un golpe durísimo a la ya tambaleante moral.
   En los años 40, que han quedado en España como los años del hambre y de las cartillas de racionamiento, se incrementó la esperanza de vida.
   En resumen, lo que hizo el Estado de Franco en mayo de 1939 fue extender a toda España el racionamiento que ya existía. Y eso ocurrió por dos motivos: el destrozo de la agricultura y la ganadería en las provincias bajo el Frente Popular por colectivizaciones, confiscaciones, hiperinflación y matanzas; y la entrega a Stalin de las reservas de oro del Banco de España, que habrían servido para avalar créditos pedidos al extranjero.
   Además, en esa época, hasta Suiza y Suecia sufrieron racionamiento. No fue éste excepcional en España sino que, a causa de la Segunda Guerra Mundial, se estableció en toda Europa…

 

 

∴  ∴  ∴

 

NO NOS OLVIDEMOS DEL BALAR DE LAS OVEJAS,

Y QUE HUELAN A ELLAS LOS PASTORES,

COMO DICE EL PAPA FRANCISCO

   BALAR: Este verbo se refiere a dar balidos, que son los sonidos que emiten con frecuencia las ovejas, las cabras, los carneros, los corderos, los borregos, los gamos, los ciervos.

   El ganado ovino suele hacerse presente en la representación del Nacimiento de Jesús o Portal de Belén, como corresponde también a la tradición bíblica, tradición que culmina llamando a Cristo Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
   Las familias no deberían echar en olvido una buena y sencilla explicación a los niños sobre la esencia de la Navidad. No podemos olvidarnos de las ovejas, tan presentes en la Historia de la Salvación. El término “oveja” es mencionado en la Biblia nada menos que 298 veces. ¿No es extraordinario? El “cordero” aparece mencionado 180 veces, y el hebreo tiene 12 maneras de nombrarlo. El “carnero”, con sus voluminosos cuernos en espiral, resulta mencionado en 168 ocasiones.
   Aplicada al hombre, la oveja es metáfora de nuestro ser indefenso, de nuestra vocación a la mansedumbre, a la vida apacible y sociable, a que somos propensos a perdernos o descarriarnos, incapaces por nosotros mismos de volver al redil. Cuando en la Biblia se habla de separar las ovejas de las cabras (hablando en general de los cabritos jóvenes), tratándose de un rebaño de machos y hembras, los animales suelen parecerse bastante en apariencias, por lo que es preciso examinarlos de cerca y proceder a separarlos según convenga. El pastoreo es un oficio de mucho encanto.

 

 

 

Veamos a continuación un poemita, de autor anónimo:
Dice el borreguillo:
                                          Meeee…
Responde la oveja:
                                         Queee…
Contesta el borreguillo:
                                      Voy…
Responde la oveja:
                                         Veeen…
Los carneros dicen:
                                          Meeee…
Responden los que lo oyen:
                                                        Mañana te  comeré
                                                         y pasado también.
   También Gloria Fuertes, en cuyas piezas poéticas aparecen tantas veces los animales, incluyendo corderos y ovejas, tiene, por ejemplo, la siguiente sencilla y profunda composición (La oveja), muy a su estilo:
La oveja bala,
(a base de balidos
las ovejas se comunican
con sus vecinos).
La oveja es torpe,
sólo se sabe una letra
la be.
Me dice: —Be,
                   Be,
                         Be.
                               (Me voy)
 
   Terminemos con un poco de humor.

 

 

 

Θ  Θ  Θ

 

HAY PERSONAS QUE VIVEN PARA FIGURAR

 

   Hay personas que viven para figurar, lo cual es un trastorno de la personalidad. Pero antes de adentrarnos en los aspectos propiamente psicológicos, reparemos en los terminológicos.
   El verbo figurar es indicativo de estar en un lugar determinado, por ejemplo en un listado, siendo elemento o parte de algo, de un conjunto de cosas o de un grupo.
   De figurar se suele resaltar que alguien destaca. Si alguien busca figurar, se supone que busca destacar, ser tenido en cuenta, tener consideración de importancia.
   Teniendo esto en cuenta, entremos ya en los aspectos propiamente psicológicos, según las siguientes consideraciones del psicólogo y psicoterapeuta Jorge Castelló Blasco (http://trastornosdelapersonalidad.es/histrionico.html), de quien puede visitarse su página web (www.jorgecastello.org). Consideremos el figurar como histriónico trastorno de la personalidad y cómo superarlo.
   La gran finalidad de una persona histriónica es no pasar inadvertida, causar sensación allá por donde vaya. Tiene que figurar. Depende en exceso de experimentar la vivencia de ser importante, pareciendo entonces que pueda tener una sólida autoestima, aunque esto no es así en tanto necesita reafirmarla con sus demandas constantes de atención. Como tiene que figurar, ha de llamar la atención. A esto se llama trastorno histriónico de la personalidad. Esto conlleva un comportamiento muy infantil o inmaduro.
   Los histriónicos están obsesionados con llamar la atención, hasta el punto de que se encuentran aburridos cuando están solos y desmoralizados si no consiguen atraer el interés de los demás. Obviamente, están curtidos en estas artes y se las saben arreglar para provocar y conseguir sus intenciones: o bien buscan deliberadamente llamar la atención con sus gestos y forma de vestir inapropiada o seductora, o bien se muestran exagerados en su forma de hablar o en sus historias, portando insignias, recurriendo más a los des-taques que a la discreción. Son expertos en la teatralidad, en la manera de convertir un hecho trivial en un acontecimiento enormemente relevante con sus tergiversaciones. “Inflan” las historias para así ganarse la atención de los demás, imprimiendo también entonaciones teatrales y una manera de relatar los hechos muy afectada. Como es lógico, la vida cotidiana de por sí no tiene los suficientes elementos como para llamar la atención de los interlocutores, por lo que el histriónico se ve obligado a distorsionar las cosas bien en su contenido o bien en la forma de relatarlas.
   Estos deseos de ser siempre el centro de interés, como si estuvieran en un gran escenario a oscuras con un foco iluminándoles y exhibiéndoles, obedece a un temperamento muy extravertido, exageradamente sociable, con el que intentan satisfacer necesidades afectivas muy arraigadas. Atraer la atención de los demás les da una “vidilla” que les hace sentirse importantes, porque no sólo quieren ganarse a los otros para que se fijen en ellos, sino que también utilizan sus recursos para inflar su autoestima, de manera que pueden hacer creer a los demás que han hecho cosas meritorias o que conocen a personas célebres y famosas.
   Igualmente, una forma de garantizarse el interés de los demás puede ser, en ocasiones, siendo un auténtico “camaleón”, es decir, siendo de diferentes maneras según las personas con las que se interactúe. Por ejemplo, con un aficionado a la música clásica, el histriónico puede mostrarse un apasionado de la ópera e incluso comprarse algún disco para escucharlo en casa; cuando hable con alguien que le gusta el vino hará creer que también es un aficionado a la enología, protagonizando mucho la cultura del vino, etc. Esta tendencia “camaleónica” para ser el foco de interés y ganarse a los demás puede llegar al extremo de que la persona ya no sepa claramente cómo es y qué gustos tiene, porque están supeditados a los de los demás; es decir, los histriónicos son individuos egocéntricos e incluso ególatras, ciertamente carentes de personalidad propia, que esconden también grandes inseguridades y que no tienen su autoestima consolidada o firme.
   La necesidad afectiva y de atención que tiene el histriónico oculta también un gran egoísmo en los casos más importantes. Al histriónico, normalmente, sólo le importa él y está preocupado por sí mismo. Es muy sociable y le encanta estar rodeado de gente, pero para ser el centro de interés, hablando sin parar y despreocupándose de la vida de los demás. Si alguien está atravesando un mal momento no tiene gran importancia, salvo que pueda actuar haciéndose “el imprescindible” con esa persona. Suele ser también envidioso con aquéllos que intentan eclipsarle o competir con él en su búsqueda de atención. No admita competidores y siempre ha de quedar por encima.
   Estas personas utilizan el sexo y el atractivo físico para atraer la atención de los demás, sobre todo de la gente del sexo opuesto (en caso de que el histriónico sea heterosexual, algo que no tiene por qué ser así, como muchas veces se observa en televisión). Se creen las personas más atractivas del mundo y no tienen reparos en ser provocativos e incluso inapropiados, pensando que los demás, realmente, están locos de deseo hacia ellas, cuando esto no tiene por qué ser así, ni de hecho lo es.
   El sufrimiento suele estar a la raíz de todos los trastornos psicológicos y mentales, de modo que amar y hacer felices a los demás, prontamente y mientras sea remediable, está a la raíz de una sanación y recuperación de la persona afectada. Y refuerzan esto las terapias y las técnicas propiamente psicológicas o psiquiátricas.
   Hay que considerar un aspecto moral, el de la soberbia, el de imponerse, el de aparentar. Se remedia con la humildad y el servicio. El soberbio nunca acepta que se equivoca y siempre busca que se le dé culto a su absurda personalidad o destacada forma de ser.
   Un corazón soberbio encierra una profunda inseguridad. Por eso, el arrogante quiere cubrir sus vacíos y busca aprobación para que sus temores desaparezcan. Nunca se deja aconsejar, porque mira a los demás como si fueran de menor rango que él. De igual forma, menosprecia las sugerencias de los otros, pues las considera de poca valía. Por eso tienen dificultad para confesar sus pecados, porque ¿quién es, para ejercer su ministerio, un presbítero o sacerdote, mero hombre, tal vez con poca valía?
   Un soberbio no conoce limitaciones, ni normas, ni quien le rebaje o le anule. Por eso existen también mandamases, tiranos y dictadores que subyugan a pueblos y naciones.
   La soberbia es un mecanismo de compensación a la profunda pobreza de alma. La idea de sobreponerse a los demás, incluso ultrajándolos, absorbe y domina al soberbio, convirtiendo su desprecio en la más terrible de todas las enfermedades y pandemias del espíritu humano.
   El histriónico y soberbio no deja en su lugar a Dios, pues nada ni nadie ha de ocupar su propio espacio. Considérese, pues, a Jesucristo para salir de la autosuficiencia y la prepotencia del pecado. Salgamos de considerarnos justos, impecables, puros, destacados como observantes… No seamos fariseos hipócritas. Porque, ¡qué destructivo es serlo!

 

 

 

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